jueves, 27 de octubre de 2011

"Zombies"


El próximo viernes 4 de noviembre a la 19:00 hrs. es el estreno del cortometraje Zombies, una producción de KHEPERA FILMS con apoyo de la Secretaría de Extensión y difusión de la Facultad de Filosofía y Letras. Los esperamos.

domingo, 23 de octubre de 2011

Serie negra (III): Petirrojo, de Jo Nesbø




El Thriller es un sub-género de la literatura policiaca que nació a mediados del siglo XX, hijo de la paranoia de la Guerra Fría, en la que valientes agentes de los servicios secretos occidentales (EE.UU., Inglaterra, Francia), luchaban contra las malvadas conspiraciones provenientes del otro lado del Telón de Acero y los países de Europa Oriental. Es así como asistimos al nacimiento de personajes que se volverían auténticos iconos de la cultura popular, como sucedería con James Bond, el agente 007 creado por el escritor Ian Fleming. Debido a la situación política de aquellos años en la cual existía un constante temor a una confrontación entre las dos superpotencias de aquellos años (Estados Unidos y la Unión Soviética) mantenía en vilo a la población mundial, las historias de espías narradas en los thrillers  se volvieron una literatura de consumo masivo. Conforme pasaron los años y la Guerra Fría fue perdiendo importancia los argumentos de los thrillers fueron cambiando paulatinamente (ahora los villanos eran asesinos seriales, terroristas o grandes corporaciones), aunque su estructura narrativa (un héroe que se enfrenta en solitario a una gran conspiración) se mantiene hasta nuestro tiempo. Aunque este tipo de obras se producen en todo el mundo, las más conocidas son casi siempre las de autores norteamericanos (como Dan Brown, por citar un ejemplo reciente). Por lo mismo pronto se volvió un género anquilosado y predecible. Sin embargo, en este mar de tedio de tantos productos industriales hay ocasionalmente islas de calidad que hacen que el menosprecio hacia el género no sea siempre justificado. Este es el caso de Jo Nesbø y su serie del inspector Harry Hole.
            Petirrojo (Noruega, 2000), inicia con la visita del presidente de Estados Unidos a Noruega y en la que el protagonista, Harry Hole, hiere accidentalmente a un agente del servicio secreto americano.  Tras este hecho y para evitar poner en entredicho a las fuerzas de seguridad en Noruega, es asignado al Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y ascendido a comisario en donde inicia una investigación sobre tráfico de armas y su posible vínculo con un atentado terrorista. Paralelamente se nos narra las vicisitudes de un grupo de soldados noruegos que lucharon en frente oriental contra el ejército rojo a favor de la Alemania Nazi en 1944. Historia que tendrá serias repercusiones en la investigación de Hole.
            Esta obra tiene varios elementos que si bien son comunes en este tipo de novelas, son utilizados de forma muy inteligente para mantener la tensión usando únicamente el suspense y sin necesidad de recurrir a muchos episodios de acción violenta (como tiroteos o persecuciones). Para empezar, su protagonista, el inspector (luego comisario) Harry Hole es un personaje lleno de matices. Quizá en varios aspectos es un poco cliché: es un policía honesto, alcohólico y de esos que se desvive por la búsqueda de la justicia. No obstante su convencionalismo, la caracterización psicológica que hace el autor consigue un aire de autenticidad apabullante que logra hacerlo creíble, alcanzando de paso una gran empatía con el lector. Se diferencia de otros detectives de novela policial en que es, en general, un tipo bastante ordinario. Es listo pero no posee una agudeza sobresaliente, ni es un experto tirador, ni  luchador cuerpo a cuerpo, ni especialmente culto. Simplemente es un investigador criminal eficiente, dedicado y con buena memoria para los datos estadísticos sobre delitos.
            Formalmente la novela es bastante interesante. Por necesidades propias del género no posee una narrativa demasiado elaborada (aunque la construcción de atmósferas está muy bien lograda), pero utiliza otros recursos literarios de forma muy inteligente. El que destaca más es sin duda el flashback. Este es un recurso usado en el género desde sus inicios (un buen ejemplo son los relatos largos de Arthur Conan Doyle como Estudio en escarlata, El signo de los cuatro o El valle del terror), sin embargo en Petirrojo cumplen una función más allá de lo explicativo como ocurre con los libros del creador de Sherlock Holmes. Son usados como herramienta narrativa para ir complicando la trama y potenciando el suspense y la tensión, logrando además sorprender al lector con giros realmente originales (que en un género tan trillado son un logro notable).
            Novela bastante recomendable para cualquier amante de la literatura policial, que nos muestra que con talento se pueden seguir haciendo obras de gran calidad a pesar de la inmensa cantidad de productos existentes. Además pone a Noruega en el mapa de la ese grupo de autores nórdicos que están revitalizando el género en Europa.

viernes, 14 de octubre de 2011

Serie negra (II): Roseanna, de Per Wahlöö y Maj Sjöwall.


