martes, 17 de julio de 2012

Una sepultura digna



1
Llovía. Una lluvia nocturna, agitada, rabiosa. De esas que son más viento que agua. Agustín Carmona conducía despacio a causa de la escasa visibilidad y los limpiabrisas sólo conseguían enturbiarla aún más. Descendía por la avenida Carlos Pacheco y al llegar al semáforo de la intersección con la avenida Benito Juárez viró a la derecha y se enfiló por ésta. De inmediato pudo distinguir los brillantes letreros del conjunto de centros nocturnos y bares que pululaban en aquella zona, deformados todos por el agua que chorreaba por el parabrisas. No le costó trabajo dar con el bar Cowboys, al cual se dirigía. Estacionó su automóvil un par de manzanas más allá debido a que todos los sitios cercanos se hallaban ocupados pese al mal tiempo. Corrió a toda velocidad directo a la entrada del bar pero aún así terminó empapado.
            Dentro, el ambiente era amenizado por música country. Aquel era un lugar de temática del viejo oeste y todo se hallaba decorado en ese estilo. No obstante, varias pantallas LCD diseminadas por varios rincones del local contrastaban con ese ambiente retro. En ellas se proyectaban videos musicales que inexplicablemente no correspondían con la música ambiental. Agustín respiró hondo, absorbiendo el aire cargado de humo de tabaco, olor a cerveza y humedad, y se encaminó hacia la barra donde sabía que encontraría a la persona que estaba buscando.
            Santos Mondragón se encontraba recargado en la barra, cerveza en mano, mirando escrutadoramente hacia el nutrido grupo de concurrentes al establecimiento. Como jefe de seguridad era su deber estar alerta a cualquier problema. Era un hombre alto y fornido, de anchas espaldas aunque levemente panzón; Su cabello entrecano, corto, coronaba una cabeza alargada, de rasgos duros, nariz grande y chata bajo la cual se trazaba una boca amplia de labios sorprendentemente delgados, envueltos en una descuidada barba de candado, negra en el bigote y gris en la zona del mentón. Contrario a lo que sus canas decían, tenía tan sólo cuarenta años. Vestía una raída chamarra de piel, camisa azul rey, pantalones de mezclilla y botas vaqueras. Su gesto duro se transformó en una mueca sardónica en cuanto vio a Agustín acercarse a él.
            Quiubo, cabrón, hacía rato que no te miraba —dijo a manera de saludo.
            Agustín le regresó el saludo y ambos se dieron un fuerte apretón de manos. Santos pidió entonces una cerveza para el recién llegado que éste se apresuró a rechazar. No mames, güey, de cuando acá tan rajado, le reclamó Santos por lo que a Agustín no le quedó más remedio que aceptar. En cuanto la bartender trajo su bebida Agustín le dio un gran sorbo sólo para complacer a su amigo. Lo conocía desde hacía quince años, cuando él tan sólo era un reporterillo de segunda y Santos un joven agente de la Policía Judicial del Estado. Su relación al principio fue meramente profesional, en la que Mondragón era una fuente de Agustín (a cambio de una pequeña cuota, claro está), pero con el tiempo (y unas cervezas) empezó la camaradería. Ahora, cuarentones ambos, Agustín era fundador y dueño de un periódico en línea bastante exitoso en la ciudad y Santos había sido dado de baja de la policía por motivos políticos y malvivía trabajando como guarro en aquel antro vaquero. Santos le caía bien a Agustín por su personalidad franca y por ser el único chota honrado que había conocido (bueno, todo lo honrado que puede ser un policía, en todo caso); además era toda una autoridad en cine de acción de los años noventa hacia atrás. Sin embargo, como había sido siempre entre ellos, su motivo para buscarlo era por negocios.  
            —¿Cómo te va en este jale?
            —Pues ya ves, saco pa’ tragar y pa’ los cigarros —respondió Santos con tono desganado—. También hay birrias de a grapa, pero nomás.
            —Pues por ahí me han contado que además de esto haces algunos encargos por debajo del agua.
            La eterna sonrisa socarrona de Santos se borró de golpe. Dio un trago a su cerveza y miró al periodista con recelo. Un conocido de Agustín le contó que a Mondragón lo había contratado un empresario para ‘persuadir’ a un pretendiente de su hija para no continuar con su cortejo. Nadie supo qué hizo Santos pero el individuo en cuestión se volvió ojo de hormiga. Y a partir de ahí siguió escuchando historias por el estilo sobre su amigo.
            —No sé qué te hayan dicho pero no le ando haciendo al sicario si a eso te refieres —aclaró Santos.
—No, no, qué pasó ta’ bien que la crisis está dura pero sé que tú serías incapaz de dedicarte a eso —dijo Agustín para tranquilizarlo.
—Pues más te vale, cabrón —dijo Santos volviendo a su tono amistoso—. Yo también he oído cosas de ti. Dicen por ahí que te va muy bien con tu periódico electrónico y que ahora te llevas muy bien con los del gobierno. 
—Pues sí, prostituirse para un partido político tiene sus recompensas —dijo Agustín en tono cínico.
—Quién te viera, cuando te conocí me tirabas no sé qué rollo sobre la ética periodística y no sé cuánto —se burló—. Y ora, bien alineadito con los meros, meros.
Agustín sonrió con amargura. Le dio otro trago a su cerveza y dijo: Cuando era honesto de todas formas me hacían escribir lo que los de arriba decían. Simplemente me cansé de ser su pendejo. Si de todas formas me van a tener agarrado de los güevos de perdida que les cueste una feria, ¿no? —concluyó el periodista.
—Pos sí —convino Santos.
Ambos permanecieron en silencio. Agustín no pudo sino reconocer la ironía. Cuando lo conoció, Santos era el típico policía mexicano: prepotente, abusivo, cínico, aunque eso sí, menos corrupto que la media. Con el trato, pronto se dio cuenta que era mejor persona de lo que quería aparentar. Pero le había pasado lo que a la mayoría de las personas: perdió la fe en la gente y en el mundo y simplemente se alineó a la reglas del juego. Agustín siempre le criticó su actitud indolente: Por eso estamos como estamos, porque los chotas como tú nomás obedecen órdenes en vez de proteger a la gente, le reprochó alguna vez, a lo que el entonces policía sólo respondió con una sonrisa irónica. Quince años después, Santos ahora era el más íntegro de los dos. O quizá siempre lo había sido.
—Necesito un favor —dijo finalmente Agustín.
—Qué raro —dijo Santos irónico—. ¿Y pa’ qué soy bueno?
—Necesito que busques a una persona desaparecida —explicó Agustín y sacó una foto del bolsillo interior de su chaqueta y se la alargó a su amigo. Santos la examinó, primero con desgana y luego con mayor interés. Se trataba de la imagen de una muchacha joven, de grandes ojos oscuros y sonrisa alegre.
—¡Ah, caray! No, pos sí está linda la morra —opinó Santos—. Pero como que está muy chavita pa’ ti, ¿no crees?
Agustín se puso rojo por el comentario y frunció el ceño. Dio otro trago a la cerveza y miró a Santos con enfado.
—¿Por qué supones que tengo que ver con ella de esa forma?
—No mames, güey, si no te la anduvieras cogiendo no te meterías en los líos de venir a pedirme chichi. Nunca das paso sin guarache, así que déjate de pendejadas y cuéntame cómo está el pedo.
Agustín se quedó serio. Bebió el resto de su cerveza de un trago y miró hacia la pequeña pista de baile ubicada en el centro del bar donde un numeroso grupo bailaba al ritmo de The devil went down to Georgia.
—Se llama Sarah Acosta —dijo finalmente—, es una de mis reporteras. Empecé a salir con ella hace como un año, al poco tiempo de divorciarme. Hace una semana, cuando salía de su casa para ir a trabajar, unos encapuchados la levantaron y se la llevaron. Nadie la ha vuelto a ver desde entonces.
El pétreo rostro de Santos adquirió un semblante serio al escuchar aquella explicación.
—¿En qué andaba metida? —quiso saber el ex policía.
Agustín meneó la cabeza al comprender la pregunta de su amigo.
—En nada, no es lo que crees —aclaró Agustín—. Hace como un mes me comentó que estaba trabajando en un reportaje con el que de seguro ganaba el Premio Nacional de Periodismo…  
—¿Y sobre qué trataba? —lo interrumpió Santos.
Al periodista le sorprendió el repentino cambio de actitud de su amigo. Contrario a su talante de desparpajo habitual ahora se mostraba invadido de un aire de seriedad profesional que no le conocía. Por primera vez en su vida trataba con el agente Mondragón en vez de su amigo Santos.
—La verdad no tengo ni idea sobre qué era su reportaje —dijo Agustín—. Pero si la desaparecieron significa que era sobre algo fuerte.
—El narco, por ejemplo —aventuró Santos.
—A lo mejor.
—¿La crees tan pendeja como para hacer algo así?
—Es una idealista.
Santos meneó la cabeza y sonrió con sorna.
—Mejor ni te molestes entonces, cabrón —opinó Mondragón—. Eres periodista y sabes muy bien qué les pasa a los infelices que les aplican un levantón.
Agustín adquirió una expresión sombría. Sí, lo sabía muy bien. En Chihuahua cuando levantaban a alguien era igual que recibir un tiro en la cabeza. Por lo mismo no podía contar con la policía. Para la autoridad, una ejecución o un levantón son prueba irrefutable de que la víctima está involucrada con el crimen organizado y por lo tanto no merecía el gasto de los valiosos recursos públicos de una investigación judicial. Sólo le quedaba recurrir a alguien como Santos.
—No me hago ilusiones, sé que Sarah ya está muerta pero al menos quisiera saber dónde está su… —se interrumpió. Tragó saliva pues le costaba sacar las palabras de su garganta—. Quisiera saber dónde están sus restos para darle una sepultura digna.
