jueves, 27 de octubre de 2011

"Zombies"


El próximo viernes 4 de noviembre a la 19:00 hrs. es el estreno del cortometraje Zombies, una producción de KHEPERA FILMS con apoyo de la Secretaría de Extensión y difusión de la Facultad de Filosofía y Letras. Los esperamos.

domingo, 23 de octubre de 2011

Serie negra (III): Petirrojo, de Jo Nesbø




El Thriller es un sub-género de la literatura policiaca que nació a mediados del siglo XX, hijo de la paranoia de la Guerra Fría, en la que valientes agentes de los servicios secretos occidentales (EE.UU., Inglaterra, Francia), luchaban contra las malvadas conspiraciones provenientes del otro lado del Telón de Acero y los países de Europa Oriental. Es así como asistimos al nacimiento de personajes que se volverían auténticos iconos de la cultura popular, como sucedería con James Bond, el agente 007 creado por el escritor Ian Fleming. Debido a la situación política de aquellos años en la cual existía un constante temor a una confrontación entre las dos superpotencias de aquellos años (Estados Unidos y la Unión Soviética) mantenía en vilo a la población mundial, las historias de espías narradas en los thrillers  se volvieron una literatura de consumo masivo. Conforme pasaron los años y la Guerra Fría fue perdiendo importancia los argumentos de los thrillers fueron cambiando paulatinamente (ahora los villanos eran asesinos seriales, terroristas o grandes corporaciones), aunque su estructura narrativa (un héroe que se enfrenta en solitario a una gran conspiración) se mantiene hasta nuestro tiempo. Aunque este tipo de obras se producen en todo el mundo, las más conocidas son casi siempre las de autores norteamericanos (como Dan Brown, por citar un ejemplo reciente). Por lo mismo pronto se volvió un género anquilosado y predecible. Sin embargo, en este mar de tedio de tantos productos industriales hay ocasionalmente islas de calidad que hacen que el menosprecio hacia el género no sea siempre justificado. Este es el caso de Jo Nesbø y su serie del inspector Harry Hole.
            Petirrojo (Noruega, 2000), inicia con la visita del presidente de Estados Unidos a Noruega y en la que el protagonista, Harry Hole, hiere accidentalmente a un agente del servicio secreto americano.  Tras este hecho y para evitar poner en entredicho a las fuerzas de seguridad en Noruega, es asignado al Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y ascendido a comisario en donde inicia una investigación sobre tráfico de armas y su posible vínculo con un atentado terrorista. Paralelamente se nos narra las vicisitudes de un grupo de soldados noruegos que lucharon en frente oriental contra el ejército rojo a favor de la Alemania Nazi en 1944. Historia que tendrá serias repercusiones en la investigación de Hole.
            Esta obra tiene varios elementos que si bien son comunes en este tipo de novelas, son utilizados de forma muy inteligente para mantener la tensión usando únicamente el suspense y sin necesidad de recurrir a muchos episodios de acción violenta (como tiroteos o persecuciones). Para empezar, su protagonista, el inspector (luego comisario) Harry Hole es un personaje lleno de matices. Quizá en varios aspectos es un poco cliché: es un policía honesto, alcohólico y de esos que se desvive por la búsqueda de la justicia. No obstante su convencionalismo, la caracterización psicológica que hace el autor consigue un aire de autenticidad apabullante que logra hacerlo creíble, alcanzando de paso una gran empatía con el lector. Se diferencia de otros detectives de novela policial en que es, en general, un tipo bastante ordinario. Es listo pero no posee una agudeza sobresaliente, ni es un experto tirador, ni  luchador cuerpo a cuerpo, ni especialmente culto. Simplemente es un investigador criminal eficiente, dedicado y con buena memoria para los datos estadísticos sobre delitos.
            Formalmente la novela es bastante interesante. Por necesidades propias del género no posee una narrativa demasiado elaborada (aunque la construcción de atmósferas está muy bien lograda), pero utiliza otros recursos literarios de forma muy inteligente. El que destaca más es sin duda el flashback. Este es un recurso usado en el género desde sus inicios (un buen ejemplo son los relatos largos de Arthur Conan Doyle como Estudio en escarlata, El signo de los cuatro o El valle del terror), sin embargo en Petirrojo cumplen una función más allá de lo explicativo como ocurre con los libros del creador de Sherlock Holmes. Son usados como herramienta narrativa para ir complicando la trama y potenciando el suspense y la tensión, logrando además sorprender al lector con giros realmente originales (que en un género tan trillado son un logro notable).
            Novela bastante recomendable para cualquier amante de la literatura policial, que nos muestra que con talento se pueden seguir haciendo obras de gran calidad a pesar de la inmensa cantidad de productos existentes. Además pone a Noruega en el mapa de la ese grupo de autores nórdicos que están revitalizando el género en Europa.

viernes, 14 de octubre de 2011

Serie negra (II): Roseanna, de Per Wahlöö y Maj Sjöwall.


