martes, 24 de agosto de 2010

El regreso




Emilio giró la llave en el picaporte y al instante escuchó el crujir de los muelles. Ingresó lentamente en su casa, hizo la chaqueta a un lado y se dejó caer sobre un sofá. He regresado, se dijo para tratar de fijar la idea en su cabeza. Sin embargo, el lugar se veía distinto, difuso; era como una pintura distorsionada por el agua. Su mirada vagó por la sala intentando reconocerla. Se detuvo sobre un sillón de dos plazas. Entonces recordó. Café veracruzano, palabras dulces al oído, delicados sin filtro, películas de Akira Kurosawa,  el Diario, noches de verano, pelo de gato sobre el sillón, aliento a mentol, Turista mundial, noches de invierno, chocolates envinados, sudor nocturno, tequila, notas de jazz, noches de primavera, crema humectante, donas glaseadas, noches de otoño...
            Emilio apartó la vista del sillón a la vez que se enjugaba los ojos. Se levantó y se dirigió a la cocina. Qué grande parece, comentó al entrar. Los cuatro por dos y medio metros misteriosamente parecían haber aumentado de dimensión. Ni la pila de trastos sucios, la barra, y los bancos regados por todas partes parecían cubrirla. Llenó con agua un vaso y lo bebió lentamente. Su atención se posó en la ventanilla del horno de la estufa. Sintió como si una repentina avalancha de olores se precipitara hacia su nariz; el olor a pierna ahumada, galletas de naranja, pastel de zanahoria, pescado en aluminio...
            Dejó el vaso violentamente sobre el fregador. Estaba molesto. Nuevamente recordó. Era lo único que podía hacer últimamente, recordar, y no le gustaba. Recordar sólo avivaba el dolor, un dolor incurable, definitivo, frustrante. No, no debía recordar. Salió de ahí y se fue hacia su recámara. Una vez ahí decidió darse un baño. Al salir se miró al espejo. He regresado, repitió una vez más aquella frase como si fuese una fórmula mágica que retornara las cosas al orden que creía le correspondían. Pero... ¿he regresado?, se cuestionó. No reconocía la imagen en el espejo. Tenía frente a sí un hombre que parecía ser más viejo, adelgazado, con profundas ojeras y mirada vidriosa. No había regresado, porque el hombre del espejo no era él. Se había marchado y no había vuelto; no iba a volver. Emilio ya no era  Emilio.
Laura...
Nuevamente recordaba. Se tumbó de rodillas y comenzó a llorar. Era una cascada amarga que bajaba estrepitosamente. No era él, nunca más volvería a ser él. ¿Por qué no podía volver a ser él? No comprendía, no quería comprender. No es justo... no es justo... ¡no es justo! ¡NO ES JUSTO!, se repetía incesantemente mientras el copioso caudal de llanto bajaba con imbatible fuerza a través de sus mejillas, reflejando la tempestad desatada detrás de sus ojos. Huracán que estremecía hasta la última célula de su cuerpo. Continuó llorando un rato más hasta que poco a poco fue recobrando algo de aplomo. Se puso de pie, se lavó la cara en el lavabo y regresó a su recámara.
Permaneció sentado sobre la cama un buen rato mirando el vacío y tratando de calmarse. El teléfono sonó de improviso ocasionándole un sobresalto. No lo contestó de inmediato pues temía que la persona del otro lado de la línea descubriera su estado. Un poco más tranquilo levantó el auricular y contesto con un mecánico «bueno» que rápidamente fue respondido.
—¿Emilio? —titubeó una voz femenina del otro lado de la línea que de inmediato identificó como la de su amiga Alejandra—. Oye tengo varios días tratando de comunicarme pero nadie me contestaba ¿acaso salieron? ¿cómo está Laura?
Emilio permaneció en silencio durante varios segundos antes de responder. 
—Laura murió el martes —replicó casi susurrando.

domingo, 22 de agosto de 2010

La influencia cinematográfica en Cowboy Bebop



Soy un vaquero a la antigua.
Spike Spiegel.

