jueves, 6 de enero de 2011

La guarida



Soy un pendejo. Supongo que debe ser así. Estoy seguro que ella esperaba que le suplicara un poco antes de “perdonarme”. No lo hice. Yo no tengo la culpa de que sea tan insegura y que tenga una hermana tan entrometida, la cual se la pasa metiéndole ideas en la cabeza.
Me dijo mi hermana que te vio con una güerota de ojos claros —me acusó.
Yo reí.
       —¿Crees que andaría contigo si pudiera conseguirme a alguien así? —le respondí.
Tal vez no debí contestar eso. ¿Algún día aprenderé a mantener la boca cerrada? Espero que sí o voy a seguir recibiendo bofetadas.
Como dije, soy un pendejo.
Ahora, para tratar de silenciar esa vocecilla que suena en mi cabeza (que algunos llaman conciencia), decidí salir y emborracharme. Un viejo truco, sí, pero efectivo. Bueno... temporalmente efectivo. Decidí ir a un lugar llamado La guarida, el cual es una cueva, literalmente, que ha sido acondicionada como antro. Iba a ir con mi amigo Jorge, que también había cortado con su chava, pero el tipo me llamó una hora antes de salir y me dijo que se había reconciliado. Traidor hijo de su... ¡en fin! Tuve que ir solo.
El sitio no estaba mal. Era una cueva, como dije, pero acondicionada con todas las comodidades modernas. Eso sí, ambientado como si fuese una guarida de los hombres de las cavernas. Pinturas rupestres, muebles de hueso, música tribal mezclada con electrónica, e incluso un esqueleto de un tigre dientes de sable colgaba del techo. Era como estar en un episodio de Los Picapiedra, pero con mejor dibujo, sobretodo el de las meseras.
Mientras bebía mi tercera cerveza vi por el rabillo del ojo como se acercaba una chica. Por su expresión debió juzgar que era un tipo capaz de pagar mis tragos y los de ella. No se equivocaba. Era atractiva. Cabello castaño corto y rizado; ojos grandes y negros; delgada como nardo. No era el ideal de mujer creado por Play boy, aún así, desbordaba cierta sensualidad a la que no podía permanecer indiferente. Sin mucho disimulo la chica se colocó a mi lado y me dirigió una sonrisa que pretendía ser muy seductora. Debo confesar que cumplía con su cometido. Una vez seducido por su sonrisa hice la pregunta obvia.
—¿Quieres que te invite un trago?
Ella aceptó de inmediato. Pidió un Bloody Mary al barman. ¿Acaso era una señal? Dada mi situación no estaba realmente muy preocupado por eso. No era el tipo de mujer que conocía comúnmente. Debía aprovecharme. Charlamos un buen rato. Una plática trivial e impersonal. No mencionó su nombre y yo no se lo pregunté. ¿Estaría ahí por la misma razón que yo? ¿Habría llegado sola tratando de olvidar a otro idiota que no supo tratarla bien? ¿O simplemente buscaba divertirse un poco? Me hacía todas esas preguntas como si realmente importaran. Viejo, admite que sólo quieres tirártela y déjate de pendejadas. Después de otro rato de charla ella acercó su rostro al mío y me susurró al oído que fuéramos a un pequeño privado. No fue difícil convencerme. El sitio era una choza de madera con algunos cojines dentro y un par de lámparas de neón. Ambos sabíamos a lo que íbamos y no perdimos el tiempo en preámbulos. Nos arrojamos uno contra el otro. Sus manos se deslizaron velozmente por debajo mi chaqueta para privarme de ella; las mías hicieron lo propio con su blusa. Era uno de esos momentos donde gobierna un simple deseo de placer puro sin ningún tipo de interferencia emocional. Era perfecto.
—Espérate, por favor.
Como dije, era perfecto. Ella se había detenido. Me dirigió una mirada de excusa. Mi semblante denotaba mi enfado. Tomé mi chaqueta y salí del lugar sin decir una palabra. No iba a pelear con ella por acobardarse en el último momento. Con una pelea en un día bastaba. Regresé a la barra y pedí una cerveza. Cuando busqué mi cartera descubrí alarmado que no estaba. Esculqué hasta el último de los bolsillos de mi ropa sin resultado. Fue entonces cuando comprendí lo que sucedió. Corrí al privado a buscarla. Por supuesto ella ya no estaba. Me golpeé el rostro con la palma de la mano y un solo pensamiento cruzó por mi mente en ese momento:
—Soy un pendejo.