Normalmente los aficionados al género policiaco (o negro) siempre que pensamos en clásicos nos vienen a la mente nombres como Conan Doyle, Agatha Christie, George Simenon, Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Ed McBain o Patricia Highsmith, cuyas obras marcaron (y aún siguen marcando) pautas para los autores que siguieron cultivando este tipo de literatura. Dichos autores componen para los lectores que vivimos de este lado del Atlántico (América) todo el universo literario del género negro. Sobre todo para los países hispanohablantes. Sin embargo, los europeos además de los escritores citados líneas arriba han tenido la suerte de tener acceso a otros autores menos conocidos a nivel mundial pero cuya calidad es indudable. Este es el caso de los periodistas suecos Per Wahlöö y Maj Sjöwall, reconvertidos en autores policiacos a partir de 1965, año en que publicaron el primero de una serie de diez títulos: Roseanna.

Roseanna (Suecia, 1965), inicia con el macabro descubrimiento de cadáver de una joven mujer en un río cercano a un pueblo de Suecia. La policía local no está preparada para afrontar un caso semejante por lo que pedirán ayuda a sus superiores en Estocolmo. Es así como entran en escena Martin Beck, comisario de la Brigada Nacional de Homicidios de Estocolmo, así como su equipo de subalternos. Así iniciará una larga investigación que buscará, en primer lugar, identificar a la víctima, para posteriormente dar caza a su asesino.

Esta novela se adscribe a las obras de tipo police procedural en las que en vez de haber un detective ultra-racional (como Sherlock Holmes) o un tipo duro (al estilo Philip Marlowe), nos topamos con un equipo de policías bastante ordinario pero que en base a los métodos de investigación “reales” (y una terquedad admirable) consigue resolver los casos. En este detalle se nota la influencia de Ed McBain (de cuyos libros Maj Sjöwall fue traductora), sin embargo se diferencian en que los personajes son mucho más humanos y mejor perfilados que en las novelas del norteamericano. Además, que se nos presente el desarrollo de investigación  policial como un proceso lento y burocrático en el que la mayor virtud de los policías es la constancia más que una sagacidad sobresaliente (no son tontos, pero tampoco genios), tiene implícita una intención desmitificadora de Suecia como el idílico paraíso social-demócrata que intentaba reflejar en los años sesenta. Es por ello que son comunes episodios donde el funcionamiento de las dependencias gubernamentales (policiacas o civiles) se nos muestran como torpes y desorganizadas:

Bajo la sucesión de esclusas de Borenshult, hay un rompeolas que protege el acceso de las agitadas aguas del lago cuando sopla viento del este. Al abrir el canal al tráfico aquella primavera, la entrada empezó a llenarse de lodo. A los barcos les costaba maniobrar y sus hélices levantaban del fondo densas nubes de fango gris amarillento. No fue difícil darse cuenta de que había que hacer algo y, por el mes de mayo, la compañía del canal solicitó un dragado al Servicio Nacional de Carreteras y Vías Fluviales. La solicitud pasó por las manos de unos cuantos funcionarios indecisos, hasta que finalmente fue remitida a la Administración Marítima de Suecia, que consideró que el trabajo debía realizarse con una de las dragas de cucharón que poseía el Servicio Nacional de Carreteras; institución que concluyó que este tipo de dragados dependía, en efecto, de la Administración Marítima. En un gesto desesperado, alguien intentó remitir el asunto a las autoridades portuarias de Norrköping, quienes inmediatamente devolvieron la petición a la Administración Marítima; ésta, a su vez, la dirigió al Servicio Nacional de Carreteras y Vías Fluviales, momento en que alguien cogió el teléfono y marcó el número de un ingeniero que realmente entendía de dragas de cucharón. Sus amigos le llamaban Limpiafangos. Sabía, por ejemplo, que de las cinco dragas de cucharón de almeja que existen sólo una tenía las dimensiones adecuadas para atravesar las esclusas. Su verdadero nombre tenía ecos mitológicos, Grifo, pero la gente lo llamaba, por supuesto, Guarro, y dio la casualidad de que se encontraba en el puerto pesquero de Gravarne, en la costa oeste. La mañana del cinco de julio la draga amarró en Borenshult ante la admiración de los niños del pueblo y de un turista vietnamita. (Roseanna, pág. 9)

Pero no es el único rasgo desmitificador de la novela. El protagonista (al menos de forma nominal), Martin Beck es un tipo triste, enfrascado en un matrimonio que la rutina ha terminado por hundir y cuyo único rasgo sobresaliente es su dedicación a su trabajo. Así no encontramos nada de heroicidad ni cualesquier otro rasgo extraordinario. Simplemente es un hombre que intenta hacer su trabajo lo mejor que puede, apoyado siempre por sus subalternos que son los que hacen la mayoría del trabajo sucio en la investigación.