Normalmente los aficionados al género policiaco (o negro) siempre que pensamos en clásicos nos vienen a la mente nombres como Conan Doyle, Agatha Christie, George Simenon, Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Ed McBain o Patricia Highsmith, cuyas obras marcaron (y aún siguen marcando) pautas para los autores que siguieron cultivando este tipo de literatura. Dichos autores componen para los lectores que vivimos de este lado del Atlántico (América) todo el universo literario del género negro. Sobre todo para los países hispanohablantes. Sin embargo, los europeos además de los escritores citados líneas arriba han tenido la suerte de tener acceso a otros autores menos conocidos a nivel mundial pero cuya calidad es indudable. Este es el caso de los periodistas suecos Per Wahlöö y Maj Sjöwall, reconvertidos en autores policiacos a partir de 1965, año en que publicaron el primero de una serie de diez títulos: Roseanna.

Roseanna (Suecia, 1965), inicia con el macabro descubrimiento de cadáver de una joven mujer en un río cercano a un pueblo de Suecia. La policía local no está preparada para afrontar un caso semejante por lo que pedirán ayuda a sus superiores en Estocolmo. Es así como entran en escena Martin Beck, comisario de la Brigada Nacional de Homicidios de Estocolmo, así como su equipo de subalternos. Así iniciará una larga investigación que buscará, en primer lugar, identificar a la víctima, para posteriormente dar caza a su asesino.

Esta novela se adscribe a las obras de tipo police procedural en las que en vez de haber un detective ultra-racional (como Sherlock Holmes) o un tipo duro (al estilo Philip Marlowe), nos topamos con un equipo de policías bastante ordinario pero que en base a los métodos de investigación “reales” (y una terquedad admirable) consigue resolver los casos. En este detalle se nota la influencia de Ed McBain (de cuyos libros Maj Sjöwall fue traductora), sin embargo se diferencian en que los personajes son mucho más humanos y mejor perfilados que en las novelas del norteamericano. Además, que se nos presente el desarrollo de investigación  policial como un proceso lento y burocrático en el que la mayor virtud de los policías es la constancia más que una sagacidad sobresaliente (no son tontos, pero tampoco genios), tiene implícita una intención desmitificadora de Suecia como el idílico paraíso social-demócrata que intentaba reflejar en los años sesenta. Es por ello que son comunes episodios donde el funcionamiento de las dependencias gubernamentales (policiacas o civiles) se nos muestran como torpes y desorganizadas:

Bajo la sucesión de esclusas de Borenshult, hay un rompeolas que protege el acceso de las agitadas aguas del lago cuando sopla viento del este. Al abrir el canal al tráfico aquella primavera, la entrada empezó a llenarse de lodo. A los barcos les costaba maniobrar y sus hélices levantaban del fondo densas nubes de fango gris amarillento. No fue difícil darse cuenta de que había que hacer algo y, por el mes de mayo, la compañía del canal solicitó un dragado al Servicio Nacional de Carreteras y Vías Fluviales. La solicitud pasó por las manos de unos cuantos funcionarios indecisos, hasta que finalmente fue remitida a la Administración Marítima de Suecia, que consideró que el trabajo debía realizarse con una de las dragas de cucharón que poseía el Servicio Nacional de Carreteras; institución que concluyó que este tipo de dragados dependía, en efecto, de la Administración Marítima. En un gesto desesperado, alguien intentó remitir el asunto a las autoridades portuarias de Norrköping, quienes inmediatamente devolvieron la petición a la Administración Marítima; ésta, a su vez, la dirigió al Servicio Nacional de Carreteras y Vías Fluviales, momento en que alguien cogió el teléfono y marcó el número de un ingeniero que realmente entendía de dragas de cucharón. Sus amigos le llamaban Limpiafangos. Sabía, por ejemplo, que de las cinco dragas de cucharón de almeja que existen sólo una tenía las dimensiones adecuadas para atravesar las esclusas. Su verdadero nombre tenía ecos mitológicos, Grifo, pero la gente lo llamaba, por supuesto, Guarro, y dio la casualidad de que se encontraba en el puerto pesquero de Gravarne, en la costa oeste. La mañana del cinco de julio la draga amarró en Borenshult ante la admiración de los niños del pueblo y de un turista vietnamita. (Roseanna, pág. 9)

Pero no es el único rasgo desmitificador de la novela. El protagonista (al menos de forma nominal), Martin Beck es un tipo triste, enfrascado en un matrimonio que la rutina ha terminado por hundir y cuyo único rasgo sobresaliente es su dedicación a su trabajo. Así no encontramos nada de heroicidad ni cualesquier otro rasgo extraordinario. Simplemente es un hombre que intenta hacer su trabajo lo mejor que puede, apoyado siempre por sus subalternos que son los que hacen la mayoría del trabajo sucio en la investigación.