Santos no dijo nada. Sólo sacó una cajetilla del bolsillo de su chamarra, tomó un cigarrillo y lo encendió. Desde su perspectiva no había diferencia entre estar dentro de un cajón tres metros bajo tierra o yacer tirado en medio del desierto. La dignidad o indignidad de una persona sólo se daba cuando ésta vivía. Muerta, todos esos conceptos se anulaban. No obstante, había visto el rostro de Agustín muchas veces antes, cuando aún era policía. Era el rostro de la desesperación, de la incertidumbre de la gente común a merced de unas fuerzas oscuras e incomprensibles ante las cuales no había defensa alguna y que en vano acudían a una autoridad débil e indiferente ante sus reclamos de justicia. Así fue como comprendió esa necesidad de tener certeza; de darle cristiana sepultura a sus muertos; de poseer una tumba en donde poder dejar flores. La sepultura no es realmente para los muertos sino para enterrar los sentimientos de frustración de los vivos; es para que éstos sean los que realmente descansen en paz.
—¿Por qué me pides esto a mí?
—Tú conoces a mucha gente —dijo Agustín—. Gente que nunca hablará conmigo. No quiero saber quién lo hizo ni por qué, sólo quiero recuperarla. No creo que eso te busque broncas, ¿o sí?
Con esa gente desde luego que sí.
—No, ninguna.
Agustín se metió la mano en el bolsillo del pantalón,  extrajo un fajo de billetes enrollado y sujeto con una liga y se lo tendió a Santos. Hubiera preferido pagarle con un cheque, pero sabía que su amigo le gustaba más el efectivo.
—Son diez mil, para tus gastos —indicó Agustín.
Éste lo tomó, lo miró unos segundos contando mentalmente el dinero y luego se lo guardó en su chamarra.
—Sí te hubieras mochado así cuando todavía estaba en la policía hasta te abría contado quién era el segundo tirador en el caso Colosio —bromeó Santos.
Agustín sonrió. Le dio la mano como despedida y se fue de ahí a paso veloz como quién huye tras concluir una tarea desagradable. Santos le miró alejarse mientras le daba la calada final a su cigarrillo. Se echó el último trago de cerveza y pensó en que su amigo no había cambiado nada. Seguía dejando a otros los asuntos que le correspondía resolver. Y él seguía resolviendo los problemas de los demás en vez de los propios.



2
La camioneta se deslizaba por aquella insólita carretera de concreto construida en medio de aquel inhóspito paraje de la sierra. En su interior viajaba Santos Mondragón, con el rostro cubierto por una capucha, escoltado a ambos lados por un par de sujetos provistos de armas largas tipo M4. Moviendo algunos contactos había logrado concertar una cita con Gabriel Santana, principal operador del cártel del Este en el estado, en su rancho ubicado en alguna parte de la sierra de Chihuahua. Si el levantón de Sarah Acosta fue obra del cártel, o de alguna banda ligada a él, Santana era el hombre que podría saberlo.
            Finalmente la camioneta se detuvo. La capucha fue retirada de la cabeza de Santos y éste pudo contemplar la lujosa casa que se erigía frente a él. Se apeó del vehículo y a su encuentro salió un individuo que contrastaba con el grupo de matones que lo escoltó hasta ahí: era delgado, vestido impecablemente con un traje gris de corte inglés, corbata guinda y camisa blanca; tenía cabello castaño, ojos verdes ocultos tras unos lentes de armazón de pasta. Se trataba del Licenciado Armando Arévalo, secretario particular de Gabriel Santana. Santos lo conocía muy bien de sus días en la policía cuando el abogado era a su vez un ambicioso agente del Ministerio Público. Se dieron un cordial apretón de manos y Arévalo le informó que Don Gabriel lo esperaba en la zona de caballerizas y le indicó que lo siguiera. Tras ellos marcharon los dos pistoleros en actitud recelosa ante el visitante.
Gabriel Santana era un individuo de complexión robusta, acentuada todavía más a causa de su escaso metro sesenta y cinco de estatura, de anchas espaldas y piernas cortas; poseía un rostro cuadrado, de rasgos pétreos, grueso cabello negro, ojos café oscuro, nariz ancha, sin bigote, labios carnosos, dando todo el conjunto la apariencia de un toro salvaje. Santos lo encontró cepillando la crin de un caballo. El ex policía no sabía nada sobre equinos pero estaba seguro que aquel animal valía más que su sueldo de todo un año en el bar. Santana al ver a su visitante le indicó que se acercara sin dejar de cepillar al caballo. Vestía una camiseta tipo polo de color verde, unos desgastados pantalones vaqueros y calzaba unos viejos zapatos de trabajo. Si no supiera de quién se trataba Santos hubiera pensado que era un simple caballerango.
—Mira nomás, si es el cabrón de Santos Mondragón en persona —dijo Santana a manera de saludo.
El capo tenía la misma edad que Mondragón. Lo sabía porque habían estado juntos en la escuela secundaria. Gabriel era hijo de un humilde ranchero de un pueblito de las afueras de ciudad Cuauhtémoc, dónde sólo había escuela primaria, motivo por el cual fue enviado a vivir con unos parientes a Chihuahua capital para continuar con sus estudios. Fue ahí dónde coincidieron y se hicieron buenos amigos durante el tiempo que duró aquel nivel de instrucción. Concluido éste, Santos no volvió a verlo hasta varios años después cuando fue arrestado por sospechas de haber matado a un hombre en una riña de cantina. En ese entonces no era más que un simple pistolero del jefe de la plaza de Cuauhtémoc al servicio de la entonces poderosa familia de los Carrasco Mares, fundadores del cártel del Norte, afincados en Ciudad Juárez. Aunque era responsable de varias muertes, Santos sabía que aquella por la cual lo habían capturado era un trampa de su jefe quién había comenzado a temerle por su habilidad como sicario y su inteligencia para el negocio. Santos se hizo cargo de la investigación y rápidamente dio con el verdadero responsable logrando exculpar a Santana del cargo de homicidio. No obstante, su amigo no pudo darle las gracias pues tuvo que huir inmediatamente para evitar a sus enemigos. Con los conocimientos adquiridos en su paso por el cártel, logró organizar una pequeña red de tráfico de drogas y armas en la región suroeste del estado, adquiriendo la suficiente fuerza para mantenerse a salvo del asedio de sus antiguos jefes. Sin embargo, su oportunidad de vengarse vino cinco años atrás, cuando el presidente de la República declaró la guerra al crimen organizado. Chihuahua se llenó de efectivos del Ejército y la Policía Federal en una dura ofensiva contra el cártel del Norte. Santana se alió con José Gutiérrez, mejor conocido como El chato, líder del cártel del Este, y con su apoyo aprovechó el caos causado por la guerra del gobierno para dar caza uno a uno a los diferentes lugartenientes de los Carrasco Mares en el estado, acabando casi por completo con su organización. La otrora poderosa familia vio reducido su dominio a únicamente Ciudad Juárez. Santana se convirtió entonces en el operador principal del cártel del Este en la zona de Chihuahua y en consecuencia en el narcotraficante más poderoso del estado.
—¿Al fin te cansaste de ser un pinche saca borrachos y quieres ganar feria de a de veras? —preguntó el narco.
Cuando Santos fue dado de baja de la policía, dos años atrás, fue contactado por Santana. Le ofreció un puesto como pistolero de su escolta personal en retribución por el favor de sacarlo de la cárcel. Mondragón le agradeció la oferta pero la declinó alegando que prefería vivir comiendo frijoles a que lo enterraran lleno de oro. Santana aceptó el rechazo sin ofenderse y le aseguró que si alguna vez cambiaba de opinión o necesitaba un favor acudiera sin dudar a él.
—Claro que no, si soy como Patrick Swayze en El duro —bromeó Santos—. En realidad necesito otro tipo de paro.
—Pos tú dirás.
—Pues mira, me contrató un compa periodista. A su novia (que también es reportera) la levantaron la semana pasada —explicó Santos—. El güey no quiere saber ni quién fue ni porqué, nomás quiere que le devuelvan a la morra para poder enterrarla como Dios manda.
—¿Y crees que fue alguien de mi organización?
—No tengo idea, pero pos tú eres el que parte el queso y me imaginé que nada pasa sin que lo sepas.
Santana se apartó del caballo, meneó la cabeza mientras sonreía con cansancio.
—Sabes, desde que el presidente inició su pinche guerra a los narcos nos achacan todas las broncas que pasan en este país. Ya nomás falta que nos echen la culpa del terremoto de México o de que haga erupción el Popocatepetl —se quejó—. Todos piensan que si levantan y desaparecen a cualquier cabrón la orden viene de algún capo y que nada pasa sin que nosotros lo sepamos. ¡Ya quisiera! Me cae que ni Dios podría controlar ese pedo. Mira que le hago la lucha pero está cabrón. Hace dos meses levantaron a un lepe en Guachochi. Yo andaba por ahí y pues me encabronó que anduvieran levantando gente sin mi permiso. Mandé a mi gente para investigar y resultó que fueron otros escuincles los que hicieron el levantón para desquitarse porque a uno de ellos el morro que se quebraron le había tumbado la vieja. Y cómo ese hay un chingo de casos así.
Santos no dijo nada. Se limitó a poner cara de desconsuelo.
—Además, aunque mis hombres no vienen a pedirme permiso para cada cristiano que se van a echar, sí me avisan cuando van a quebrarse a un periodista porque por esos cabrones si hacen mucho pinche escándalo y no he autorizado la ejecución de alguno a últimas fechas.
—Entiendo.
—No soy detective ni nada pero en mi experiencia cuando matan a una vieja al primero que hay que preguntarle es al marido o al novio —opinó Santana
Santos lo escuchó pues sabía que tenía dos ex esposas en el panteón que no murieron de labor de parto, precisamente. Pensó en que había sido pendejo no pensar en eso antes. Cuando era policía aprendió que normalmente la solución más obvia era la correcta. Pero Santana tenía razón. Con tanta publicidad contra los narcos uno asumía que estaban detrás de absolutamente todos los crímenes. Era ilógico pensar que Agustín fuera el culpable pues era quien lo había contratado en primer lugar, pero tal vez hubiera algún otro pretendiente que no se hubiera quedado conforme con la decisión de Sarah Acosta.
Le agradeció a Gabriel Santana por su tiempo y se despidió de él pues debía regresar a Chihuahua para continuar con la investigación. Antes de irse el narco lo invitó a la boda de uno de sus ahijados que iba a celebrarse en ese mismo rancho el mes próximo. Santos prometió estar ahí.