En el caso de Cowboy Bebop resulta muy clara su intertextualidad musical, por el título del mismo, por los nombres de sus episodios y al hecho de que éstos se llamen sessions como se nombra a las tocadas de jazz. Sin embargo, es curioso como casi nadie hace alusión a su otra línea intertextual que resulta tan evidente: la cinematográfica. Es ésta la que le otorga esa curiosa ambientación futurista con elementos arcaicos. Las principales influencias provienen del estilo de cine norteamericano más representativo: el western y el film noir. No obstante, al ser un producto asiático incluye su iconografía cinematográfica propia al incorporar elementos del cine de artes marciales y las películas de samuráis; además de varios guiños a la ciencia ficción,  lo que consigue un curioso pero estimulante sincretismo.

Este sincretismo entre el cine norteamericano y el cine asiático tiene su punto de intersección en el héroe (o héroes, en este caso). Es decir, las figuras heroicas arquetípicas del cine (el cowboy y el detective, por un lado, y artemarcialista y el samurái, por otro), se fusionan en dos de los personajes centrales: Spike Spiegel y Jet Black. Sus creadores establecen una suerte de personajes amalgamados de estos tópicos, lo que tiene la curiosa consecuencia de demostrar cuán emparentadas están ambas cinematografías (al menos en su veta comercial).

Spike Spiegel, por ejemplo, es una mezcla entre vaquero (él mismo se denomina como uno pero “a la antigua”) y un héroe del cine de artes marciales (es un experto en Jet Kune Do, el estilo de combate creado por Bruce Lee, la máxima estrella de este tipo de cine). Si lo analizamos, ambos arquetipos son sumamente parecidos: son tipos solitarios, de pasado misterioso, hábiles en combate (ya sea mano a mano o con armas) y de moralidad ambigua. En los capítulos centrados en él normalmente obedece a los patrones típicos del western, como lo son una búsqueda (encontrar a su amada Julia), el cumplimiento de promesas (como la hecha a Rocco en Venus Waltz) y principalmente el deseo de venganza que lo lleva a enfrentar a su antiguo camarada: Vicious (su duelo final parece sacado de una película de Sergio Leone). Spike es un romántico, y como a todo buen romántico, no lo mueve la búsqueda de justicia sino el dictamen de su muy personal sentido de la moralidad.

En el otro extremo tenemos Jet Black. Jet es indudablemente un personaje sacado del cine negro, (en más de una ocasión se le ve con ropa muy propia de la época), y a diferencia de su socio, a él (como a cualquier buen detective) lo mueve la búsqueda de la verdad y el sentido del deber y justicia. En los episodios que protagoniza sus búsquedas siempre son motivadas por un deseo de aclarar situaciones de su pasado (el abandono de su mujer en Ganymede Elegy o el incidente en el que perdió su brazo en Black Dog Serenade). Fácilmente pudo ser un personaje de Raymond Chandler;  es un ex policía, que decepcionado del sistema prefiere abandonarlo para seguir sus propias reglas y mantener su integridad, pero al mismo tiempo es lo que lo equipara a la figura del samurái: ese férreo sentido ético, como representante de la justicia. Dentro del mismo anime hay dos claras alusiones que apoyan esta perspectiva: su afición al arte bonsái, y que el mismo en el episodio Cowboy Funk dice a tono de broma que es seguidor del Bushido, el código de conducta de los samuráis.

