lunes, 27 de diciembre de 2010

Detective


El detective bebió un sorbo de su copa de Borbón. Había quedado de verse con su cliente en aquel cuchitril que tenía la osadía de autonombrarse bar. Pero le gustaba aquel lugar para tratos mercantiles, por su impersonalidad y porque sabía que su sórdido aspecto disuadiría a cualquiera de sus clientes de volver, lo que le evitaba riesgos de toparse con ellos en el futuro. Eran más de las once, comprobó mirando su reloj. Habían quedado a las diez. Sacó del sobre color manila las fotografías que había tomado y eran la prueba de que la esposa de su cliente era infiel. Bebió el resto de Borbón. Se acobardó, pensó para sí. Ya le había pasado antes. Muchos esposos contrataban detectives privados para averiguar si su esposa les era infiel, y él no entendía muy bien por qué. Ellos podrían averiguarlo gratis poniendo un poco de atención. Pero preferían pagar a un extraño que hacerlo ellos mismos. Era más fácil ya que la mayoría no quería saberlo realmente y cuando llegaba con las pruebas… se enfadaban como si él fuera el que se acostaba con su esposa. Otros, los más cobardes, simplemente no se presentaban.
                Los detectives privados somos los termómetros de la moral establecida… había escrito Manuel Vásquez Montalbán. Era cierto en parte ya que siempre les tocaba el trabajo sucio. Pero también se consideraba así mismo un humanista, como un poeta o un filósofo. Compartía con ellos la búsqueda de la verdad. Sólo que él no lo hacía a través de las bellas palabras o de las reflexiones sobre las grandes verdades. A él le tocaba lo bajo, lo sórdido, lo prosaico… lo humano.
                Sonó su celular. Lo sacó de su bolsillo y contestó.
                —¿Bueno?
                —Soy yo —era su cliente.
                —No va a venir a la cita —era una afirmación, no una pregunta.
                Hubo una pausa.
                —Dejé un cheque en el buzón de su oficina —y colgó.
                El detective sonrió. La verdad os hará libres… pero infelices. Pocos quieren la verdad. Muy pocos la soportan. Sólo los detectives la necesitan.

martes, 23 de noviembre de 2010

Acechado


El cielo mostraba su rostro negro y adusto de las noches sin luna ni estrellas. Un viento cortante, frío, merodeaba por entre las calles de aquella colonia marginal cuyas promesas de urbanización del gobierno no la habían alcanzado. Sólo había calles terrosas, huérfanas de asfalto, casas ocultas tras altos muros de cemento exhibiendo el miedo de sus ocupantes al exterior. Las escasas luces mercuriales generaban con sus destellos un claroscuro fantasmal. Joaquín caminaba con paso tambaleante, con la vista nublada por la embriaguez cogida en casa de su compadre. Se había marchado pese a las protestas de éste y ahora deambulada torpemente, sin rumbo. El alcohol y la oscuridad le habían echo perder su camino.

Entonces lo escuchó.

No estaba seguro que fueran pasos, pero estaba seguro que era algo. Prefirió no volver la vista atrás en caso de tratarse de algún malandro que buscaba asaltarlo. Metió su mano en el bolsillo de su pantalón y sujetó su navaja con fuerza. “En cuanto ese cabrón se acerque lo suficiente me lo enfierro”, pensó Joaquín. Disminuyó el paso y procuró afinar el oído para determinar que tan cerca estaba.

No escuchó nada.

Sólo el susurrar del viento acompañaba a los jadeos de su respiración agitada. Se detuvo. Miró hacia atrás tratando de ubicar a su acechador. Pero no pudo percibir nada en los círculos de luz del alumbrado público y sus ojos fueron incapaces de penetrar la ominosa penumbra. No se oía nada. Eso lo intranquilizó aún más. Era de madrugada y él caminaba… ¿solo?, por la calle y en ningún momento escuchó ladridos de perros, grillos, ni ningún otro sonido propios de la noche. Sólo silencio.