3
En la casa de la señora Ruth Acosta no había absolutamente nada fuera del lugar. Todo estaba perfectamente ordenado, reluciente de limpio. Todo en su sitio. Todo excepto la señora Ruth Acosta. En aquel monumento al sentido de la proporción y el orden en el arte de la decoración, la dueña de la casa, con su aspecto desaliñado, ojerosa y de rostro demacrado por la pena, parecía absurdamente fuera de lugar. No encajaba con las figuras de cerámica de venados, los cuadros con bucólicos paisajes y los alegres colores de las paredes. Santos también se sentía ajeno a tan aséptico sitio, muy diferente a su polvoriento y desordenado hogar. Para colmo se moría por un cigarrillo. No pensaba fumarlo por respeto a la señora Acosta, desde luego, pero eso no evitaba que lo deseara. A cambio tenía una taza de un excelente café veracruzano que un hermano de la señora Acosta le había regalado. Lamentablemente Santos estaba demasiado habituado al barato café soluble y no pudo apreciar tan deliciosa bebida. Tras su visita a Gabriel Santana contactó a Agustín para pedirle datos sobre Sarah Acosta. Le explicó que su novia no fue secuestrada por sicarios y que era más probable que el responsable fuera alguien que la conocía. A Agustín no le convenció el nuevo enfoque de las pesquisas de su amigo pero no le quedó de otra que cooperar con él. Primero negó saber de algún ex novio o pretendiente que estuviera enojado con Sarah, para luego darle los datos de la madre. Así terminó en casa de aquella mujer de cincuenta y ocho años, madre soltera y maestra retirada, cuya única ocupación actual eran su casa y su hija.
            —Entonces… ¿es usted un detective privado? —quiso saber la señora Acosta cuando Santos le explicó el motivo de su visita.
            —Más o menos —dijo el aludido con una sonrisa.
            —Y lo contrató Agustín. Ese hombre es muy buena gente y se nota que quiere mucho a mi hija…
            Santos miró alarmado como los ojos de la mujer se le humedecían al recordar a su hija y su voz comenzaba a quebrarse. Nunca fue bueno para tratar con los familiares de las víctimas y si la señora Acosta rompía en llanto no tenía ni idea de cómo reaccionar. Tratando de evadir su mirada acongojada su vista vagó por la pequeña sala y se topó con algo que contrastaba con la decoración. Era un recorte de periódico enmarcado que colgaba en la pared. Le llamó la atención por ser una nota sobre la inauguración de un nuevo periférico en la zona sur de la ciudad por parte del Ingeniero Mauricio Covarrubias, Presidente Municipal de Chihuahua. Dicha ceremonia había tenido lugar un año antes y fue la primera de muchas más, motivo por el cual el Ing. Covarrubias (aficionado a invertir en infraestructura pública), era conocido como “el alcalde constructor”, uno de esos eslóganes que tanto gustan a los políticos con grandes ambiciones electorales.
            —Ese recorte es la primera nota que le publicaron a Sarah cuando el periódico donde trabaja sacó su versión impresa —explicó Ruth ante la muda pregunta de Santos—. Tiene un álbum lleno de ellos. Le tocaba cubrir los eventos del gobierno. Siempre quiso ser periodista, ¿sabe?
            —Señora Acosta —intervino Santos para evitar que se perdiera en divagaciones personales en las que no estaba interesado—. Puede ser que a su hija no la hayan secuestrado gente involucrada con el narco sino alguien que ella conocía. A lo mejor un ex novio o alguien así.
            El semblante de Ruth Acosta se ensombreció ante la conjetura de Mondragón.
            —Ahora que lo dice, hace como año y medio mi hija terminó con un muchacho muy problemático. Llegó a pegarle alguna vez e incluso una noche se apareció aquí de madrugada, ahogado de borracho, armando escándalo. Tuvimos que llamar a la policía; se lo llevaron y aunque Sarah no quería fuimos a averiguaciones previas y levantamos una denuncia contra él por acoso y agresión. Duró unos meses en la cárcel y desde entonces no volvimos a saber de él.
            La mente de Santos voló a toda velocidad imaginando a ese tipo consiguiendo un pasamontañas, una pistola, un cómplice y un vehículo con el cual poder ir y levantar a la vieja que no sólo lo dejó sino además fue la culpable de que terminara en el bote. Sí, la idea le gustaba. Inmediatamente preguntó por el nombre del susodicho.
            —Miguel Hurtado —informó la señora Acosta.


4
Santos detuvo el motor de su camioneta Ford Ranger setenta y nueve y miró hacia la casa frente a la cual se había estacionado. Era un cuartucho destartalado construido de tabiques de concreto, cuya desvaída pintura alguna vez fue azul y ahora de un indefinible tono claro con manchas de humedad y techado con lámina de zinc. La única ventana visible era protegida por una famélica reja de acero que parecía a punto de caerse y tras ésta no había ningún cristal. Únicamente una gruesa cortina de lana protegía el interior de las inclemencias de clima. A su derecha una vieja baranda pintada de un absurdo color turquesa obstruía el paso al interior de un pequeño y descuidado patio. Santos miró el papel que tenía a un lado sobre el asiento para comprobar la dirección: calle veintiocho número dos mil ochocientos dos, colonia San Jorge. Era correcto. Se apeó de su camioneta y caminó hacia la puerta de la baranda. No había cerradura ni candado, sólo un simple pasador que Santos descorrió para ingresar al interior del patio. Una vez dentro vio la puerta que daba al interior de la vivienda. Llamó con fuerza. Tras unos segundos la puerta se entreabrió y dejó ver a un hombre joven, de apariencia desaliñada, vestido con un short amarillo, guaraches de hule, y una playera blanca. Era Miguel Hurtado. Luego de su entrevista con la señora Acosta y ante su desconocimiento sobre el paradero de Hurtado, Santos recurrió a sus contactos dentro de la Fiscalía General del Estado para obtener su expediente. Resultó que el amigo Hurtado era toda una fichita. Además de la denuncia de las Acosta, había sido detenido en tres ocasiones anteriores. Una por agresión contra una mujer; otra por una riña de cantina y una más por conducir en estado de ebriedad, faltas a la autoridad y resistirse al arresto. En todas pudo salir bajo fianza y pagando indemnizaciones a los ofendidos. Con Sarah y Ruth Acosta le tocó un juez que no fue tan benigno y el tipo pasó ocho meses en la cárcel. Eso haría enojar a cualquiera.
            —¿Miguel Hurtado? —preguntó Santos por mera fórmula.
            —Sí —dijo con recelo el aludido.
            —Necesito hacerte unas preguntas sobre tu ex novia Sarah Acosta.
            —¿Eres policía?
            —No, mira…
            Pero no le dio tiempo de dar ninguna explicación y le cerró la puerta en las narices. Santos sintió que la sangre le hervía. Con que esas tenemos, ¿no, cabrón?, murmuró Mondragón. Regresó a su camioneta, sacó de la guantera una pistola Colt calibre cuarenta y cinco, se la fajó en el pantalón y regresó a la entrada de la casa. Como Hurtado no había querido cooperar por las buenas lo iba a hacer por las malas. Llamó de nuevo. Se escuchó en el interior un “¡Ah, cómo chingan!” y se oyeron pasos acercándose a la puerta. Cuando ésta se abrió fue el turno de Santos para no dar oportunidad a Hurtado de reaccionar. Empujó la puerta y al dueño de la casa, a quién acto seguido le descargó un derechazo que lo tumbó. Ya en el suelo lo pateó repetidas veces hasta que Hurtado se hizo un ovillo. Santos lo sujetó entonces del cabello con la mano izquierda, con la derecha tomó la pistola y se la puso contra la frente.
            —¿Ora sí vas a hablar, pendejo? —preguntó Santos en tono amenazante.
Pero Hurtado se había quedado petrificado por el miedo y miraba pasmado a Santos quién se enfadó aún más. Apretó con fuerza la culata de la pistola y le dio un salvaje golpe en la cabeza con el canto de ésta, provocándole una herida de la que comenzó a manar sangre de forma profusa. El agredido comenzó a sollozar tanto por el dolor como por el miedo.
—¡Más te vale que cantes, cabrón, si no quieres que te cargue la chingada! —amenazó Santos rabioso—. ¿Fuiste tú el que fue y levantó a Sarah Acosta la semana pasada?
El aludido siguió ignorando a Santos. Sólo chillaba de dolor y se sujetaba la herida de la cabeza.
—¡Contesta! —gritó Santos y disparó.
El balazo se impactó en el piso a un lado de Hurtado, quién se estremeció por el estruendo. Dejó de gimotear y por primera vez miró a su atacante. La sangre se había escurrido por su cara y se mezcló con los mocos y la saliva que salían de su nariz y boca respectivamente. Aún estaba aterrorizado pero Santos notó que había recuperado el suficiente dominio de sí para finalmente responder sus preguntas.
—Mira, hijo de la chingada, esta es una pinche cuarenta y cinco como la que traía Stallone en Cobra y si no me respondes pronto te puedo partir la jeta en dos de un tiro. Así que dime ¿fuiste tú el que fue y levantó a Sarah Acosta la semana pasada?
—No, no, no te lo juro por mi madrecita santa que yo no fui —respondió Hurtado tartamudeando—. A esa vieja no la he vuelto a ver desde que me metieron al bote.
No era lo que Santos quería escuchar. Lo pateó una vez más en las costillas y repitió la pregunta. Pero la respuesta fue la misma.
—¡Te lo juro, te lo juro, yo no le hice nada a esa vieja! —chilló Hurtado, retorciéndose del dolor en el suelo.
Percibió entonces un olor agrio y miró a la altura de la entrepierna del ex novio de Sarah. Tenía una mancha de humedad en los shorts y en el piso se había formado un pequeño charco. Hurtado comenzó nuevamente a llorar con fuerza y clamar por su inocencia. Santos había hecho suficientes interrogatorios de ese tipo para saber que Hurtado no mentía. Estaba aterrado y creía sinceramente que iban a matarlo. Si fuera culpable ya hubiera confesado.