Además de los elementos anteriormente citados, encontramos por ejemplo dos referencias a Bruce Lee en el episodio Stray Dog Strut: Spike usando unos chacos (arma introducida al cine por el actor chino) y el personaje de Abdul Hakim (alusión al basquetbolista Karim Abdul Jabbar, alumno de Lee, además de haber participado en un film del mismo: El juego de la muerte); En el episodio de Cowboy Funk aparece un personaje que se hace llamar Wyatt Earp, como un famoso cowboy (que existió realmente) protagonista en muchas películas, y que al final tras perder un “duelo” con Spike adopta una nueva identidad: Musashi Miyamoto (personaje legendario de la cultura japonesa considerado el mejor espadachín de las historia de Japón). Spike vestido con un sobrero charro y un zarape en un asteroide llamado Tijuana, alusión a Sam Peckinpah (director legendario de westerns como Wild Bunch [1969], en los cuales la frontera mexicana siempre estaba presente). El hecho de que en el universo de Cowboy Bebop se haya establecido la caza de recompensas y a los cazadores se les conozca como cowboys es una alusión a Sergio Leone y su famosa trilogía del dólar (Por un puñado de dólares, Por unos dólares más, y El bueno, el malo y el feo) donde su protagonista, Clint Eastwood, siempre interpretaba a un cazarecompensas.

En cuanto a la influencia de la ciencia ficción, posee algunas referencias: el episodio de Toys in the Attic es un claro homenaje a Alien (Ridley Scott, 1979), y en Jamming with Edward la inteligencia artificial que controla un satélite es una referencia a HAL 9000, la computadora de 2001: Space Odyssey (Stanley Kubrick, 1968). Sin embargo, la principal influencia de este género lo encontramos en la ambientación posmodernista que recuerda un poco a Blade Runner (Ridley Scott, 1982), el cual permea todo el anime. No se nos presenta un futuro en el que el hombre ha colonizado otros planetas y ha alcanzado una evolución de su cultura, sino simplemente ha extendido la decadencia de la misma, puesto que el universo sigue dominado por funcionarios corruptos, criminales y desigualdad social.

Probablemente algún verdadero cinéfilo (que no es mi caso) pueda encontrar muchas más referencias, no obstante, considero que es suficiente para enriquecer (si cabe) el visionado de esta fabulosa obra.

Y recuerden…


…see you space cowboy.

jueves, 19 de agosto de 2010

Adieu



Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Pablo Neruda

No sé dar un adiós definitivo y comienzo a sospechar que realmente no existe tal cosa. No existe el ostracismo para los sentimientos, para el dolor, para la nostalgia irracional de algo que fue y no fue. No existe nada de eso… ¡Pinche madre! ¡Con lo que me caga el nihilismo!

Sólo existes tú, absurda e irreal. Existes porque yo digo que lo haces. Mis palabras te crean, te definen, te dan cuerpo: a veces de sirena, a veces de cuervo, otras de Moira…

Pero sólo eres tú, ordinaria, simple… y lo odio. Porque el saberte corpórea, gris como cualquier ser no mitiga el dolor, ni le da sentido. Es Teseo sin el hilo de Ariadna.

No sé dar un adiós definitivo…

Sólo me queda dar adioses a medias. Palabras  que a fuerza de repetición te drenen. Hemorragia verbal que me desintoxique de versos de Neruda, de letras de Sabina y de mujeres victorianas…

Y entonces la única palabra que sabré decir será… Adieu.

domingo, 15 de agosto de 2010

De carne y acero



Como un hijo de los años ochenta crecí con varios filmes que a la postre se convertirían en iconos de la cultura pop, tales como Rambo, Terminator, Duro de Matar, Arma Mortal, Depredador, y un largo etcétera. Olvidándome de esnobismos sobre la calidad “artística” (o falta de ella), sobre este tipo de cine hay que señalar que en algunos casos gracias a su estatus de clásicos del cine comercial y a su inmensa popularidad, se les ha menospreciado aún cuando algunos de ellos poseen características por las que merecerían una revaloración crítica más allá de su calidad técnica. Este es el caso de Robocop (Paul Verhoven, 1987), película de ciencia ficción que merecía un aprecio artístico mayor que el que merecen filmes del mismo género muy sobrevalorados, como Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Mientras ésta última es una artificiosa mezcla de cine negro con ambiente futurista, cuyo mayor mérito consiste en su sorprendente (aún en nuestros días) despliegue visual, su contenido aunque interesante se diluye entre sus grandes imágenes y el superficial trato del mismo. El filme del policía cyborg, en cambio, es una efectiva y muy incisiva crítica al capitalismo neoliberal que conoció su apogeo en los ochentas, y sobretodo, en los años noventas.