Permaneció un rato más ahí, parado en medio de la calle. Empuñando su navaja. Esperando. No hubo respuesta a su velado reto. En un arrebato de cólera que escondía su pánico lanzó increpaciones y juramentos contra el supuesto depredador que le seguía. Nadie respondió. Aún así Joaquín sabía que estaba ahí, observándolo, esperando, atento al más mínimo descuido suyo para arrojarse contra él.

Trató de serenarse. Era claro que mientras adoptara esa actitud defensiva su enemigo no abandonaría el cobijo de las sombras. La única alternativa era tenderle una trampa usándose él mismo como cebo. Era muy arriesgado pero no tenía alternativa. Respiró profundo, se santiguó y de inmediato se echó a correr.

Sus pulmones casi se reventaban. Su boca estaba seca, invadida por un sabor agrio y su garganta le dolía. Aún así no aminoró la marcha. Pasaron varios minutos sin resultados. Entonces lo sintió. Alguien venía corriendo tras él. Miró sobre su hombro y pudo distinguir vagamente una silueta negra acercándose a lo lejos. Por fin se había decidido a dar la cara. Aún así Joaquín no disminuyó el paso. Una sensación de alarma se disparó en ese momento. No debía detenerse, no debía enfrentarlo. Sólo correr. Aquella sombra no era un asaltante, lo sabía. Volvió a mirar atrás. La negra figura ya estaba a sólo unos cuantos metros de él. Aterrorizado corrió aún más fuerte. De nada sirvió. El enemigo estaba cerca, muy cerca. Tan cercano como para sentir su respiración, sus gruñidos, su olor fétido, su maldad. Aquello no era un hombre. Era un cazador de hombres. Habría podido atraparlo en cualquier momento con sus inhumanas habilidades. Sólo se divertía. Gozaba acechándolo. No buscaba sus pertenencias. Quería su miedo, su alma.

Se detuvo.

A la mañana siguiente una vecina de la colonia descubrió el cadáver de Joaquín tirado en medio de la calle. Tenía un cuchillo clavado en el vientre. La investigación policiaca lo declaró como muerte accidental. La víctima se encontraba en estado de ebriedad (según declaró su compadre al ser interrogado), no parecía haber sufrido robo alguno y la navaja era propiedad del interfecto. La conclusión lógica era que en el delirio de su borrachera cayó y se enterró su propia arma blanca. Nadie discrepó.