Miró con desprecio al hombre tirado en el piso y lanzó un gruñido de irritación ante su fracaso. Se fajó la pistola, y se encaminó a la salida para marcharse pero se volvió ante los lloriqueos de Hurtado y lo pateó por última vez para descargar su frustración. Salió de la casa, se subió a su camioneta y se marchó de ahí.


5
La mezcla de ron con cola bajó con suavidad por la garganta de Santos, provocándole una sensación de cálida placidez en el estómago. Dejó el vaso vacío sobre la barra y llamó con una seña a Lola, la bartender, para que le sirviera otra cubalibre. Por ser entre semana, el bar se hallaba prácticamente vacío por lo que no necesitaba estar tan atento como en otras ocasiones y podía beber tranquilo. Eso, sin embargo, no había evitado que sacara a un cliente de forma algo violenta por ponerse pesado con una mesera. Aparte de maltratarlo un poco a la hora de someterlo lo había arrojado, literalmente, fuera del bar. No acostumbraba dar ese tipo de espectáculo pero aquel día había andado con un humor de perros desde su “entrevista” con Miguel Hurtado y se desquitó con aquel borracho. No era por haber tenido que darle una paliza al infeliz de Hurtado. Santos nunca disfrutó torturar sospechosos pero siempre lo consideró como parte del trabajo policial y nunca tuvo mayor problema con ello. Además, tomando en cuenta el historial de Hurtado sabía que fue una de cal por las que iban de arena. No, su malhumor se debía a que se había quedado sin opciones para continuar la investigación. Siempre quedaba que Santana le hubiera mentido y que sí había sido su gente la que desapareció a Sarah, pero lo creía improbable. Alguien como él no tenía necesidad de mentir y menos a un simple saca borrachos. Y tras descartar a Hurtado no quedaba nada más.
            —¿Se puede saber por qué andas con la marrana ensillada? —preguntó Lola al servirle la cubalibre.
            Era la única persona que se atrevía a hablarle así en el bar. El dueño era un viejo conocido que le dio trabajo como favor cuando lo despidieron de la policía y por lo mismo jamás lo trataba como empleado. En cuanto al resto del personal, le tenían pavor y apenas si le dirigían la palabra. Para Santos era mejor así. Nunca le había agradado la gente en general. Pero Lola era un caso especial. Su amistad inició cuando un ex novio (con el que Lola tuvo una tortuosa relación) se apareció por el bar a armar escándalo y llegó incluso a golpear a la bartender frente a todo mundo. Santos estaba lejos de ser un caballero pero le habían inculcado que un hombre de verdad no golpea a las mujeres, por lo que sacó al individuo en cuestión fuera del antro, le dio la golpiza de su vida y lo amenazó de muerte si volvía a molestar a Lola. A partir de ahí comenzaron a llevarse bien e incluso se fueron a la cama una vez. Pero fue tan raro para ambos que optaron por no repetir la experiencia y ser sólo amigos.
            —¿Quién dice que ando de malas? —dijo Santos con sequedad.
            —Tu pinche jeta de bulldog encabronado.
            Mondragón gruñó y le dio un trago a su bebida.
            —Me ando aventado una libre y me está costando más trabajo de lo que pensaba.
            —Te gustaba mucho ser chota, ¿verdad? —dijo de repente Lola, desconcertando a Santos.
            —¿Por qué dices eso?
            —Por esos jales extras que agarras a cada rato —explicó Lola—. De andar investigando cosas.
            —Es porque sin eso no libro la quincena.
            —Nel, cabrón, lo haces por gusto. Con tu experiencia ganarías más feria trabajando de guarura de algún empresario o alguna otra cagada grande. Pero en cambio estás aquí, jalando por unos pesos.
            Santos no respondió. Le dio otro sorbo a su cubalibre y se puso a analizar las palabras de Lola. Nunca lo había visto de aquella manera, pero era cierto. En verdad extrañaba el trabajo policiaco.
            —¿Y por qué te corrieron? —preguntó Lola ante el silencio de Santos.
            —Por pendejo.
            La bartender le miró desconcertada. Antes de continuar Santos sacó un cigarrillo de una cajetilla, lo encendió y tras un par de caladas miró de nuevo a Lola.
            —Cuando jalas de policía si te las quieres dar de recto no tienes mucho futuro ahí. Y es así porque los cabrones de arriba son los más chuecos y además son los que mandan. Si no te alineas te corren o terminas con un tiro en la espalda, según como les caigas. Yo me alineé para ahorrarme broncas, pues a final de cuentas hacerle al héroe no cambia nada, pues siempre hay alguien más dispuesto a hacer esa chamba  —Santos hizo una pausa para refrescarse la garganta con su bebida—. Hice todo lo que un policía debe hacer: di carpetazo a los casos incómodos por órdenes de los de arriba, le saqué confesiones a varios güeyes a punta de chingazos y a veces  le colgué algún milagrito a inocentes. De vez en cuando hasta aliviané raza de a de veras. Y tienes razón, aguanté todo eso porque me gustaba ser policía. Pero no por cargar pistola o para sacar provecho, sino porque me gustaba eso de andar como perro de presa cazando cabrones.
            Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Santos, que se quedó mirando  fijamente su vaso.
            —Y todo para que al final llegara un cabrón con su pinche papelito de licenciado por delante a decirme que soy un corrupto y que no tengo cabida en la “nueva policía” de Chihuahua. Como si los nuevos policías no se fueran a volver unos culeros iguales que yo. A final de cuentas los van a mandar los mismos pendejos que a mí — aplastó la colilla del cigarrillo en un cenicero cercano y bebió de un trago lo que quedaba de su cubalibre—. Por eso no me voy a jalar de guarura de algún cabrón rico ni me meto de sicario. Sería la misma chingadera. Ya vendí el alma una vez y no pienso hacer la misma pendejada dos veces.
            Se produjo un nuevo silencio. Lola tomó el vaso vacío de Santos y sin que éste le dijera nada le sirvió un nuevo cubalibre.
            —Pues está feo eso de ser policía.
            —No tanto como crees, tiene lo suyo.
            —No lo digo por eso. Sino porque me parece que ha de ser gente bien sola. Tú por ejemplo, todos en el bar te tienen miedo porque saben a qué te dedicabas antes y prefieren no arrimarse. Por lo mismo siempre andas como el perro.
            —Es mejor así. No les conviene acercarse.
            —No mames, Santos, te haces el malote pero en el fondo eres buena bestia.
            —Estás mal, mujer, soy una manzana podrida. Puede que por fuera tenga partes que todavía estén buenas pero por dentro estoy todo lleno de gusanos. Y el pedo con las manzanas podridas es que nomás sirven para podrir a las buenas.
            —Esos gusanos que traes dentro se llaman solitaria, pendejo, y se te quitan con medicina. 
            Ambos soltaron una carcajada por la broma. Cuando pararon de reír Lola cuestionó a Santos sobre el caso en el que trabajaba. Aunque no acostumbraba hablar de su trabajo con nadie, confiaba en Lola y además estaba lo suficientemente borracho como para mandar a la chingada la discreción. Le contó sobre Agustín y su petición de buscar a su novia Sarah, así como las circunstancias bajo las cuales desapareció. También le habló sobre sus pesquisas, aunque ahí no dio muchos detalles. Lola se quedó pensativa ante las revelaciones de Santos.
            —Y pues estoy bien atorado con este pedo.
            —Y dime, ¿no se te ha ocurrido pensar que a lo mejor sí la desaparecieron por algo que estaba escribiendo aunque no necesariamente tiene que ver con el narco? Digo, ni que nomás los narcos tuvieran trapos sucios y la feria para pagarle a un matón para que vaya y levante a alguien.
            Santos consideró esa posibilidad. Recordó entonces a Santana quejándose de que actualmente todo lo malo en México se lo achacaban a los narcos a pesar de que había bastante gente igual o peor que ellos. Él lo sabía mejor que nadie, no en vano había trabajado para unos cuantos cuando fue policía. Tendría que iniciar todo de nuevo y esta vez procurando deshacerse de toda idea preconcebida.

6
Detrás la puerta se encontraba una habitación pequeña, de muros color amarillo. Santos entró tras la señora Acosta y la recorrió lentamente con la mirada. Además de una cama con cabecera de madera pintada de blanco había un pequeño escritorio con una desordenada pila de papeles, libros, cuadernos y un pequeño televisor encima. Al otro lado del lecho se encontraba un closet empotrado en la pared del mismo tono claro que la cabecera. En las paredes colgaban pósters de bandas de rock y un insólito cuadro del Quijote pintado con aerógrafo. Era el cuarto de una muchacha que todavía tenía esperanzas en la vida. Santos se encaminó hacia el escritorio pues lucía como el lugar más prometedor para encontrar alguna pista. Mientras lo revisaba notó entonces que no había ninguna computadora en la habitación.
            —¿Su hija no tenía una computadora?
            —Sí, una portátil pero la traía cuando la… —guardó silencio, acongojada por el recuerdo del suceso.
            Santos no dijo nada y continuó con la inspección del escritorio de Sarah.
            —No sé si vaya a encontrar algo —dijo Ruth Acosta recobrando el dominio de sí misma—. A los dos días de que secuestraron a mi hija Agustín también vino a buscar pistas para ayudar a la policía pero no encontró mucho.
            Una leve sonrisa se apareció en el rostro de Mondragón. Así que después de todo Agustín si había intentando solucionar el caso él mismo. Pero supuso que como le ocurría a menudo al periodista había desistido a la primera señal de problemas. Dejó de lado esos pensamientos y se enfocó en buscar algún indicio sobre el reportaje que estaba escribiendo Sarah. Los papeles sueltos no tenían mayor interés y los cuadernos tampoco. Sólo había anotaciones sueltas que seguramente hacía en la cobertura de noticas. Lo único destacable fue un grueso álbum de recortes. Todos eran notas elogiosas escritas por Sarah donde cubría eventos del alcalde Covarrubias (inauguraciones de obras públicas en su mayoría). Lo hojeó por curiosidad, llamándole la atención el que casi al final sólo había fotografías de lugares en construcción y encerrado con marcador el logotipo de Constructora Santa Eulalia S.A. que aparecía en varias de las imágenes. ¿Por qué había señalado aquello? ¿Qué tenía de particular esa compañía?