La trama de Robocop nos sitúa en la ciudad de Detroit en un futuro cercano. La delincuencia ha alcanzado niveles intolerables y el gobierno aparentemente no es capaz de controlarla ya que ha cedido la administración del cuerpo de policía a una multinacional conocida como OCP (Omni Productos de Consumo). Sin embargo, en vez de mejorar la situación pareciera que la OCP deseara debilitar aún más a la corporación policiaca, puesto que no invierte mucho en ella, logrando como consecuencia una alta mortalidad entre los agentes. Dicha situación ha generado gran descontento entre los oficiales que amenazan con irse a la huelga. En medio de este escenario aparece Alex Murphy (Peter Weller). Éste es un buen policía que es transferido a la zona más conflictiva de Detroit. Su carrera ahí sería muy corta pues moriría tras enfrentarse a un grupo de criminales… o eso se creía. Lo cierto es que sería utilizado como conejillo de indias para un nuevo proyecto de la OCP bajo el nombre clave de: Robocop.

Alguna vez escuché a alguien definir a esta película como un comic fílmico y ciertamente hay motivos para ello. Su protagonista posee suficientes elementos para ser considerado un superhéroe. Sin embargo, esto es una visión muy limitada de lo que este filme es. Para empezar está el villano del cuento: el arrollador capitalismo neoliberal personificado en la OCP.  La posición de esta compañía es mostrada sutilmente mediante varios diálogos que caracterizan el entorno dónde su influencia está presente en prácticamente todos lados y cuyas acciones únicamente buscan beneficios para sí misma sin importar llevarse toda una ciudad entre las patas. Muy elocuente y clarificador resulta el diálogo entre dos criminales en la que describen perfectamente a la OCP (y por lo mismo a todas la multinacionales), cuando luego de un robo uno de ellos pregunta: “Robamos dinero para comprar coca venderla y sacar más dinero, ¿no sería más simple quedarnos con el dinero que robamos?”, a lo que uno de sus compañeros responde: “Siempre he creído que la mejor forma de robar es la libre empresa”. Además, entre secuencia y secuencia encontramos pequeños spots informativos que nos describen la decadencia del mundo y sugieren de manera velada que es a causa del debilitamiento del gobierno y el ascenso de las grandes corporaciones.

Durante el desarrollo del film vemos las rivalidades y los juegos sucios entre los ejecutivos de la OCP, de donde surgirá el proyecto Robocop. El cyborg se revela como una fuerza de la ley muy efectiva que de inmediato encumbra a su creador, Bob Morton (Miguel Ferrer), a un puesto importante dentro de la compañía lo que genera la ira de Dick Jones (Ronny Cox), el segundo al mando de la OCP. Jones rápidamente asesina a Morton utilizando a un jefe mafioso llamado Clarence Boddicker (Kurtwood Smith). Robocop descubre la conspiración e intenta arrestar al ejecutivo de la OCP. Sin embargo le resulta imposible puesto que su programa le impide arrestar a los ejecutivos de la empresa que lo creó, en una clara alegoría de la ley subyugada a los intereses económicos imperantes. De aquí inicia el conflicto esencial del protagonista.  