martes, 24 de agosto de 2010

El regreso




Emilio giró la llave en el picaporte y al instante escuchó el crujir de los muelles. Ingresó lentamente en su casa, hizo la chaqueta a un lado y se dejó caer sobre un sofá. He regresado, se dijo para tratar de fijar la idea en su cabeza. Sin embargo, el lugar se veía distinto, difuso; era como una pintura distorsionada por el agua. Su mirada vagó por la sala intentando reconocerla. Se detuvo sobre un sillón de dos plazas. Entonces recordó. Café veracruzano, palabras dulces al oído, delicados sin filtro, películas de Akira Kurosawa,  el Diario, noches de verano, pelo de gato sobre el sillón, aliento a mentol, Turista mundial, noches de invierno, chocolates envinados, sudor nocturno, tequila, notas de jazz, noches de primavera, crema humectante, donas glaseadas, noches de otoño...
            Emilio apartó la vista del sillón a la vez que se enjugaba los ojos. Se levantó y se dirigió a la cocina. Qué grande parece, comentó al entrar. Los cuatro por dos y medio metros misteriosamente parecían haber aumentado de dimensión. Ni la pila de trastos sucios, la barra, y los bancos regados por todas partes parecían cubrirla. Llenó con agua un vaso y lo bebió lentamente. Su atención se posó en la ventanilla del horno de la estufa. Sintió como si una repentina avalancha de olores se precipitara hacia su nariz; el olor a pierna ahumada, galletas de naranja, pastel de zanahoria, pescado en aluminio...
            Dejó el vaso violentamente sobre el fregador. Estaba molesto. Nuevamente recordó. Era lo único que podía hacer últimamente, recordar, y no le gustaba. Recordar sólo avivaba el dolor, un dolor incurable, definitivo, frustrante. No, no debía recordar. Salió de ahí y se fue hacia su recámara. Una vez ahí decidió darse un baño. Al salir se miró al espejo. He regresado, repitió una vez más aquella frase como si fuese una fórmula mágica que retornara las cosas al orden que creía le correspondían. Pero... ¿he regresado?, se cuestionó. No reconocía la imagen en el espejo. Tenía frente a sí un hombre que parecía ser más viejo, adelgazado, con profundas ojeras y mirada vidriosa. No había regresado, porque el hombre del espejo no era él. Se había marchado y no había vuelto; no iba a volver. Emilio ya no era  Emilio.
Laura...
Nuevamente recordaba. Se tumbó de rodillas y comenzó a llorar. Era una cascada amarga que bajaba estrepitosamente. No era él, nunca más volvería a ser él. ¿Por qué no podía volver a ser él? No comprendía, no quería comprender. No es justo... no es justo... ¡no es justo! ¡NO ES JUSTO!, se repetía incesantemente mientras el copioso caudal de llanto bajaba con imbatible fuerza a través de sus mejillas, reflejando la tempestad desatada detrás de sus ojos. Huracán que estremecía hasta la última célula de su cuerpo. Continuó llorando un rato más hasta que poco a poco fue recobrando algo de aplomo. Se puso de pie, se lavó la cara en el lavabo y regresó a su recámara.
Permaneció sentado sobre la cama un buen rato mirando el vacío y tratando de calmarse. El teléfono sonó de improviso ocasionándole un sobresalto. No lo contestó de inmediato pues temía que la persona del otro lado de la línea descubriera su estado. Un poco más tranquilo levantó el auricular y contesto con un mecánico «bueno» que rápidamente fue respondido.
—¿Emilio? —titubeó una voz femenina del otro lado de la línea que de inmediato identificó como la de su amiga Alejandra—. Oye tengo varios días tratando de comunicarme pero nadie me contestaba ¿acaso salieron? ¿cómo está Laura?
Emilio permaneció en silencio durante varios segundos antes de responder. 
—Laura murió el martes —replicó casi susurrando.

domingo, 22 de agosto de 2010

La influencia cinematográfica en Cowboy Bebop



Soy un vaquero a la antigua.
Spike Spiegel.

En el caso de Cowboy Bebop resulta muy clara su intertextualidad musical, por el título del mismo, por los nombres de sus episodios y al hecho de que éstos se llamen sessions como se nombra a las tocadas de jazz. Sin embargo, es curioso como casi nadie hace alusión a su otra línea intertextual que resulta tan evidente: la cinematográfica. Es ésta la que le otorga esa curiosa ambientación futurista con elementos arcaicos. Las principales influencias provienen del estilo de cine norteamericano más representativo: el western y el film noir. No obstante, al ser un producto asiático incluye su iconografía cinematográfica propia al incorporar elementos del cine de artes marciales y las películas de samuráis; además de varios guiños a la ciencia ficción,  lo que consigue un curioso pero estimulante sincretismo.

Este sincretismo entre el cine norteamericano y el cine asiático tiene su punto de intersección en el héroe (o héroes, en este caso). Es decir, las figuras heroicas arquetípicas del cine (el cowboy y el detective, por un lado, y artemarcialista y el samurái, por otro), se fusionan en dos de los personajes centrales: Spike Spiegel y Jet Black. Sus creadores establecen una suerte de personajes amalgamados de estos tópicos, lo que tiene la curiosa consecuencia de demostrar cuán emparentadas están ambas cinematografías (al menos en su veta comercial).

Spike Spiegel, por ejemplo, es una mezcla entre vaquero (él mismo se denomina como uno pero “a la antigua”) y un héroe del cine de artes marciales (es un experto en Jet Kune Do, el estilo de combate creado por Bruce Lee, la máxima estrella de este tipo de cine). Si lo analizamos, ambos arquetipos son sumamente parecidos: son tipos solitarios, de pasado misterioso, hábiles en combate (ya sea mano a mano o con armas) y de moralidad ambigua. En los capítulos centrados en él normalmente obedece a los patrones típicos del western, como lo son una búsqueda (encontrar a su amada Julia), el cumplimiento de promesas (como la hecha a Rocco en Venus Waltz) y principalmente el deseo de venganza que lo lleva a enfrentar a su antiguo camarada: Vicious (su duelo final parece sacado de una película de Sergio Leone). Spike es un romántico, y como a todo buen romántico, no lo mueve la búsqueda de justicia sino el dictamen de su muy personal sentido de la moralidad.