            —Señora, ¿le habló su hija de esta empresa alguna vez? —quiso saber Santos.
            Ruth miró con atención la foto que le señaló durante unos segundos, pero al final negó con la cabeza. Aquella respuesta sólo consiguió intrigar todavía más a Santos. Tal vez era la pista que andaba buscando, motivo por el cual optó por llevarse el álbum consigo, no sin antes solicitar el permiso de la señora Acosta. Cuando se disponía a marcharse ésta lo detuvo.
            —Señor Mondragón, quiero que me responda algo con la verdad, ¿usted cree que mi hija todavía esté viva?
            Santos no respondió de inmediato. Puso una expresión sombría y miró a la mujer fijamente durante varios segundos.
            —No. Agustín me pagó para encontrar un cuerpo al que pudieran enterrar y llevar flores.
            —Gracias por la franqueza. 
            Sin esperar a que la dueña de la casa lo condujera a la salida, Santos abandonó la habitación. Cuando cruzaba la puerta que daba a la calle escuchó un leve sollozo.


7
El sol de las dos de la tarde caía inclemente sobre la multitud. Una gran concurrencia de vecinos de la colonia Mármol II revoloteaba entorno a la carpa bajo la cual se resguardaban el Ingeniero Covarrubias y su grupo de trabajo. Aquel numerito era uno de los programas más exitosos (en cuanto a publicidad más que a resultados) del Presidente Municipal. Cada semana acudía a una colonia distinta en la que atendía solicitudes de parte de los residentes. Normalmente éstas versaban sobre mejoras en los servicios públicos como alumbrado, agua potable y seguridad. El Ing. Covarrubias tomaba nota (o más bien, sus subordinados lo hacían) y se comprometía a satisfacer aquellas demandas.
            Santos observaba el campamento al otro lado de calle, desde el interior de su camioneta.  Bebía una coca-cola en lata para tratar de combatir el intenso calor que repentinamente había llegado a la ciudad. Aún faltaba una semana para el inicio oficial de la primavera pero las altas temperaturas ya se habían hecho presentes. Al igual que ocurría con las campañas políticas, el calor siempre iniciaba antes de tiempo.
            Recordó entonces la entrevista que sostuvo el día anterior. Santos no estaba muy familiarizado con la industria de la construcción por lo que acudió a su único conocido relacionado con dicho negocio. Ulises Cabral era el dueño de una exitosa compañía de distribución de material de construcción al que Santos conoció cuando el primero lo contrató para investigar al pretendiente incómodo de su hija y persuadirlo de desistir en su cortejo. Como era de esperarse el tipo resultó ser un vividor que ya llevaba un par de divorcios a cuestas de los cuales había sacado buenos réditos y al parecer planeaba que la señorita Cabral fuera su siguiente negocio. Santos simplemente lo confrontó y le explicó la situación: el insistir en buscar a la susodicha podría resultar perjudicial para su salud. El individuo en cuestión no necesitó oír más. A la semana siguiente se mudó de casa y hasta la fecha ni Ulises Cabral ni su hija volvieron a saber de él. El empresario, muy satisfecho, pagó a Santos generosamente los servicios prestados y le prometió ayudarlo en caso de que éste necesitara un favor.
            La oficina de Ulises Cabral era una estructura hecha de vigas de acero y tablaroca, montada en la parte alta de una inmensa bodega. Desde ahí el empresario podía dominar todos los movimientos de su negocio. Su interior tenía una decoración escasa, casi espartana. El mobiliario se componía de un sencillo escritorio de estructura de metal y superficie de madera, un par de butacas metálicas frente a éste, un sillón de dos plazas en la pared sur, y un dispensador de agua en el muro norte. En las paredes colgaban carteles publicitarios de los diferentes proveedores de la distribuidora y en el muro tras el escritorio, colocada de forma reverencial dentro de una pequeña vitrina,  una camiseta del club Cruz Azul usada en su último campeonato, autografiada por todo el equipo.
            El empresario invitó a Santos a tomar asiento. Ya sentado se sorprendió una vez más por el aspecto del Ulises Cabral. Rozaba los sesenta años pero lucía como si tuviera cuarenta. Llevaba rapado el poco cabello que le salía para aminorar el efecto envejecedor de la calvicie de la que era víctima desde los treinta años; bajo unas tenues cejas brillaban unos ojos grises sorprendentemente cálidos en contraste con la férrea estructura de su cráneo de guerrero turco. El señor Cabral era un hombre muy cuidadoso de su salud por lo que comía sanamente y hacía ejercicio de forma obsesiva. Hubiera encontrado intolerable el descuido de Santos hacia su propia persona de no ser por la eficiencia en los servicios prestados por el ex policía.
            —Y dígame, ¿este torneo es el bueno? —dijo Santos mirando la camiseta.
            —Este mero nos quitamos la malaria.
            —Pues quién sabe, tienen quince años diciendo lo mismo.
            —¿Y qué necesitas? —dijo Cabral evadiendo tan sensible tema—. ¿Necesitas un préstamo?
            —No, no, qué pasó, don Ulises. Más bien necesito algo de información sobre una constructora y como usted es una chucha cuerera en la materia pos vine a preguntarle.
            El empresario sonrió satisfecho con el halago.
            —Pos tú dirás.
            —¿Sabe quién es el dueño de una constructora llamada Santa Eulalia S.A.?
            Cabral sonrió divertido.
—Todos en este negocio sabemos de quién es esa compañía. Es de nuestro queridísimo Presidente Municipal.
Una expresión de seriedad apareció en el rostro de Santos. Vino a la mente la cantidad de recortes y fotografías que poblaban el álbum de Sarah Acosta dónde aparecía con recurrencia el logotipo de dicha constructora y comenzó a comprender por donde iba el reportaje en el que la joven reportera estaba trabajando.
—Esa constructora está encargada de un chingo de obras públicas —observó Santos ante la revelación.
—Sí, porque el cabrón de Covarrubias le dio todos los contratos a esa compañía.
—¿Y los de la cámara de la construcción no la hicieron de pedo?
—Pues no sé, la verdad. Además, la constructora está a nombre de un cuñado de Covarrubias (pero todos sabemos que no es más que un prestanombres) y en ese sentido no pueden acusarlo de nada si legalmente la compañía no es suya.
Santos comenzó a imaginar un escenario. Todos en la ciudad sabían que el cargo de alcalde de Covarrubias y su fijación por llevar a cambo obras públicas eran una simple precampaña para su verdadero objetivo: la gubernatura del estado. El ventilar que hacía uso de recursos públicos para favorecer a una empresa suya sin duda le anotaría bastantes negativos para dicho objetivo. No obstante, a Santos le parecía muy poco motivo para deshacerse de una reportera. Tal vez manchara su trayectoria pero no era nada que no se hubiera visto antes. Recordaba un alcalde que compró todo el parque vehicular de la presidencia municipal a un concesionario que era pariente suyo. Lo balconearon en los periódicos y aún así en la actualidad era diputado federal. La sociedad estaba tan habituada a la corrupción de la clase política que difícilmente se sorprendían por algo así. Tenía que haber algo más.
—¿Y no sabe si la constructora esa ha hecho alguna tranza más grave?
Cabral le miró con seriedad.
—¿Qué quieres saber realmente?
—Pos cualquier cochinada que hayan hecho, aunque sean chismes.
—Pues… no, la mera verdad no se me ocurre nada más de lo que te estoy contando. El cabrón es un pinche corrupto pero pues no me parece ni mejor ni peor que otros políticos.
Eso es lo que Santos temía.
Bebió el último trago de coca-cola y arrojó la lata por la ventana a la calle. Miró de nuevo hacia la carpa dónde se encontraba el Ingeniero Covarrubias. La gente lo rodeaba como si fuera una especie de Mago de Oz al que acudían buscando ver cumplido algún deseo, y tal como hacía aquel personaje, el Inge tendría alguna ingeniosa respuesta que lograra contentar a la muchedumbre sin delatar su falta de poderes mágicos. No tenía ninguna prueba de que el alcalde estuviera involucrado en la desaparición de Sarah, pero a Santos se le hacía mucha casualidad que cuando empezó a interesarse por su trabajo ésta desapareciera. Y al igual que pasaba con Santa Claus, Santos ya estaba demasiado viejo para creer en casualidades. Sarah se encargaba de cubrir los eventos públicos e imaginó que en alguna conferencia de prensa debió escuchar algún comentario indiscreto, un chisme, de esos que los políticos se les escapan con un sonrisa traviesa, de niño mal portado, esperando que nadie lo haya oído. Pero Sarah escuchó. Tan es así que probablemente su curiosidad periodística, quizá su ambición, debió impulsarla a comprobar aquel chisme. Y lo comprobó. Lo comprobó con tal certeza que alguien decidió quitarla de en medio. ¿Pero quién? Mauricio Covarrubias le parecía el mejor sospechoso, pero dada su posición le iba a resultar imposible interrogarlo al respecto. Además dudaba que el señor presidente se pusiera un pasamontañas y anduviera levantado gente por ahí. No, los tipos cómo él siempre tenían quién les hiciera la tarea.
Ese era el comandante Pardo.
Joel Pardo era un agente de la Policía Municipal que a lo largo de sus diez años de servicio acumuló una larga lista de malas evaluaciones por parte de sus superiores y otro tanto de quejas por parte de la ciudadanía. Todo esto se acabó en cuanto el Ingeniero Covarrubias llegó al poder. Desde entonces las evaluaciones sobre su desempeño eran excelentes y no había ninguna queja de él. Además, fue ascendido al poco tiempo a comandante y desde entonces era jefe de escoltas del señor presidente. Todo esto se lo había contado a Santos un amigo que tenía en la municipal. Pardo presumía constantemente su posición de privilegio a sus compañeros, lo cual le había ganado la enemistad de varios agentes de la corporación. Por ello le fue fácil que le contara lo que sabía sobre él. Al parecer estaba metido en varios negocios sucios (en pocas palabras, vender protección a varios grupos criminales), y su posición como incondicional de Covarrubias le resguardaba de cualquier peligro de investigación por parte de la Fiscalía General de Estado. Claro que esto no era de a gratis y Pardo debía hacerle favores a Covarrubias de vez en cuando. Favor con favor se paga. Así que Santos podía imaginarlo encapuchado y levantando cristianos.