Aunque la novela es algo lenta (como la misma investigación), la sutil crítica social y la caracterización y desarrollo de los diferentes personajes por medio de una prosa seca pero precisa hacen que la lectura sea apasionante (lo que no excluye un episodio realmente trepidante para cerrar el texto). En definitiva, una joya del género negro y de la literatura sueca en general.

martes, 4 de octubre de 2011

Serie negra (I): Noir a la mexicana: El complot mongol, de Rafael Bernal



Agonizan los tumultuosos años sesenta. El mundo no se ha recuperado de ese fatídico 1968 y la sombra de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos mantiene en la incertidumbre al mundo entero. Es 1969 y en México ve la luz un libro insólito en la narrativa nacional, titulado El complot mongol. Insólito porque no entraba en ninguna de las modas literarias de la época; no tenía nada que ver con los experimentos de la llamada Literatura de la onda, ni tampoco era hijo del  Boom latinoamericano. Sus antecedentes se encontraban en otra parte, al otro lado del río Bravo, en la tradición literaria “negra” instaurada décadas atrás por los norteamericanos  Dashiell Hammett y Raymond Chandler. México atestiguaba el nacimiento de la literatura de género negro “a la mexicana”, de la pluma de Rafael Bernal.  

El complot mongol (Joaquín Mortiz, 1969), nos cuenta la historia de Filiberto García, un pistolero al servicio del gobierno, ex revolucionario, el cual se ve envuelto en la investigación del rumor de un supuesto atentando contra el Presidente de los Estados Unidos en una visita a México, cuyo origen se inicia en la Mongolia Exterior y perpetrado por supuestos agentes de Mao Tse Tung. Es asignado al caso debido a sus contactos con la comunidad china en la calle de Dolores, ciudad de México (y que en realidad se limitan a partidas de póker y a solaparles sus fumaderos de opio). Debido a las implicaciones internacionales  de dicho asunto se ve obligado a hacer equipo con un agente norteamericano del FBI y un agente ruso del Servicio Secreto Soviético (KGB, aunque nunca se dice explícitamente), cuyos objetivos reales no son muy claros. Todo ello aderezado con chinos misteriosos, una dama en apuros, muchos tiros e intriga “hecha en México”.

Aún cuando El complot mongol navega en las aguas del Thriller (muy en boga en dicha época por las novelas de Ian Fleming sobre James Bond), la novela pertenece al género negro. No sólo mantiene ese aire lúgubre, dónde el ambiente urbano (la ciudad de México) se convierte en un personaje más, sino que su protagonista es un anti-héroe, cínico y desencantado, pero con una visión muy lúcida del México de la época: 

Matar no es un trabajo que ocupa mucho tiempo, sobre todo desde que le estamos haciendo a la mucha ley y al mucho orden y  al mucho gobierno. (…), y yo digo que la ley es una cosa que está ahí para los pendejos. (…) Y ¡pinches leyes! Y ahora todo se hace con la ley. De mucho licenciado para acá y licenciado para allá. (…) No, para hacer esto se necesita tener título. Antes se necesitaban huevos y ora se necesita título. (…) Nosotros (los licenciados) estamos edificando México y los viejos para el hoyo. Usted para esto no sirve. Usted sólo sirve para hacer muertos, muertos pinches, de segunda. Y mientras México progresa. Ya va muy adelante. Usted es de la pelea pasada. A balazos no se arregla nada. La Revolución se hizo a balazos. ¡Pinche Revolución! Nosotros somos el futuro de México y ustedes no son más que una rémora. Que lo guarden allí, dónde no se vea, hasta que lo volvamos a necesitar. Hasta que no haya que hacer otro muerto, porque no sabe más que de eso. (El complot mongol, Págs. 9 – 12).  

De esta manera el personaje de Filiberto García se erige dentro del texto como una conciencia crítica de esa idea del “México moderno”, que los gobiernos priístas querían vender a los ciudadanos y al exterior del país. Al mismo tiempo, Filiberto es una metáfora de ese viejo sistema represivo nacido de los gobiernos post revolucionarios y que nunca abandonó el partido oficial, sino simplemente  lo ocultó bajo la consigna del respeto a la ley, sólo sacándolo a relucir cuando resultara conveniente (o necesario). Asistimos a una representación clara y cruda de la “Guerra sucia” muchos años antes de que se acuñara dicho título.