Hay quién opina que Robocop es una especie de actualización del mito de Frankenstein, pero ciertamente me parece un enfoque inadecuado. Robocop sufre de una clara crisis de identidad cuando comienza a recordar su pasado y darse cuenta que una vez fue un hombre. Hasta ahí hay cierto parecido con la criatura de Mary Shelly, sin embargo la posición del héroe cibernético en la historia me parece más una metáfora del consumismo como medio de control sobre el ser humano a tal grado de prácticamente “robotizarnos” y dictar nuestro patrones de conducta convirtiéndonos incluso en productos fabricados en serie y la repentina rebelión de Robocop es en realidad la naturaleza humana que se revela contra ese dominio (y cuyo mensaje es precisamente incitar a dicha sublevación). Esto queda claro cuando los demás policías son enviados a destruir a su otrora compañero por mandato de Dick Jones. Uno de ellos exclama: “¡Esperen, es uno de los nuestros!”, pero el líder del grupo de agentes replica: “Las órdenes son destruirlo”, sentencia como un dogma sagrado e inviolable antes de ordenar el fuego. No se necesitan partes artificiales para ser un autómata. 

 Para finalizar y a manera de conclusión, cabe señalar que gracias a su gran dinamismo y a su acción hiperviolenta Robocop se convirtió en un éxito, lo que lo llevó a que surgiera toda una franquicia a su alrededor cuyos productos posteriores sólo consiguieron desdibujar su contenido subversivo y por ello ser menospreciada por la crítica “seria”. Una verdadera pena.

jueves, 12 de agosto de 2010

Boleto ferroviario



Ahora resulta que estoy… (risas) gordo, que se me está pasando el tren, en resumen: que ya me case. Y yo digo: “¡Ah, chingao! ¿De cuando acá la vida es un viaje en tren? ¿Y si lo es que alguien me diga dónde está la estación? Porque siempre he tenido la impresión de que más bien es como un viaje en autobús (y de los baratos) por lo incómodo, azaroso y desagradable que es a veces (muchas veces), y por el hecho de que no te puedes bajar cuando quieras”. Pero ya hablando en serio, ¿es tan difícil entender que no me interesa una casa con jardín, tener un perro, hijos y una esposa?
“—Pero es muy feo estar solo” —diría mi madre.

Y respondería: Es más feo estar solo con una persona que es poco más que tu criada (o patrona, según sea el caso), sólo por seguir un convencionalismo. Por ello prefiero dejar ir el tren e ir andando por la vida. Se ve mejor el paisaje.

martes, 10 de agosto de 2010

Interpretación poética



Dejo la taza humeante con café sobre la mesa de noche y miro el reloj de pared a mi izquierda: las cuatro de la madrugada. Entonces doy un sorbo al café y regreso la vista al blog de notas que descansa bajo la luz de la lámpara. Un cuarteto de versos escritos con caligrafía desgarbada descansa sobre el papel rayado, como un pelotón de reclutas a punto de marchar a la guerra. Leo una y otra vez cada línea tratando de que cada verso diga exactamente lo que quiero: que estoy encabronado, pero triste al mismo tiempo y quisiera que estuvieras aquí, a mi lado…

Y entonces arranco la hoja, la hago bola y la arrojo a la papelera al lado de la mesa. No puedo evitar sentirme ridículo y pensar: ¿cómo puedo escribir tanta mamada? ¿Los grandes poetas habrán tenido esa misma sensación mientras escribían? ¿La poesía no será sólo una bonita máscara tras la cual encubrir ese gran ridículo que sentidos por haberla cagado? Unas palabras dichas con elocuencia no cambian el hecho de que los seres humanos somos pendejos por naturaleza y tenemos una tendencia natural a arruinarlo todo.

Ahora trato de poner mi estupidez en verso para que suene menos estúpida. Tratando de corromper el papel de ira, nostalgia y lágrimas con la sangre oscura que surge de una pluma, pero sin conseguirlo. Sólo aumento la sensación de ridículo. ¿Para que tantas tonterías sólo para decir que te extraño?

Y sentirme más tonto aún por saber que no te lo mereces.