8
Hacía viento. Un viento fuerte, seco, muy propio de marzo. Aún así Joel Pardo estaba bastante cómodo dentro de su Dodge Charger del año. El aire acondicionado mantenía la temperatura agradable y la música de banda a todo volumen evitaba que escuchara el desagradable sonido del ventarrón exterior golpeando contra la carrocería del vehículo. Se sentía contento. Unas horas antes el Ingeniero Covarrubias lo había llamado a su despacho para anunciarle que el señor gobernador lo había elegido como candidato del partido para las siguientes elecciones. Faltaban todavía cuatro años para eso, claro, pero si de algo les había servido la experiencia de la actual campaña presidencial es que lo mejor era ir preparándolo todo con antelación. El Ingeniero gozaba ya de bastante popularidad gracias a sus obras y a un carisma poco habitual en los políticos. Sin duda era la mejor opción. Y él, como su mano derecha, también obtendría buenos beneficios. La jefatura de la Policía Municipal o hasta un puesto importante en la Fiscalía. Sí, su futuro pintaba bien. Recordó a su padre. Un simple soldador que no robó un peso en toda su vida. Por ello también fue pobre durante toda ella. Joel nunca lo entendió. Su padre sólo aspiró a tener casa, un plato de frijoles en la mesa cada día, poder pagarles a él y a sus dos hermanos la escuela para que aprendiera a leer, escribir y hacer cuentas “pa’ que nadie los hiciera tarugos”. Decía que él no sabría qué hacer con mucho dinero. “Pues comprar muchas cosas”, le había respondido alguna vez Joel a lo que su padre le respondió: “¿Y luego qué hago con esas cosas?”. Y se acabó la conversación. Sus dos hermanos aprendieron el oficio de su padre y se hicieron cargo del taller cuando éste murió. Joel no, él quería más. Aconsejado por un amigo del barrio se metió a la academia de la Policía Municipal, donde según éste “se podía ganar buena feria si te ponías listo”. Así inicio su carrera como agente. Al principio no le fue tan bien porque buena parte del dinero que sacaba de las mordidas tenía que entregarlo a sus superiores en concepto de “derecho de piso”. No fue sino hasta que conoció al Ingeniero que su suerte cambió. Un empresario con muchos billetes y ganas de obtener más. Era el tipo de gente que le gustaba a Joel. Cuando se metió a la política, primero de diputado local, fue cuando comenzó a hacerle “favores”. Básicamente mantener sus manos limpias ensuciándose él las suyas. Hizo de todo un poco para mantenerlo inmaculado. Lo que nunca le gustó fue quebrarse cristianos pero tuvo que, esperando que el Inge lo compensara cuando subiera él también. Y así fue. Una vez electo él ascendió a comandante. Mejor sueldo, mejor automóvil y con el poder que obtuvo con su nuevo puesto logró hacer buenos negocios con varios narcos que le reportaron buenas ganancias. Suficientes como para comprarse aquel deportivo en el que viajaba ahora. Deseó que su padre viviera para enseñárselo y gritarle en la cara: “¡Para esto sirve el dinero, pinche ruco!”.
            Sonrió. Por primera vez en su vida tenía el mundo al alcance de su mano. O casi, pues aún tenía que hacer trabajos sucios de vez en cuando y debía hacerlos personalmente. Al Ingeniero no le gustaba que otros supieran sus secretos. Joel sabía que seguía siendo un simple matón a sus órdenes. Pero eso cambiaría en cuanto el Inge fuera gobernador. Entonces él sería su propio patrón.
            Estacionó el vehículo en la estrecha cochera de su casa de Infonavit. Era una de esas diminutas viviendas hechas en serie que habían comenzado a pulular por todo Chihuahua desde hacía unos años. Pese a que ya tenía la posibilidad de comprar una mejor y más grande se había resistido a hacerlo. Le parecía bien como casa de un soltero y no pensaba cambiarla hasta que encontrara a la mujer ideal para esposa. Sus compañeros de la policía se burlaban de él por esa postura anticuada, pero no le importaba. Así lo habían educado y así es como iba a ser (claro que eso no evitaba que se echara una cana al aire de vez en cuando). Se encaminó a la entrada de su casa tarareando No soy monedita de oro alegremente. Metió la llave en el picaporte y en eso sintió un fuerte dolor en la nuca. Después sólo hubo oscuridad.
            Despertó con la cabeza punzándole. Intentó levantarse de donde se encontraba y descubrió que estaba inmovilizado. Atado a una silla de su cocina con una gruesa cinta gris del tipo utilizado como aislante para tuberías. En la habitación reinaba una oscuridad densa, amenazante. La única fuente de claridad provenía de la ventana que daba a la calle, a través de la cual entraba una luz opaca, fría. Un débil residuo del alumbrado público. Sintió entonces que no estaba sólo en aquella habitación. Un escalofrío descendió por su espalda. Su estomagó se encogió. Comenzó a temblar. Escuchó el sonido de su corazón. Latía despacio. Pero era imposible, pues el pecho estaba por estallarle. No eran latidos lo que oía. Eran pasos. Pasos suaves, lentos, acercándose inexorables. Distinguió por fin una gruesa silueta en el claroscuro de la habitación.
            Santos contempló a Pardo con satisfacción. A pesar de la escasa iluminación supo que estaba aterrorizado. Era así como lo necesitaba para empezar el interrogatorio. Encendió un cigarrillo y lo contempló durante un minuto más en absoluto silencio. Eso lo haría sudar frío otro poco. Una vez consumido el tabaco Santos lo dejó caer al piso y lo aplastó con la suela de su bota. Luego, sacó su cuarenta y cinco y se acercó para que Pardo pudiera distinguir el arma.
            —¿Quién te mandó? —dijo finalmente el policía tratando de sonar calmado sin conseguirlo.
            —Eso no te importa, cabrón. Yo nomás vine a que me cantes un buen son y si me gusta chance y la libres esta vez.
            Santos percibió como la pierna de Pardo comenzó a temblar ligeramente. Se esforzaba, pero no podía ocultar que se estaba cagando del miedo.
            —¿Qué quieres? —dijo ahora sí en tono asustado.
            Santos sonrió.
            —Así me gusta, cabrón. Lo que quiero saber es si conoces a una reportera llamada Sarah Acosta.
            Hubo un momento de vacilación.
            —No… no la conozco.
            El cañón de la cuarenta y cinco se clavó en la entrepierna de Pardo. Le siguió el perturbador clic del martillo de la pistola.
            —Otra vez. ¿Conoces a Sarah Acosta?
            —No —respondió estaba vez con un poco más de convicción.
            El estruendo calibre cuarenta y cinco resonó por todo el lugar opacando al de la madera despedazándose. Un gran agujero se había formado en la silla justo frente la entrepierna de Pardo. Un denso olor a pólvora se esparció por el cuarto. El cañón de la pistola descansó una vez más sobre los testículos del policía.
            —La próxima te quedas sin hijos, pendejo. ¡Así que contesta!
            —¡Vete a la verga! —exclamó Pardo—. No lo vas a hacer, no tienes los güevos. No eres sicario, eres un pinche ministerial, ¿verdad?
            Furioso, Santos le descargó un cachazo en la cabeza y se apartó de él. La había regado. Se había dejado llevar por la costumbre y había actuado como cuando aún era judicial (o ministerial, como le llamaban ahora). Pardo era un hijo de la chingada metido en toda clase de chingaderas sucias y sabía la diferencia entre un policía y un sicario, por poca que fuera. Bueno, pendejo, entonces vamos hacerlo al modo como me enseñaron en la judicial, se dijo. Se fajó la pistola, tomó el rollo de cinta aislante, cortó un pedazo y se lo puso en la boca a Pardo a modo de mordaza. Fue a la cocina y buscó en la alacena algo para preparar una vieja receta. Encontró una botella de salsa Valentina a la mitad y una lata grande de chiles curtidos. Los tomó. Después buscó un vaso grande y una vez localizado vertió todo el contenido de la botella en su interior. A continuación le hizo un pequeño orificio a la lata de chiles y drenó el líquido también en el vaso. Lo mezcló con una cuchara hasta que adquirió un tono oscuro. Pero aún era muy poco. Abrió el refrigerador y encontró lo que buscaba: una bolsa con limones. Partió los quince que había, lentamente y procurando hacer el mayor ruido posible para que Pardo lo escuchara y se pusiera nervioso. Exprimió las mitades en la mezcla y una vez concluida la operación de nuevo mezcló todo. El resultado era poco menos de un vaso de su particular suero de la verdad.
            Regresó a la sala donde había dejado a su prisionero. Encontró la silla volcada en el piso pero Pardo seguía atada a ella. Lo escuchó tratando de escapar mientras estaba ocupado en la cocina pero no se preocupó pues lo había atado muy bien y no había nada filoso cerca que pudiera servirle. Levantó al policía y le acercó el vaso a la nariz para que pudiese olerlo.
            —¿A poco no huele bien rico, cabrón?
            Y sin darle tiempo de reaccionar tiró del cabello de su nuca y vertió buena parte del líquido sobre las fosas nasales de Pardo. Éste se retorció en cuanto aquel caldo picante entró a su sistema respiratorio y lanzó un gemido ahogado por la mordaza. Santos le soltó el cabello y le permitió que inclinara su cabeza para tratar de expulsar el líquido que le quemaba las narices.
            —¿Ora sí vas a hablar o quieres otro trago?
            Pardo agitó la cabeza violentamente en señal afirmativa. Santos sonrió. Su suero de la verdad nunca le fallaba. Dejó el vaso sobre el piso y arrancó la mordaza de los labios del policía, quién lanzó un quejido de dolor por la rudeza de la operación.
            —Tan grandote y tan rajado —se burló Mondragón—. Ora sí, dime si fuiste tú quién levantó a Sarah Acosta hace dos semanas.
            —Sí, fui yo.
            —¿Y dónde quedó ella?