Además de su crítica corrosiva, la obra rescata como pocas veces el lenguaje popular mexicano. Así en boca de Filiberto siempre encontramos el consabido “pinche” para describir prácticamente a todo, lo que muestra claramente su postura ante el mundo. Un mundo de apariencias en las que él, un hombre directo, violento, está totalmente fuera de lugar. Cómo lo estuvo la novela misma durante décadas, perdida para el gran púbico y únicamente valorada por los escasos lectores y los aún más escasos cultivadores locales del género, como Paco Ignacio Taibo II, máximo representante de la literatura policiaca mexicana, quién admite que es una de sus principales influencias en su obra. Novela fundamental para entender el posterior devenir de la narrativa de género negro en México y un deleite literario por sí misma.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Cenicienta.


Para la verdadera Cenicienta.

Tras ella se cerró la puerta quedamente, como apenada por hacer ruido. Siempre volvía a casa de la misma manera, en silencio. Era parte de las reglas no escritas de su hogar. Un reglamento al cual no comprendía muy bien pero tampoco se atrevía a cuestionar. Quizá su inescrutabilidad se debía a que eran mandamientos provenientes de tiempos antiguos, antes del hombre, antes incluso de Dios. Provenían del caos, de los miedos fundamentales que con el pasar de los siglos fueron adquiriendo forma, tornándose primero en vida y posteriormente en civilización. En la escuela había aprendido eso. La historia del hombre es la historia del miedo. Los primeros seres humanos no se agruparon por fraternidad entre ellos, lo hicieron por miedo a los demás animales; las primeras guerras fueron por miedo a que otro grupo los atacara; las religiones mismas se basan en el miedo a lo desconocido, al más allá, a la muerte. Ese miedo primigenio, estaba segura, anidaba en el espíritu de su madre y era el causante de su comportamiento de carcelera, enclaustrándola en casa con limitadas licencias al exterior (como asistir a la escuela, compra de víveres y una salida recreativa de cuando en cuando). Y ella, poseedora de igual forma de ese miedo primitivo, tampoco se atrevía a desafiar su mandato.

                Arrojó descuidadamente su bolso sobre una silla y se tumbó en la cama. Miraba el techo imaginándose, cual Edmundo Dantès, escapar de su personal Castillo de If. No deseaba vengarse de nadie, sólo irse, irse tan lejos como mundo hubiera. Sonrió con tristeza. Sabía perfectamente que no pasaría del pensamiento a la acción. Miró el cuadro inacabado que descansaba sobre un caballete en el rincón de su habitación. Había trabajado en él durante dos semanas y cuando ya iba a la mitad un trazo descuidado lo arruinó. Había escuchado que el arte era liberación, pero para ella, sus clases de pintura sólo significaron dinero perdido y mucha frustración. Tal vez lo suyo no era la pintura. Respiró hondo, se levantó de la cama y se dirigió a la silla para sacar su celular y consultar la hora. Descubrió que tenía cinco llamadas perdidas de Vicente. Lanzó un juramento. Las cosas no habían andado muy bien con él últimamente. Él se quejaba de que ella siempre estaba inaccesible, que su único contacto era a través de SMS o por Internet  y que no había forma de mantener una relación de esa manera. Sabía que tenía razón, pero no había mucho que pudiera hacer. No tenía el valor de enfrentar a su madre. Cuando lo intentó las cosas no salieron muy bien. Pensó en devolverle la llamada pero sabía que terminaría peleando y optó por mejor no hacerlo.

                Conectó su teléfono a unos altavoces y comenzó a reproducir la música en mp3 almacenada en la memoria del aparato. Se recostó en su cama de nuevo mientras la habitación se inundó con la voz aguardentosa de Joaquín Sabina. No era especialmente melódica, pero le gustaba su voz, el feeling que le daba a sus letras y los sentimientos que evocaba en ella. Cada palabra adecuada, cada adjetivo preciso, movía algo en su interior. Algo profundo, distante en el tiempo, en el espacio, pero cercano a un nivel metafísico….

         Bernardo… 


         …tardé en aprender a olvidarla, diecinueve días y quinientas noches.


Siempre se ha cuestionado eso. ¿Realmente se puede olvidar a alguien? ¿Alguien así de importante? Físicamente sólo habían pasado seis meses; metafísicamente parecían años, décadas incluso. Cómo una película muda reencontrada después de años desaparecida y en un estado deplorable. Pero al proyectarla una vez más, pese a la imagen mutilada, difusa, carente de voz, suscita las mismas emociones que antaño. Así, una tras otra, las odas o elegías sabinescas restauraban poco a poco el retrato de Bernardo, hasta volverlo, una vez más, nítido en su mente.

