sábado, 26 de junio de 2010

Cuento de hadas


Érase una vez, en un reino muy, muy lejano...

Una bella princesa se encontraba cautiva en la torre más alta de un castillo ubicado en la región más remota del reino. Era custodiada por un fiero y aterrador dragón. Durante años, muchos valientes caballeros intentaron rescatarla, pero invariablemente todos perecían a manos de la gran bestia guardiana. Por eso la princesa siempre se encontraba triste, añorando a un valiente guerrero que pudiera salvarla y le enseñara lo que es el verdadero amor...

Un día, apareció un joven príncipe, famoso por su galanura y su destreza con la espada. A sus oídos habían llegado noticias de la princesa cautiva, por lo que su hambre de amor y aventuras se avivaron y rápidamente emprendió el viaje en busca de la damisela en apuros. Una vez frente a la prisión lo único que lo separaba de la princesa era el dragón. Fue una batalla épica de la cual hablaron los trovadores durante generaciones. El dragón luchó como nunca pero al final terminó vencido por la espada del príncipe. Muerto el monstruo, el joven guerrero liberó a la princesa y la llevó con él a su reino donde finalmente se casaron y vivieron felices...

Habían pasado varios años desde aquella aventura. El príncipe y la princesa ahora eran Rey y Reina. El joven monarca era un excelente gobernante; noble, compasivo, justo y totalmente entregado a su pueblo. Por lo mismo pocas veces tenía tiempo para pasarlo con su consorte. Ella se dedicaba entonces a las labores propias de una Reina y a la crianza de sus hijos. Fue entonces que sin darse cuenta comenzó a sentir nostalgia por el dragón. Aquel era un ser huraño y hosco, pero siempre estaba ahí, siempre atento a sus necesidades y siempre dispuesto a dar su vida con tal de protegerla de cualquier peligro. Pero el dragón se había ido... y ella se tenía que conformar con su final de cuento de hadas.

viernes, 25 de junio de 2010

La adicción de un detective



Alguna vez un profesor que tuve en la universidad me dijo que un texto comienza cuando el autor coloca el punto final al mismo, cuando cae en manos de los lectores y estos se encargan de (re)construirlo a su gusto según sus propias experiencias y vivencias. Ni que decir cuando dichas obras, y sobretodo, sus personajes caen en manos directores y productores de cine. Muchos son los personajes literarios cuyas andanzas cinematográficas son igual o mayores en celuloide que en su original en papel: Drácula, Tarzán, los tres Mosqueteros, y en especial Sherlock Holmes, aquel detective alto y enjuto, de nariz aguileña, mirada aguda e inteligencia extraordinaria; bohemio, misántropo, y... drogadicto.

Justamente después de ver nuevamente la película de Sherlock Holmes (2010) de Warner Bros., sobre el mítico detective (encarnado por Robert Downey Jr.), recordé una polémica que surgió a raíz de esta “actualización” del personaje creado por Conan Doyle. Hay muchas, digamos, discrepancias entre el original literario y la versión fílmica. De todas ellas me llamó mucho la atención las férreas quejas por omitir la adicción de Holmes a la cocaína. Los motivos resultan evidentes: si lo hicieran la película no podría ser vista por toda la familia y eso hubiese afectado la recaudación en taquilla. Dejando eso aparte, personalmente no tengo problema con la omisión de tal detalle, y no por una cuestión moralista, puesto que ha dado pie ha interesantes análisis del personaje en ensayos y numerosos pastiches, sino porque no es en absoluto una falta de fidelidad a la esencia del personaje creado por el escritor escocés.

La primera vez que se menciona la afición del detective al citado alcaloide es en El signo de los cuatro (1890), en la que explica que sólo consume la droga como sustituto artificial a la estimulación intelectual de un caso complicado:

Mi mente se subleva ante el estancamiento. Proporcióneme usted problemas, proporcióneme trabajo, deme los más abstrusos criptogramas o los más intrincados análisis, y entonces me encontraré en mi ambiente. Podré prescindir de estimulantes artificiales. Pero odio la aburrida monotonía de la existencia. Deseo fervientemente la exaltación mental. (El subrayado es mío).

Y después de este episodio, se vuelve a hacer mención (con un dejo irónico de parte del detective) a dicho hábito hasta el relato corto de El hombre del labio retorcido:
Supongo, Watson, —dijo—, que está usted pensando que he añadido el fumar opio a las inyecciones de cocaína y demás pequeñas debilidades sobre las que usted ha tenido la bondad de emitir su opinión facultativa 

Y es todo. En el resto del llamado canon holmesiano no se vuelve a mencionar el asunto. ¿Por qué? Bueno, es bastante simple. Si se analiza el capítulo citado líneas arriba resultará evidente la intención de caracterizar al personaje de Holmes, no como un victoriano decadente, sino como un adicto a los misterios, simple y llanamente, el cual cuando no tiene acceso a su particular droga tiene que sustituirla por una droga auténtica. Es una equiparación de lo más “elemental”, pero para los que han tratado el tema no parece ser tan obvia o simplemente prefieren ignorarla, pensando que después de todo “...siempre queda la cocaína”.