En el otro extremo tenemos Jet Black. Jet es indudablemente un personaje sacado del cine negro, (en más de una ocasión se le ve con ropa muy propia de la época), y a diferencia de su socio, a él (como a cualquier buen detective) lo mueve la búsqueda de la verdad y el sentido del deber y justicia. En los episodios que protagoniza sus búsquedas siempre son motivadas por un deseo de aclarar situaciones de su pasado (el abandono de su mujer en Ganymede Elegy o el incidente en el que perdió su brazo en Black Dog Serenade). Fácilmente pudo ser un personaje de Raymond Chandler;  es un ex policía, que decepcionado del sistema prefiere abandonarlo para seguir sus propias reglas y mantener su integridad, pero al mismo tiempo es lo que lo equipara a la figura del samurái: ese férreo sentido ético, como representante de la justicia. Dentro del mismo anime hay dos claras alusiones que apoyan esta perspectiva: su afición al arte bonsái, y que el mismo en el episodio Cowboy Funk dice a tono de broma que es seguidor del Bushido, el código de conducta de los samuráis.

Además de los elementos anteriormente citados, encontramos por ejemplo dos referencias a Bruce Lee en el episodio Stray Dog Strut: Spike usando unos chacos (arma introducida al cine por el actor chino) y el personaje de Abdul Hakim (alusión al basquetbolista Karim Abdul Jabbar, alumno de Lee, además de haber participado en un film del mismo: El juego de la muerte); En el episodio de Cowboy Funk aparece un personaje que se hace llamar Wyatt Earp, como un famoso cowboy (que existió realmente) protagonista en muchas películas, y que al final tras perder un “duelo” con Spike adopta una nueva identidad: Musashi Miyamoto (personaje legendario de la cultura japonesa considerado el mejor espadachín de las historia de Japón). Spike vestido con un sobrero charro y un zarape en un asteroide llamado Tijuana, alusión a Sam Peckinpah (director legendario de westerns como Wild Bunch [1969], en los cuales la frontera mexicana siempre estaba presente). El hecho de que en el universo de Cowboy Bebop se haya establecido la caza de recompensas y a los cazadores se les conozca como cowboys es una alusión a Sergio Leone y su famosa trilogía del dólar (Por un puñado de dólares, Por unos dólares más, y El bueno, el malo y el feo) donde su protagonista, Clint Eastwood, siempre interpretaba a un cazarecompensas.

En cuanto a la influencia de la ciencia ficción, posee algunas referencias: el episodio de Toys in the Attic es un claro homenaje a Alien (Ridley Scott, 1979), y en Jamming with Edward la inteligencia artificial que controla un satélite es una referencia a HAL 9000, la computadora de 2001: Space Odyssey (Stanley Kubrick, 1968). Sin embargo, la principal influencia de este género lo encontramos en la ambientación posmodernista que recuerda un poco a Blade Runner (Ridley Scott, 1982), el cual permea todo el anime. No se nos presenta un futuro en el que el hombre ha colonizado otros planetas y ha alcanzado una evolución de su cultura, sino simplemente ha extendido la decadencia de la misma, puesto que el universo sigue dominado por funcionarios corruptos, criminales y desigualdad social.

Probablemente algún verdadero cinéfilo (que no es mi caso) pueda encontrar muchas más referencias, no obstante, considero que es suficiente para enriquecer (si cabe) el visionado de esta fabulosa obra.

Y recuerden…


…see you space cowboy.

jueves, 19 de agosto de 2010

Adieu



Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Pablo Neruda

No sé dar un adiós definitivo y comienzo a sospechar que realmente no existe tal cosa. No existe el ostracismo para los sentimientos, para el dolor, para la nostalgia irracional de algo que fue y no fue. No existe nada de eso… ¡Pinche madre! ¡Con lo que me caga el nihilismo!