            Pardo no respondió. Santos le dio una fuerte bofetada.
            —¡Contesta, pendejo!
            —La dejé en un ranchito abandonado que hay cerca de la carretera a Juárez.
            Era todo lo que Santos necesitaba saber. Era para lo que le habían pagado. No necesitaba nada más.
No obstante…
—¿Por qué te la quebraste?
El policía le dirigió una mirada de desconcierto antes de responder.
—La cabrona se estaba metiendo donde no debía.
—¿En qué?
—No te conviene saberlo, sino vas a acabar en un hoyo igual que ella.
Santos le asestó un fuerte golpe en el estómago.
—Que eso te valga madre, responde mi pinche pregunta.
—La güey estaba investigando las obras públicas que había hecho la constructora de mi patrón. Siendo Presidente Municipal logró que todos los contratos buenos se los dieran a su empresa y dejó uno que otro de los pichurrientos para las otras constructoras. Ella se dio cuenta y comenzó a revisar los papeles de las licitaciones. No sé cómo le hizo pero no sólo averiguó eso sino también que los presupuestos de las obras estaban inflados y que todo ese dinero se había desaparecido del erario público.
—Y terminó en la cuenta de banco de Covarrubias, ¿no?
Pardo no dijo nada pero su expresión fue bastante elocuente. Con la cantidad de obras realizadas en los dos años de administración del Inge el faltante debía ascender a millones de pesos. Eso, ciertamente, era un buen motivo para matar. Si tal información salía a la luz pública el alcalde sería objeto de un proceso por peculado que no sólo le podría costar su carrera política sino también terminar en la cárcel. Eso claro, suponiendo que hubiera pruebas. Sí Covarrubias envió a Pardo tras Sarah debía haberlas.
—¿Y las pruebas de todo esto?
—Yo las tengo —dijo con una sonrisa maliciosa—. Hagamos un trato. Yo te doy lo que tengo y tú me dejas largarme, ¿estamos?
Santos lo miró fijamente, con frialdad.
—¿Dónde están las pruebas?
La sonrisa de Pardo se acentuó por el implícito acuerdo. Le indicó que estaba en su recámara, al fondo. Todo estaba en la laptop de Sarah que había obtenido cuando la secuestró. Santos se encaminó al sitio señalado y no le costó dar con la computadora portátil. Estaba a simple vista sobre un escritorio. La tomó y regresó con Pardo.
—¿Esto es todo?
Pardo asintió. Pero Santos no estaba conforme.
—¿Cómo sabes que no había nada más en otra parte, como en la casa de la reportera.
—Porque la revisamos.
Mondragón se quedó mirando pensativo el aparato que sostenía en las manos.
—¿Estamos a mano? —dijo esperanzado el policía ante el repentino mutismo de su captor.  
—Nel, cabrón. No hasta que me lleves a donde enterraste a la morra. No vaya a ser que me vendieras gato por liebre.


9
El Charger se deslizaba en forma agitada por un destartalo camino de terracería. Era una noche sin luna y sin estrellas. Lo único que se podía apreciar del paisaje era hasta donde alcanzaban a iluminar los faros delanteros. El resto era sólo oscuridad. Pardo conducía y Santos viajaba en el asiento trasero, pistola en mano, atento a cualquier movimiento sospechoso de su rehén. Todo el trayecto los dos se mantuvieron en silencio. Fue Pardo quien finalmente se atrevió a romperlo.
            —¿Quién te mandó a hacer esto?
            —Cállate y sigue manejando.
            —Fue el cabrón del Fiscal General, ¿verdad? —conjeturó Pardo—. También quiere ser gobernador pero no tiene chance frente al Ingeniero. Por eso mandó a un pinche ministerial para chingárselo, ¿no?
            Santos no se molestó en responder. Le daba igual lo que pensara el policía. Miró de reojo la laptop que estaba sobre el asiento a su lado. Se preguntó el porqué la había tomado. Ya no era agente, no estaba investigando el asesinato de Sarah. Sólo buscaba un cuerpo para enterrarlo. ¿Qué pensaba hacer con la información contenida en el aparato? Cuanto más lo pensaba más pendejo se sentía. Sonrió con tristeza y se acordó de Lola y de la conversación que tuvo con ella días atrás. Era su naturaleza. Al estar cerca de un rastro se había limitado a seguirlo sin pensar, por instinto. Era un perro de presa, es lo que había sido y seguiría siendo. Siempre.
            —¿Qué no piensas responderme?
            —Nomás soy un pinche saca borrachos.
            Pardo se dio por vencido y se concentró en conducir. Unos minutos más tarde llegaron finalmente a una derruida construcción de adobe. El policía dirigió el automóvil hacia un costado del ruinoso edificio, se detuvo pero dejó las luces encendidas. Éstas proyectaban el haz luminoso hacia un pequeño montículo de tierra formado a unos metros frente a ellos. Santos conjeturó que ahí debía estar enterrada Sarah. Bajó primero del Charger y se apartó para que Pardo no tuviera oportunidad de atacarlo. Una vez fuera le ordenó que sacara una pala que traía en la cajuela del auto y pusiera manos a la obra.
            Pardo cavaba afanosamente mientras era vigilado a la distancia por Santos. Mientras fumaba contempló de reojo lo poco que se alcanzaba a apreciar del lugar. Era un paraje desolado que en otro tiempo probablemente fue una granja agrícola. Pero con la sequía que llevaba años en el estado de seguro había sido abandonada por sus dueños quienes partieron hacia otro lugar donde pudieran obtener el sustento necesario. Todo aquello eran los restos de un México que había muerto muchos años atrás.
            La voz de Pardo lo sacó de sus cavilaciones. Finalmente había terminado la exhumación. Santos se acercó y miró el cuerpo corrupto. Poco tenía que ver con la joven mujer de las fotografías que había visto. Ordenó a Pardo envolverla en varias bolsas de basura y que lo guardara en la cajuela del vehículo. Una vez hecho esto el policía se encaminó al interior de éste pero fue detenido por Santos.
            —No tan rápido, cabrón.
            Pardo lo miró alarmado.
            —No mames, güey, tenemos un trato.
            —Yo nunca te dije que lo aceptaba.
            Una expresión de puro terror se hizo presente en la faz de Pardo. Comprendió que Santos iba matarlo. Desesperado cayó de rodillas y estalló en lágrimas. Gritaba y chillaba a todo pulmón, suplicando. Suplicaba que le perdonara la vida. Apelaba a Dios, y a la Virgen. Santos contempló el patético espectáculo con una mirada fría y una mueca de desprecio. Hizo un disparo al aire y ordenó a Pardo que se levantara del suelo. Este al principio se negó pero tras un puntapié en el rostro accedió. Una vez de pie Santos apuntó su cuarenta y cinco y le dio un tiro en la pierna derecha, un poco arriba de la rodilla. Pardo cayó, gritando de dolor. Santos se fajó la pistola, subió al Charger y se marchó de ahí.
            No tenía nada contra Joel Pardo. No lo juzgaba por su modo de vida pues no había mucha diferencia entre ellos. Ambos habían jugado el mismo juego. Sólo que Pardo lo había hecho para ganar y Santos para no perder. Pensaba matarlo sólo por mero pragmatismo. Si lo dejaba con vida seguramente intentaría vengarse y no quería tener que estarse cuidando las espaldas. Además pondría en peligro a Agustín. Lo que de ninguna manera toleraba Santos era la cobardía. Su intención era una ejecución limpia y rápida de un tiro en la frente. Pero luego de verlo suplicar así cambió de idea. Dudaba mucho que él hubiera tenido compasión de Sarah. Le había dado un tiro en la zona donde se hallaba la arteria femoral. Eso le provocaría una hemorragia importante y en el sitio donde lo abandonó tendría que caminar como mínimo veinte kilómetros antes de encontrarse con alguien que pudiera brindarle auxilio. Moriría desagrado mucho antes de eso, experimentando una dolorosa agonía.


10
Era una tarde triste. Hacía un cielo esplendoroso, azul. Un cielo de juguete. El sol brillaba con acariciante calidez. No achicharraba como era costumbre en aquella ciudad. No obstante, era un día triste. De una tristeza casi palpable en el aire. En esa tenue brisa de primavera cargada de ecos invernales. Por eso no era sorpresivo que uno que otro de los concurrentes trajera camisa de manga larga o incluso una chaqueta ligera. De riguroso color negro, desde luego. Un grupo reunido en torno a Sarah Acosta. Era la despedida. Santos contemplaba el ritual a lo lejos, oculto entre tumbas desgastadas cuyos habitantes sólo eran viejos recuerdos o quizá ya ni eso. También estaba ahí para rendir un último homenaje a Sarah, pero no deseaba ser parte de aquel protocolo absurdo. Además de Ruth Acosta y sus familiares, estaba Agustín y con él un sinfín de reporteros e incluso algunos representantes del gobierno. El sepelio era todo un acontecimiento. El cuerpo de Sarah fue localizado en la cajuela de un automóvil estacionado en pleno centro de la ciudad gracias a una denuncia anónima. Tras la identificación de la víctima se levantó un gran revuelo entre el gremio periodístico. Los comunicadores alzaron la voz clamando justicia por otro atentado más contra la labor informativa y el derecho humano de la libertad de expresión. El reclamo tuvo ecos a nivel nacional y durante una semana no se habló de otra cosa en los medios que del brutal asesinato de Sarah y de la terrible situación de los periodistas en el país. El gobierno prometió una investigación exhaustiva del caso y una resolución satisfactoria. Sus promesas fueron tomadas con escepticismo e incluso indiferencia. Nadie esperaba que el caso se resolviera, ni siquiera los que más clamaban por ello. Santos sonrió irónico y se encaminó hacia la salida del panteón municipal. Se preguntaba quién reclamaría justicia por Joel Pardo (en cuya desaparición nadie parecía haber reparado), o por las más de cincuenta mil muertes de los últimos cinco años, tal y como ahora el país entero (y algunos extranjeros), la exigía para una muchacha sobre la cual no sabían nada además de que era periodista. 


