martes, 23 de noviembre de 2010

Acechado


El cielo mostraba su rostro negro y adusto de las noches sin luna ni estrellas. Un viento cortante, frío, merodeaba por entre las calles de aquella colonia marginal cuyas promesas de urbanización del gobierno no la habían alcanzado. Sólo había calles terrosas, huérfanas de asfalto, casas ocultas tras altos muros de cemento exhibiendo el miedo de sus ocupantes al exterior. Las escasas luces mercuriales generaban con sus destellos un claroscuro fantasmal. Joaquín caminaba con paso tambaleante, con la vista nublada por la embriaguez cogida en casa de su compadre. Se había marchado pese a las protestas de éste y ahora deambulada torpemente, sin rumbo. El alcohol y la oscuridad le habían echo perder su camino.

Entonces lo escuchó.

No estaba seguro que fueran pasos, pero estaba seguro que era algo. Prefirió no volver la vista atrás en caso de tratarse de algún malandro que buscaba asaltarlo. Metió su mano en el bolsillo de su pantalón y sujetó su navaja con fuerza. “En cuanto ese cabrón se acerque lo suficiente me lo enfierro”, pensó Joaquín. Disminuyó el paso y procuró afinar el oído para determinar que tan cerca estaba.

No escuchó nada.

Sólo el susurrar del viento acompañaba a los jadeos de su respiración agitada. Se detuvo. Miró hacia atrás tratando de ubicar a su acechador. Pero no pudo percibir nada en los círculos de luz del alumbrado público y sus ojos fueron incapaces de penetrar la ominosa penumbra. No se oía nada. Eso lo intranquilizó aún más. Era de madrugada y él caminaba… ¿solo?, por la calle y en ningún momento escuchó ladridos de perros, grillos, ni ningún otro sonido propios de la noche. Sólo silencio.

Permaneció un rato más ahí, parado en medio de la calle. Empuñando su navaja. Esperando. No hubo respuesta a su velado reto. En un arrebato de cólera que escondía su pánico lanzó increpaciones y juramentos contra el supuesto depredador que le seguía. Nadie respondió. Aún así Joaquín sabía que estaba ahí, observándolo, esperando, atento al más mínimo descuido suyo para arrojarse contra él.

Trató de serenarse. Era claro que mientras adoptara esa actitud defensiva su enemigo no abandonaría el cobijo de las sombras. La única alternativa era tenderle una trampa usándose él mismo como cebo. Era muy arriesgado pero no tenía alternativa. Respiró profundo, se santiguó y de inmediato se echó a correr.

Sus pulmones casi se reventaban. Su boca estaba seca, invadida por un sabor agrio y su garganta le dolía. Aún así no aminoró la marcha. Pasaron varios minutos sin resultados. Entonces lo sintió. Alguien venía corriendo tras él. Miró sobre su hombro y pudo distinguir vagamente una silueta negra acercándose a lo lejos. Por fin se había decidido a dar la cara. Aún así Joaquín no disminuyó el paso. Una sensación de alarma se disparó en ese momento. No debía detenerse, no debía enfrentarlo. Sólo correr. Aquella sombra no era un asaltante, lo sabía. Volvió a mirar atrás. La negra figura ya estaba a sólo unos cuantos metros de él. Aterrorizado corrió aún más fuerte. De nada sirvió. El enemigo estaba cerca, muy cerca. Tan cercano como para sentir su respiración, sus gruñidos, su olor fétido, su maldad. Aquello no era un hombre. Era un cazador de hombres. Habría podido atraparlo en cualquier momento con sus inhumanas habilidades. Sólo se divertía. Gozaba acechándolo. No buscaba sus pertenencias. Quería su miedo, su alma.

Se detuvo.

A la mañana siguiente una vecina de la colonia descubrió el cadáver de Joaquín tirado en medio de la calle. Tenía un cuchillo clavado en el vientre. La investigación policiaca lo declaró como muerte accidental. La víctima se encontraba en estado de ebriedad (según declaró su compadre al ser interrogado), no parecía haber sufrido robo alguno y la navaja era propiedad del interfecto. La conclusión lógica era que en el delirio de su borrachera cayó y se enterró su propia arma blanca. Nadie discrepó.