Sólo existes tú, absurda e irreal. Existes porque yo digo que lo haces. Mis palabras te crean, te definen, te dan cuerpo: a veces de sirena, a veces de cuervo, otras de Moira…

Pero sólo eres tú, ordinaria, simple… y lo odio. Porque el saberte corpórea, gris como cualquier ser no mitiga el dolor, ni le da sentido. Es Teseo sin el hilo de Ariadna.

No sé dar un adiós definitivo…

Sólo me queda dar adioses a medias. Palabras  que a fuerza de repetición te drenen. Hemorragia verbal que me desintoxique de versos de Neruda, de letras de Sabina y de mujeres victorianas…

Y entonces la única palabra que sabré decir será… Adieu.

domingo, 15 de agosto de 2010

De carne y acero



Como un hijo de los años ochenta crecí con varios filmes que a la postre se convertirían en iconos de la cultura pop, tales como Rambo, Terminator, Duro de Matar, Arma Mortal, Depredador, y un largo etcétera. Olvidándome de esnobismos sobre la calidad “artística” (o falta de ella), sobre este tipo de cine hay que señalar que en algunos casos gracias a su estatus de clásicos del cine comercial y a su inmensa popularidad, se les ha menospreciado aún cuando algunos de ellos poseen características por las que merecerían una revaloración crítica más allá de su calidad técnica. Este es el caso de Robocop (Paul Verhoven, 1987), película de ciencia ficción que merecía un aprecio artístico mayor que el que merecen filmes del mismo género muy sobrevalorados, como Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Mientras ésta última es una artificiosa mezcla de cine negro con ambiente futurista, cuyo mayor mérito consiste en su sorprendente (aún en nuestros días) despliegue visual, su contenido aunque interesante se diluye entre sus grandes imágenes y el superficial trato del mismo. El filme del policía cyborg, en cambio, es una efectiva y muy incisiva crítica al capitalismo neoliberal que conoció su apogeo en los ochentas, y sobretodo, en los años noventas.

La trama de Robocop nos sitúa en la ciudad de Detroit en un futuro cercano. La delincuencia ha alcanzado niveles intolerables y el gobierno aparentemente no es capaz de controlarla ya que ha cedido la administración del cuerpo de policía a una multinacional conocida como OCP (Omni Productos de Consumo). Sin embargo, en vez de mejorar la situación pareciera que la OCP deseara debilitar aún más a la corporación policiaca, puesto que no invierte mucho en ella, logrando como consecuencia una alta mortalidad entre los agentes. Dicha situación ha generado gran descontento entre los oficiales que amenazan con irse a la huelga. En medio de este escenario aparece Alex Murphy (Peter Weller). Éste es un buen policía que es transferido a la zona más conflictiva de Detroit. Su carrera ahí sería muy corta pues moriría tras enfrentarse a un grupo de criminales… o eso se creía. Lo cierto es que sería utilizado como conejillo de indias para un nuevo proyecto de la OCP bajo el nombre clave de: Robocop.

Alguna vez escuché a alguien definir a esta película como un comic fílmico y ciertamente hay motivos para ello. Su protagonista posee suficientes elementos para ser considerado un superhéroe. Sin embargo, esto es una visión muy limitada de lo que este filme es. Para empezar está el villano del cuento: el arrollador capitalismo neoliberal personificado en la OCP.  La posición de esta compañía es mostrada sutilmente mediante varios diálogos que caracterizan el entorno dónde su influencia está presente en prácticamente todos lados y cuyas acciones únicamente buscan beneficios para sí misma sin importar llevarse toda una ciudad entre las patas. Muy elocuente y clarificador resulta el diálogo entre dos criminales en la que describen perfectamente a la OCP (y por lo mismo a todas la multinacionales), cuando luego de un robo uno de ellos pregunta: “Robamos dinero para comprar coca venderla y sacar más dinero, ¿no sería más simple quedarnos con el dinero que robamos?”, a lo que uno de sus compañeros responde: “Siempre he creído que la mejor forma de robar es la libre empresa”. Además, entre secuencia y secuencia encontramos pequeños spots informativos que nos describen la decadencia del mundo y sugieren de manera velada que es a causa del debilitamiento del gobierno y el ascenso de las grandes corporaciones.