Todo regresó. El aroma a loción impregnado en su camisa. Ese olor ácido, afilado, depredador. Se estremeció. Los fantasmas de sus dedos recorrieron su piel, despacio, suave, conquistadoramente. La sangre comenzó a galopar en sus venas. El eco de su voz dura, gruesa, de dios antiguo, navegó por su oído de nuevo. Su respiración se tornó en rabioso huracán. Una ola golpeó con decisión, violenta, ansiosa, la playa desierta de sus labios…

La música cesó.

Desorientada, se puso de pie, abrió un cajón donde extrajo un pañuelo desechable y limpió los recuerdos de su mano. Un tanto confusa fue al baño a lavarse para posteriormente ir a la cocina a preparar la cena para ella, su madre y su hermana pequeña.

Su madre se quejó de que la comida había resultado algo insípida. Ella se excusó diciendo que no quiso arriesgarse a que resultara muy salada por lo que se moderó con dicho sazonador. Lo cierto es que sus sentidos aún se hallaban inundados por aquella fragancia metafísica. Escuchó con atención aunque sin interés la crónica del día de su madre así como las aventuras de Jacinta, su hermana menor, en sus clases de natación. Concluida la cena, se quedó sola en la cocina, lavando los platos.

Recordó otra vez a Bernardo. No era la primera vez que tenía arrebatos como el de momentos atrás. No siempre eran tan físicos, a veces se limitaban a escribir un SMS dónde le hacía reclamos, le decía cuanto lo extrañaba o simplemente que pensaba en él. Pero siempre había sido así, desde el principio. Ella había ido a una fiesta de la escuela (después de rogarle a su madre durante una semana), y ahí fue cuando lo vio y comenzó todo. Bastó una simple mirada para construir un puente; una calzada por dónde la legión que era su personalidad la invadiese sin posibilidad de pedir tregua ni clemencia. Como toda conquista, fue violenta, confusa, vertiginosa… y efímera. El invasor se marchó una vez saqueado el territorio, dejando tras de sí sólo vestigios, escombros de caricias, acueductos de saliva y la imposición de un culto a su propia figura.

Retornó a su habitación, cual ejército derrotado, dejando atrás los anhelos de gloria, y sólo deseando un poco de paz. Era entonces cuando la ciudad amurallada que era su casa no parecía tan terrible y ese miedo supersticioso al exterior de su madre resultaba casi lógico, aceptable. Ella misma se había vuelto una fortaleza, una Troya interior alertada de los caballos de madera. Después de Bernardo vinieron otros invasores que la mantuvieron en estado de sitio. Y aunque tuvieron sus victorias ocasionales, finalmente todos se rindieron, uno a uno, al no poder derrumbar sus muros. Incluso Vicente, su actual invasor, estaba a punto de capitular. Poseía la fuerza de Aquiles, pero sin el ingenio de Odiseo su derrota era segura. Vicente le gustaba más que los otros por su fortaleza, su energía, y su arrebato. Incluso las circunstancias en que se conocieron poseían la emoción del peligro, de la trasgresión. Vicente había sido novio de una amiga suya. Se habían tratado superficialmente cuando salía con su amiga, pero no fue hasta unos meses atrás, en una reunión en la que coincidieron, que él se acercó y le declaró su amor. Ella estaba aturdida por la confesión, pero el candor, el apasionamiento con el cual lo hizo la impresionó. Así inició su guerra secreta, a distancia, fría. No había épicas batallas. Ésta se libraba por medio de espías, de servicios de información, de mensajes encriptados. Su espíritu guerrero no soportaría aquella guerra cerebral. Por eso sabía que tarde o temprano claudicaría. Tristemente, no lo lamentaba.

De vuelta a la seguridad de su habitación, se tendió en la cama, encendió su computadora portátil y revisó su cuenta en una red social. Como de costumbre lo único que encontró fue una demencial cantidad de absurdo, idiotez, banalidad, hipocresía, y vacío absoluto. Básicamente, el mundo real digitalizado. Pese a todo ella participaba de ese mundo por inercia. No obstante, de cuando en cuando dejaba alguna frase significativa, una palabra curiosa, una pista hacia su alma, en espera de que algún aventurero (no quería príncipes, ya estaba harta de ellos), encontrara su zapatilla de cristal encriptada en código binario y corriera a encontrarse con ella. Alguien capaz de sacarla de su mortal seguridad, de su angustioso confort, del absurdo de la vida decente, sea lo que sea que eso significara, y removiera de su cuerpo ese rigor mortis metafísico conocido como buenas costumbres. Sin embargo, en el muro de su perfil no había ninguna respuesta… sólo treinta y cinco comentarios nuevos.

viernes, 12 de agosto de 2011

Paralelos


Ella…


…observa el reloj:


Las horas se alejan, lentas, inexorables, tristes, implacables, cíclicamente… llevándose consigo a la mujer que deseó ser.

Sólo queda la mujer ejemplar: madre, esposa, ama de casa. La rutina es su nuevo credo. 