Aunque la novela es algo lenta (como la misma investigación), la sutil crítica social y la caracterización y desarrollo de los diferentes personajes por medio de una prosa seca pero precisa hacen que la lectura sea apasionante (lo que no excluye un episodio realmente trepidante para cerrar el texto). En definitiva, una joya del género negro y de la literatura sueca en general.

martes, 4 de octubre de 2011

Serie negra (I): Noir a la mexicana: El complot mongol, de Rafael Bernal



Agonizan los tumultuosos años sesenta. El mundo no se ha recuperado de ese fatídico 1968 y la sombra de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos mantiene en la incertidumbre al mundo entero. Es 1969 y en México ve la luz un libro insólito en la narrativa nacional, titulado El complot mongol. Insólito porque no entraba en ninguna de las modas literarias de la época; no tenía nada que ver con los experimentos de la llamada Literatura de la onda, ni tampoco era hijo del  Boom latinoamericano. Sus antecedentes se encontraban en otra parte, al otro lado del río Bravo, en la tradición literaria “negra” instaurada décadas atrás por los norteamericanos  Dashiell Hammett y Raymond Chandler. México atestiguaba el nacimiento de la literatura de género negro “a la mexicana”, de la pluma de Rafael Bernal.  

El complot mongol (Joaquín Mortiz, 1969), nos cuenta la historia de Filiberto García, un pistolero al servicio del gobierno, ex revolucionario, el cual se ve envuelto en la investigación del rumor de un supuesto atentando contra el Presidente de los Estados Unidos en una visita a México, cuyo origen se inicia en la Mongolia Exterior y perpetrado por supuestos agentes de Mao Tse Tung. Es asignado al caso debido a sus contactos con la comunidad china en la calle de Dolores, ciudad de México (y que en realidad se limitan a partidas de póker y a solaparles sus fumaderos de opio). Debido a las implicaciones internacionales  de dicho asunto se ve obligado a hacer equipo con un agente norteamericano del FBI y un agente ruso del Servicio Secreto Soviético (KGB, aunque nunca se dice explícitamente), cuyos objetivos reales no son muy claros. Todo ello aderezado con chinos misteriosos, una dama en apuros, muchos tiros e intriga “hecha en México”.

Aún cuando El complot mongol navega en las aguas del Thriller (muy en boga en dicha época por las novelas de Ian Fleming sobre James Bond), la novela pertenece al género negro. No sólo mantiene ese aire lúgubre, dónde el ambiente urbano (la ciudad de México) se convierte en un personaje más, sino que su protagonista es un anti-héroe, cínico y desencantado, pero con una visión muy lúcida del México de la época: 

Matar no es un trabajo que ocupa mucho tiempo, sobre todo desde que le estamos haciendo a la mucha ley y al mucho orden y  al mucho gobierno. (…), y yo digo que la ley es una cosa que está ahí para los pendejos. (…) Y ¡pinches leyes! Y ahora todo se hace con la ley. De mucho licenciado para acá y licenciado para allá. (…) No, para hacer esto se necesita tener título. Antes se necesitaban huevos y ora se necesita título. (…) Nosotros (los licenciados) estamos edificando México y los viejos para el hoyo. Usted para esto no sirve. Usted sólo sirve para hacer muertos, muertos pinches, de segunda. Y mientras México progresa. Ya va muy adelante. Usted es de la pelea pasada. A balazos no se arregla nada. La Revolución se hizo a balazos. ¡Pinche Revolución! Nosotros somos el futuro de México y ustedes no son más que una rémora. Que lo guarden allí, dónde no se vea, hasta que lo volvamos a necesitar. Hasta que no haya que hacer otro muerto, porque no sabe más que de eso. (El complot mongol, Págs. 9 – 12).  

De esta manera el personaje de Filiberto García se erige dentro del texto como una conciencia crítica de esa idea del “México moderno”, que los gobiernos priístas querían vender a los ciudadanos y al exterior del país. Al mismo tiempo, Filiberto es una metáfora de ese viejo sistema represivo nacido de los gobiernos post revolucionarios y que nunca abandonó el partido oficial, sino simplemente  lo ocultó bajo la consigna del respeto a la ley, sólo sacándolo a relucir cuando resultara conveniente (o necesario). Asistimos a una representación clara y cruda de la “Guerra sucia” muchos años antes de que se acuñara dicho título.

Además de su crítica corrosiva, la obra rescata como pocas veces el lenguaje popular mexicano. Así en boca de Filiberto siempre encontramos el consabido “pinche” para describir prácticamente a todo, lo que muestra claramente su postura ante el mundo. Un mundo de apariencias en las que él, un hombre directo, violento, está totalmente fuera de lugar. Cómo lo estuvo la novela misma durante décadas, perdida para el gran púbico y únicamente valorada por los escasos lectores y los aún más escasos cultivadores locales del género, como Paco Ignacio Taibo II, máximo representante de la literatura policiaca mexicana, quién admite que es una de sus principales influencias en su obra. Novela fundamental para entender el posterior devenir de la narrativa de género negro en México y un deleite literario por sí misma.