Durante el desarrollo del film vemos las rivalidades y los juegos sucios entre los ejecutivos de la OCP, de donde surgirá el proyecto Robocop. El cyborg se revela como una fuerza de la ley muy efectiva que de inmediato encumbra a su creador, Bob Morton (Miguel Ferrer), a un puesto importante dentro de la compañía lo que genera la ira de Dick Jones (Ronny Cox), el segundo al mando de la OCP. Jones rápidamente asesina a Morton utilizando a un jefe mafioso llamado Clarence Boddicker (Kurtwood Smith). Robocop descubre la conspiración e intenta arrestar al ejecutivo de la OCP. Sin embargo le resulta imposible puesto que su programa le impide arrestar a los ejecutivos de la empresa que lo creó, en una clara alegoría de la ley subyugada a los intereses económicos imperantes. De aquí inicia el conflicto esencial del protagonista.  

Hay quién opina que Robocop es una especie de actualización del mito de Frankenstein, pero ciertamente me parece un enfoque inadecuado. Robocop sufre de una clara crisis de identidad cuando comienza a recordar su pasado y darse cuenta que una vez fue un hombre. Hasta ahí hay cierto parecido con la criatura de Mary Shelly, sin embargo la posición del héroe cibernético en la historia me parece más una metáfora del consumismo como medio de control sobre el ser humano a tal grado de prácticamente “robotizarnos” y dictar nuestro patrones de conducta convirtiéndonos incluso en productos fabricados en serie y la repentina rebelión de Robocop es en realidad la naturaleza humana que se revela contra ese dominio (y cuyo mensaje es precisamente incitar a dicha sublevación). Esto queda claro cuando los demás policías son enviados a destruir a su otrora compañero por mandato de Dick Jones. Uno de ellos exclama: “¡Esperen, es uno de los nuestros!”, pero el líder del grupo de agentes replica: “Las órdenes son destruirlo”, sentencia como un dogma sagrado e inviolable antes de ordenar el fuego. No se necesitan partes artificiales para ser un autómata. 

 Para finalizar y a manera de conclusión, cabe señalar que gracias a su gran dinamismo y a su acción hiperviolenta Robocop se convirtió en un éxito, lo que lo llevó a que surgiera toda una franquicia a su alrededor cuyos productos posteriores sólo consiguieron desdibujar su contenido subversivo y por ello ser menospreciada por la crítica “seria”. Una verdadera pena.

jueves, 12 de agosto de 2010

Boleto ferroviario



Ahora resulta que estoy… (risas) gordo, que se me está pasando el tren, en resumen: que ya me case. Y yo digo: “¡Ah, chingao! ¿De cuando acá la vida es un viaje en tren? ¿Y si lo es que alguien me diga dónde está la estación? Porque siempre he tenido la impresión de que más bien es como un viaje en autobús (y de los baratos) por lo incómodo, azaroso y desagradable que es a veces (muchas veces), y por el hecho de que no te puedes bajar cuando quieras”. Pero ya hablando en serio, ¿es tan difícil entender que no me interesa una casa con jardín, tener un perro, hijos y una esposa?
“—Pero es muy feo estar solo” —diría mi madre.

Y respondería: Es más feo estar solo con una persona que es poco más que tu criada (o patrona, según sea el caso), sólo por seguir un convencionalismo. Por ello prefiero dejar ir el tren e ir andando por la vida. Se ve mejor el paisaje.

martes, 10 de agosto de 2010

Interpretación poética



Dejo la taza humeante con café sobre la mesa de noche y miro el reloj de pared a mi izquierda: las cuatro de la madrugada. Entonces doy un sorbo al café y regreso la vista al blog de notas que descansa bajo la luz de la lámpara. Un cuarteto de versos escritos con caligrafía desgarbada descansa sobre el papel rayado, como un pelotón de reclutas a punto de marchar a la guerra. Leo una y otra vez cada línea tratando de que cada verso diga exactamente lo que quiero: que estoy encabronado, pero triste al mismo tiempo y quisiera que estuvieras aquí, a mi lado…

Y entonces arranco la hoja, la hago bola y la arrojo a la papelera al lado de la mesa. No puedo evitar sentirme ridículo y pensar: ¿cómo puedo escribir tanta mamada? ¿Los grandes poetas habrán tenido esa misma sensación mientras escribían? ¿La poesía no será sólo una bonita máscara tras la cual encubrir ese gran ridículo que sentidos por haberla cagado? Unas palabras dichas con elocuencia no cambian el hecho de que los seres humanos somos pendejos por naturaleza y tenemos una tendencia natural a arruinarlo todo.