No hay lugar para Hipólitas.



Él…


…añorando los días mejores (esos que sólo existen en los álbumes fotográficos).


Sobreviviente de la Troya de Homero, no de la de Schliemann, cuyos susurros vagan por las polvosas calles de Comala.


Cómo todo soldado derrotado, ha perdido la voluntad de luchar.


Ella…

Recuerda… 



…sólo recordando.



                                  Recuerdo…



          …paliativo de los esclavos y los muertos.



La vida no tiene memoria…



Los amores pasados no existen, ahora lo sabe. Y como toda revelación divina, no sirve de nada.



Él…


Fue contagiado del mal de Epimeteo. Sus cadenas son más gruesas y pesadas que las de su hermano.

No existe Dios en libro sagrado alguno capaz de liberarlo.


Sólo existió Dalila… 


                               …Cleopatra.


                                               ….Irene Adler.








Ellos…
 

lunes, 28 de febrero de 2011

Soliloquio


¿Por qué no tienes novia? La pregunta resonó con toda su brutal naturalidad en mi cabeza como si se tratase del más insondable de los enigmas. Miré a mi madre con desconcierto. Para ella simplemente era una pregunta como cualquier otra: ¿por qué no traes el suéter que te regalé en navidad? ¿Por qué no comes más verdura? ¿Por qué vienes tan poco a la casa? Pero sin importar su intención la pregunta ciertamente me tomó desprevenido. No me lo había cuestionado. La respuesta lógica sería porque no quiero. Pero no me satisfacían las respuestas fáciles. Maldita manía mía de complicarlo todo. ¿No tenía interés? No, no era eso puesto que siempre correspondía una sonrisa coqueta con otra. ¿No podía olvidarla? Cierto. Aún estaba ahí, su esencia todavía me impregna, como un súcubo etéreo. Ausente, pero continuo. Pero no era eso (o sólo eso). En realidad no tenía idea. Por eso traté de responder de la forma más sincera posible:
                —Sepa.
                —¡Ay, hijo! —dijo con maternal desaprobación—. ¿Y qué pasó con esa muchacha Irene?
                ¿Sí, qué pasó con Irene? Sabía que se había casado y tenía dos hijos a estas alturas. Pero no era el grillete de oro en su dedo lo que nos separó. Fue algo mucho más simple: ambos queríamos que nos quisieran, pero sólo yo quería quererla. Mala suerte.
                —Pues se fue —respondí más a mí que a mi madre.
                Ella sólo suspiró y me lanzó esa mirada de comprensión que ponen las madres cuando no entienden nada.
                Abandoné la casa luego de pasar esas dos horas que le dedicaba a mamá como penitencia por haber cometido el delito de irme del nido familiar. En vez de caminar a la parada de autobús decidí dar un paseo por el viejo barrio. Había cambiado mucho. Casas y caras nuevas. Únicamente la iglesia continuaba igual, con su rostro adusto invitando a huir antes que resguardar el espíritu ahí. En frente estaba una plaza donde solía pasar las tardes de domingo. El gobierno municipal seguramente se gastó sólo la décima parte de lo que dijo en su remodelación. Dejando de lado la política, sentí cierta alegría nostálgica. Compré un helado en la paletería de la esquina y me senté en una banca asombrada por un decrépito álamo. Pensé en Irene.
                —Sabes, lo que siempre me ha gustado de estar contigo es que todo siempre es tan íntimo —había dicho alguna vez—. Es agradable, sobretodo para alguien tan exhibicionista como yo.
                —El problema es que romanceamos en privado y peleamos en público
Ella sonrió.
                —Siempre tienes que salir con tu comentario.
                —Yo soy yo y tú eres tú.
                Y ser nosotros fue lo que nos hizo ser ella y yo.
                Miré hacia un costado para intentar apartar esa imagen de mi cabeza. Una pareja estaba sentada en una banca contigua. Ella se apoyaba en el hombro de él. Tenía la mirada ensoñadora y le preguntaba a su novio cuanto la amaba. Él le respondía con toda clase de adjetivos para demostrar todo su amor, mientras disimuladamente miraba a una muchacha de amplias caderas que hablaba por el teléfono público de la esquina.
                —¡Qué par de pendejos!
                Volteé al escuchar esas palabras. Una joven se había sentado a mi lado. Tendría unos dieciocho años, de cabello oscuro, desaliñado, vestida con un rompe vientos negro, unos pantalones de mezclilla rotos en las rodillas y tenis converse. Debió leer el desconcierto en mi rostro pues inmediatamente dijo:
                —¿No crees lo mismo? En lugar de estar perdiendo el tiempo en mamadas de telenovela deberían irse directo al motel y coger como Dios manda.
                Solté una carcajada. Tenía razón.
                —Bueno, para conseguir eso hay que seguir el protocolo —dije una vez que recobré el aplomo.
                —Pues eso me parecen puras pendejadas —insistió la chica—. Si me gusta un güey me lo llevo a la cama y me lo cojo.