11
La lenta rotación de las aspas del ventilador de techo hacía caer una leve brisa sobre el rostro de Agustín Carmona. Le gustaba mirar aquel movimiento giratorio. Le hacía sentir que todo avanzaba, que nada se quedaba quieto. Esos pensamientos le ayudaban a concentrarse. Tan absorto estaba en ello que no reparó cuando su secretaria entró en la habitación, sobresaltándolo. La joven se disculpó y explicó que como no atendía su teléfono entró en persona para asegurarse que seguía en la oficina, además de informarle que una persona quería verlo. ¿De quién se trata?, quiso saber Agustín. No dijo su nombre pero dijo que era amigo suyo, explicó la secretaria. Agustín comprendió quién era su visitante y pidió que lo hiciera pasar.
            Santos ingresó a su oficina con paso cauteloso, de fiera en alerta. Agustín sabía que siempre actuaba de aquella manera cuando se hallaba en un territorio desconocido para él. Le invitó a tomar asiento y le ofreció algo de tomar. Rechazó la oferta de bebida pero pidió un cenicero. Agustín no fumaba por lo que le tendió un vaso de unicel dónde había tomado café para que lo usara como sustituto. Mientras encendía un cigarrillo el periodista sacó un sobre de un cajón de su escritorio y lo deslizó hacia Santos. Éste lo abrió e hizo un conteo rápido del dinero en su interior. Era diez mil pesos. Sin mayor ceremonia lo guardó en el bolsillo de su camisa. Dio una calada al tabaco, miró a Agustín y sonrió.
            —Supongo que así acaba este asunto —dijo Agustín.
            —Supongo.
            Pero el ex policía seguía sentado frente a Agustín, fumando sin moverse y mirándolo fijamente. Aquella actitud lo ponía nervioso.
            —¿Pasa algo?
            —¿No te gustaría saber por qué mataron a tu novia?
            El periodista frunció el ceño.
            —Te dije cuando te contraté que no me interesaba saber eso. Sólo quería…
            —Sí, sí, ya sé, “darle una sepultura digna” a Sarah —lo interrumpió Santos en tono irónico. Después adquirió una expresión dura—. Pero son puras pinches mentiras. No querías saberlo porque tú ya sabías quién la mató, ¿verdad?
            —No sé de qué hablas… —dijo Agustín poniéndose pálido.
            —No te hagas pendejo y no me trates a mí como si lo fuera, cabrón.
            Agustín bajó la mirada, aceptando la acusación de Santos.
            —¿Cómo lo supiste?
            —Pos muy fácil. Luego de descartar al narco y al ex novio de Sarah, volví a empezar todo de nuevo y regresé a su casa para revisar sus cosas a ver si hallaba algo sobre el reportaje del que te habló y me encontré con un álbum de recortes muy curioso, además me enteré que tú habías ido ahí a “buscar pistas”. Eso me hizo sospechar. Sobre todo cuando al revisar el álbum descubrí que eran puras notas sobre las obras del alcalde Covarrubias y fotografías de construcciones de una compañía llamada Constructora Santa Eulalia S.A., que resultó ser propiedad del señor presidente. Hice unas preguntas por ahí y averigüe que el Inge ha hecho varias tranzas  y entonces estuve seguro de mis sospechas. No me podía creer que siendo su novio y además su jefe no te contara lo que había averiguado: que Covarrubias por medio de los contratos que le dio a su constructora se había clavado un chingo de feria, algo así como cien millones de pesos al alterar los presupuestos. Si eso salía a luz el Inge podía irse despidiendo de la candidatura a gobernador y eso no te convenía, ¿verdad? Porque todo mundo sabe que el dinero para crear tu periódico salió de su partido y a cambio tú les echabas flores a todo lo que hicieran bien y los defendías cuando la regaran. Por eso, cuando Sarah te salió con esa chingadera de sacar un reportaje que podía joder a tus patrones hiciste lo que siempre haces cuando tienes una bronca: en vez de encargarte de arreglarlo tú le pusiste dedo a la pobre cabrona y ellos se encargaron. Dime una cosa, ¿el ir a su casa a asegurarte de que no hubiera más pruebas fue idea tuya o de ellos?
            Agustín no respondió. Tenía la cara oculta entre sus manos por lo que Santos no supo cuál era su reacción a sus palabras. Continuó.
            —Como nunca has tenido ni madre de güevos me imagino que te debió de entrar el remordimiento y decidiste averiguar dónde había quedado tu novia para así enterrarla y calmar tu consciencia. Fue por eso que me buscaste, para hacer tu pinche trabajo sucio. Porque fuiste demasiado culo para ir y preguntarle a Covarrubias donde había tirado a tu morra  —agregó Santos con resentimiento.
            —¡No, no, no! —respondió Agustín moviendo la cabeza con vehemencia—. No fue así como sucedieron las cosas. Cuando Sarah me contó lo que quería hacer me negué y le dije que jamás publicaría su reportaje. Se encabronó y me dijo que si no lo hacía iría a cualquier otro periódico que no le hubiera vendido las nalgas al sistema. La conocía y sabía que era lo suficientemente terca y pendeja para hacerlo. Llamé a Covarrubias y le expliqué la situación. Le pedí que usara sus contactos para que bloquearan a Sarah y que no pudiera sacar ese reportaje. Nunca me imaginé que ese hijo de la chingada…
            Sus ojos se humedecieron. Se los secó con los dedos índice y pulgar derechos. Luego miró a Santos con expresión cansada.
            —Después de la desaparición de Sarah supe que era cosa de Covarrubias pero no podía ir y reclamarle o siquiera preguntarle dónde estaba. Él jamás admitiría nada. Por eso fui a casa de Sarah para asegurarme que no hubiera nada y así prevenir que le hiciera algo a la señora Acosta. Luego fue cuando fui a verte.
            Las manos le temblaban y sus labios se habían resecado. Santos lo contempló con expresión impasible.
            —No mames, Agustín, ¿la neta fuiste tan pendejo para creer que no le iba a pasar nada a tu morra luego de que la echaste de cabeza con Covarrubias? ¿Llevas veinte años de periodista y todavía no sabes cómo se las gastan esos cabrones?
            Santos tenía ganas de reír. A veces le sorprendía lo ingenua que podía ser la gente. Le dedicó a su amigo una mirada compasiva y se puso de pie listo para marcharse. Cuando estaba por dar media vuelta Agustín lo detuvo.
            —¿Qué vas a hacer con todo lo que sabes?
            —Nada.
            El periodista lo miró perplejo. Aquella respuesta no lo satisfacía. Santos sonrió en forma socarrona. Tenía que reconocerle a su amigo que al menos lo conocía lo suficiente como para saber que él siempre regresaba el chingazo aunque al final siempre perdiera la pelea.
            —¿Qué fue lo que hiciste? —preguntó Agustín luego de una larga pausa.
            —Cuando le saqué el paradero de Sarah al pinche achichincle de Covarrubias, el cabrón también me dio la laptop dónde tenía todas las pruebas de las tranzas del señor presidente. Me imagino que el güey la guardó por si un día su patrón se quería pasar de vivo con él (es lo que yo hubiera hecho).
            —¿Y qué hiciste con esas pruebas? ¿Las llevaste a la policía?
            —¿Estás pendejo? Eso no habría servido de nada. El fiscal general es del mismo partido que Covarrubias y nunca hubiera iniciado un proceso contra él. Lo único que haría es tapar el asunto. Y pues hubiera sido muy pendejo de mi parte ir a los medios viendo lo que he visto, ¿no crees? Así que le di esa información a los únicos cabrones que sé que la usarán para chingarse al Inge.
            —Los llevaste con los del Partido Nacional —concluyó Agustín.
            —Claro, esos güeyes no tienen ningún chance de ganarle a Covarrubias en las próximas elecciones pero con lo que les di pueden obligarlo a que se haga un lado y no se postule y con eso casi, casi tienen la gubernatura en la bolsa.
            —¿Y qué ganas con eso? Como si los del Nacional no fueran igual o peor de culeros que Covarrubias.
            —Yo no gano nada, nadie gana nada. Pero estoy hasta la chingada de los cabrones como Covarrubias. Esos cabrones se creen intocables nomás porque se sientan detrás de un pinche escritorio en el palacio de gobierno. Se chingan igual a los que nos alineamos como a los que no. Todo lo que estuve en la policía conocí a muchos güeyes así y siempre tuve ganas de meterles un plomazo por culeros, porque somos los cabrones de abajo, los que nos chingamos ya sea jalando en la calles como yo o los que jalan en un escritorio, a los que siempre nos tocan los chingazos de la gente que ellos se joden. ¿Y sabes por qué nunca lo hice? Porque eso no les dolería tanto. No, lo que de verdad les duele a esos hijos de su pinche madre es que les chingues el poder. Y eso es exactamente lo que hice, darle donde sí le va a doler —Santos sonrió con amargura—. Por eso fui al funeral de tu morra. No porque me conmoviera su muerte ni todas esas mamadas que han escrito sobre el trabajo de periodista. Lo hice porque la cabrona tuvo los güevos de no ser una agachada como tú y yo. Nomás por eso tiene mis respetos.
Agustín no dijo nada. Santos se encaminó a la puerta pero nuevamente fue detenido por el periodista cuando estaba por cruzar el umbral.
—¿Y yo? ¿A mí no vas hacerme nada luego de que te usé como lo hice?
—No.
—¿Por qué?
—Por dos razones. Primero, sí pensé en venir y meterte un tiro en la cabeza pero para eso habría tenido que ser mejor persona que tú —Santos sonrió con tristeza—. Pero los dos sabemos que no es así.
—¿Y la segunda?
—Porque eres mi compa.
Santos dio media vuelta y se marchó de ahí.  Afuera el ocaso caía sobre las calles de Chihuahua. Los peatones que deambulaban por las banquetas aceleraban el paso hacia el sitio donde habían estacionado sus autos o se encaminaban a la parada del autobús. Era el final de la jornada para todos ellos. Santos encendió un cigarrillo y se quedó mirando a la gente pasar. Ni una sola persona pareció reparar en él. Sonrió. Arrojó la colilla de su cigarrillo al suelo, la aplastó con la suela de su bota y se alejó caminando hasta perderse entre la gente.

Chihuahua, Chih., México. 20 de mayo de 2012.