                —Práctico —dije con aprobación burlona.
                —¿Y tú qué? De seguro estás esperando a tu novia para estar de tórtolo como esos, ¿no?
                —No tengo novia.
                —¿Y eso? —dijo  un poco sorprendida.
                —¿Por qué debería tener novia?
                Sonrió. Pude ver que su opinión de mí había mejorado bastante con esa respuesta. Sí, siempre había sido bueno para responder preguntas con más preguntas. Por primera vez me miró con interés. Se desabrochó el rompe vientos. Unos juveniles pechos se adivinaban bajo la playera de una banda de rock.
                —Cierto, no tienes porque —sonrió coquetamente—. ¿Y no te andas tirando a alguien?
                —No.
                —Eso se puede arreglar.
                Nunca he sido bueno para entender las indirectas. Por fortuna ésta no era una. Esta vez fue mi turno para observar detenidamente a mi acompañante. Era bastante guapa. Incluso su aspecto y actitud agresiva aumentaba su atractivo. Pensé en aceptar su oferta. Ese fue el problema… pensar.
                —No es el tipo de arreglo que necesito —dije, de nuevo, más para mí mismo.
                —¿Por qué? ¿No te gusto?
                Estaba sinceramente sorprendida. No la culpo. Es lo bastante atractiva como para que no la rechacen, sobretodo ante una oferta tan cómoda.
                —Claro que sí, pero ese no es el problema.
                Me miró fijamente, seguramente tratando de penetrar en mi cabeza para entender porque no íbamos de camino a un hotel. Creo que ni yo mismo lo entendía.
                —¿Entonces? —Su asombro se volvió impaciencia. Ante mi silencio dijo—: es por otra vieja, ¿verdad?
                ¿Lo era?
                —No lo sé, pero es muy probable que sea así.
                —Veo que estás muy clavado.
                Me reí para mis adentros. Esta vez era su vanidad herida hablando. Normalmente me limitaría a irme pero la chava se merecía una explicación.
                —Fue alguien con quien estuve hace ya buen rato. Se terminó. Intenté con un par de chavas luego de eso pero no funcionó. Eso fue hace casi un año y desde entonces no he salido con nadie.
                —¿O sea que le guardas fidelidad desde entonces? —dijo sorprendida.
                —No realmente. Es sólo que no siento la necesidad de salir con alguien nomás por salir, sin sentir algo más por ella.
                —En pocas palabras buscas amor.
                —No sé, tal vez —respondí con cautela—. ¿Haz estado enamorada?
                Mi pregunta fue respondida por una expresión seria. Al parecer le traje malos recuerdos, del tipo que sólo el amor deja.    
                —Una vez.
                —Entonces sabes a lo que me refiero.
                —No, porque yo ya no busco amor.
                —¿Por qué?
                Me dirigió una mirada furibunda como si le hubiera hecho la pregunta más estúpida que existiera.
                —Preguntas eso cuando estás aquí guardando fidelidad a una pendeja que te dejó y que de seguro ahorita está cogiendo con otro cabrón sin acordarse de ti, ¿por qué debería querer algo como eso? Más bien debería yo preguntarte ¿por qué buscas amor todavía?
                Guardé silencio. Me hacía la misma pregunta.
                —Porque lo otro sería conformarme.
                En su rostro se dibujó una expresión perpleja.
                —Sí —continué—. Ve a esos dos ahí. Ella ahorita sueña con castillos y unicornios mientras el otro güey se imagina como se sentirán las nalgas de la tipa hablando por teléfono. Le dice a la otra todo lo que quiere oír para que le afloje y la otra no le importa con tal de que le prometan todo lo que las telenovelas dicen que va obtener. En cuanto se acuesten él se va a ir en busca de la siguiente víctima y ella se va a quedar toda frustrada. ¿Qué va a hacer? Buscarse a un tipo seguro y aburrido, casarse, tener un montón de niños y olvidarse de sus sueños de princesa. No sé que te pasó a ti, pero terminaste en el otro extremo. Prefieres que te calienten la entrepierna en vez del pecho porque no tienes que dar nada a cambio y así no volver a perder algo. Lo radical no te quita lo cobarde.
                —¿Y tú sí eres valiente?
                —No, nada más soy bien pinche ególatra. Ella siempre me dio lo que no le estaba dando a otros. Siempre fui su plato de segunda mesa. Si me hubiera conformado con eso seguiría con ella. Pero no lo hice. Me gusta jugar a todo o nada. Y como nunca me iba a dar todo entonces no quise nada.
                —¿Entonces no quieres coger conmigo porque nomás eso puedo darte?
                No le respondí. No era necesario. Me puse de pie y comencé a alejarme de ahí sin preocuparme por la muchacha. Después de todo en ningún momento estuve debatiendo con ella.

jueves, 6 de enero de 2011

La guarida



Soy un pendejo. Supongo que debe ser así. Estoy seguro que ella esperaba que le suplicara un poco antes de “perdonarme”. No lo hice. Yo no tengo la culpa de que sea tan insegura y que tenga una hermana tan entrometida, la cual se la pasa metiéndole ideas en la cabeza.
Me dijo mi hermana que te vio con una güerota de ojos claros —me acusó.
Yo reí.
       —¿Crees que andaría contigo si pudiera conseguirme a alguien así? —le respondí.
Tal vez no debí contestar eso. ¿Algún día aprenderé a mantener la boca cerrada? Espero que sí o voy a seguir recibiendo bofetadas.
Como dije, soy un pendejo.
Ahora, para tratar de silenciar esa vocecilla que suena en mi cabeza (que algunos llaman conciencia), decidí salir y emborracharme. Un viejo truco, sí, pero efectivo. Bueno... temporalmente efectivo. Decidí ir a un lugar llamado La guarida, el cual es una cueva, literalmente, que ha sido acondicionada como antro. Iba a ir con mi amigo Jorge, que también había cortado con su chava, pero el tipo me llamó una hora antes de salir y me dijo que se había reconciliado. Traidor hijo de su... ¡en fin! Tuve que ir solo.
El sitio no estaba mal. Era una cueva, como dije, pero acondicionada con todas las comodidades modernas. Eso sí, ambientado como si fuese una guarida de los hombres de las cavernas. Pinturas rupestres, muebles de hueso, música tribal mezclada con electrónica, e incluso un esqueleto de un tigre dientes de sable colgaba del techo. Era como estar en un episodio de Los Picapiedra, pero con mejor dibujo, sobretodo el de las meseras.
Mientras bebía mi tercera cerveza vi por el rabillo del ojo como se acercaba una chica. Por su expresión debió juzgar que era un tipo capaz de pagar mis tragos y los de ella. No se equivocaba. Era atractiva. Cabello castaño corto y rizado; ojos grandes y negros; delgada como nardo. No era el ideal de mujer creado por Play boy, aún así, desbordaba cierta sensualidad a la que no podía permanecer indiferente. Sin mucho disimulo la chica se colocó a mi lado y me dirigió una sonrisa que pretendía ser muy seductora. Debo confesar que cumplía con su cometido. Una vez seducido por su sonrisa hice la pregunta obvia.
—¿Quieres que te invite un trago?
Ella aceptó de inmediato. Pidió un Bloody Mary al barman. ¿Acaso era una señal? Dada mi situación no estaba realmente muy preocupado por eso. No era el tipo de mujer que conocía comúnmente. Debía aprovecharme. Charlamos un buen rato. Una plática trivial e impersonal. No mencionó su nombre y yo no se lo pregunté. ¿Estaría ahí por la misma razón que yo? ¿Habría llegado sola tratando de olvidar a otro idiota que no supo tratarla bien? ¿O simplemente buscaba divertirse un poco? Me hacía todas esas preguntas como si realmente importaran. Viejo, admite que sólo quieres tirártela y déjate de pendejadas. Después de otro rato de charla ella acercó su rostro al mío y me susurró al oído que fuéramos a un pequeño privado. No fue difícil convencerme. El sitio era una choza de madera con algunos cojines dentro y un par de lámparas de neón. Ambos sabíamos a lo que íbamos y no perdimos el tiempo en preámbulos. Nos arrojamos uno contra el otro. Sus manos se deslizaron velozmente por debajo mi chaqueta para privarme de ella; las mías hicieron lo propio con su blusa. Era uno de esos momentos donde gobierna un simple deseo de placer puro sin ningún tipo de interferencia emocional. Era perfecto.
—Espérate, por favor.
Como dije, era perfecto. Ella se había detenido. Me dirigió una mirada de excusa. Mi semblante denotaba mi enfado. Tomé mi chaqueta y salí del lugar sin decir una palabra. No iba a pelear con ella por acobardarse en el último momento. Con una pelea en un día bastaba. Regresé a la barra y pedí una cerveza. Cuando busqué mi cartera descubrí alarmado que no estaba. Esculqué hasta el último de los bolsillos de mi ropa sin resultado. Fue entonces cuando comprendí lo que sucedió. Corrí al privado a buscarla. Por supuesto ella ya no estaba. Me golpeé el rostro con la palma de la mano y un solo pensamiento cruzó por mi mente en ese momento:
—Soy un pendejo.