Ahora trato de poner mi estupidez en verso para que suene menos estúpida. Tratando de corromper el papel de ira, nostalgia y lágrimas con la sangre oscura que surge de una pluma, pero sin conseguirlo. Sólo aumento la sensación de ridículo. ¿Para que tantas tonterías sólo para decir que te extraño?

Y sentirme más tonto aún por saber que no te lo mereces.

sábado, 26 de junio de 2010

Cuento de hadas


Érase una vez, en un reino muy, muy lejano...

Una bella princesa se encontraba cautiva en la torre más alta de un castillo ubicado en la región más remota del reino. Era custodiada por un fiero y aterrador dragón. Durante años, muchos valientes caballeros intentaron rescatarla, pero invariablemente todos perecían a manos de la gran bestia guardiana. Por eso la princesa siempre se encontraba triste, añorando a un valiente guerrero que pudiera salvarla y le enseñara lo que es el verdadero amor...

Un día, apareció un joven príncipe, famoso por su galanura y su destreza con la espada. A sus oídos habían llegado noticias de la princesa cautiva, por lo que su hambre de amor y aventuras se avivaron y rápidamente emprendió el viaje en busca de la damisela en apuros. Una vez frente a la prisión lo único que lo separaba de la princesa era el dragón. Fue una batalla épica de la cual hablaron los trovadores durante generaciones. El dragón luchó como nunca pero al final terminó vencido por la espada del príncipe. Muerto el monstruo, el joven guerrero liberó a la princesa y la llevó con él a su reino donde finalmente se casaron y vivieron felices...

Habían pasado varios años desde aquella aventura. El príncipe y la princesa ahora eran Rey y Reina. El joven monarca era un excelente gobernante; noble, compasivo, justo y totalmente entregado a su pueblo. Por lo mismo pocas veces tenía tiempo para pasarlo con su consorte. Ella se dedicaba entonces a las labores propias de una Reina y a la crianza de sus hijos. Fue entonces que sin darse cuenta comenzó a sentir nostalgia por el dragón. Aquel era un ser huraño y hosco, pero siempre estaba ahí, siempre atento a sus necesidades y siempre dispuesto a dar su vida con tal de protegerla de cualquier peligro. Pero el dragón se había ido... y ella se tenía que conformar con su final de cuento de hadas.

viernes, 25 de junio de 2010

La adicción de un detective



Alguna vez un profesor que tuve en la universidad me dijo que un texto comienza cuando el autor coloca el punto final al mismo, cuando cae en manos de los lectores y estos se encargan de (re)construirlo a su gusto según sus propias experiencias y vivencias. Ni que decir cuando dichas obras, y sobretodo, sus personajes caen en manos directores y productores de cine. Muchos son los personajes literarios cuyas andanzas cinematográficas son igual o mayores en celuloide que en su original en papel: Drácula, Tarzán, los tres Mosqueteros, y en especial Sherlock Holmes, aquel detective alto y enjuto, de nariz aguileña, mirada aguda e inteligencia extraordinaria; bohemio, misántropo, y... drogadicto.

Justamente después de ver nuevamente la película de Sherlock Holmes (2010) de Warner Bros., sobre el mítico detective (encarnado por Robert Downey Jr.), recordé una polémica que surgió a raíz de esta “actualización” del personaje creado por Conan Doyle. Hay muchas, digamos, discrepancias entre el original literario y la versión fílmica. De todas ellas me llamó mucho la atención las férreas quejas por omitir la adicción de Holmes a la cocaína. Los motivos resultan evidentes: si lo hicieran la película no podría ser vista por toda la familia y eso hubiese afectado la recaudación en taquilla. Dejando eso aparte, personalmente no tengo problema con la omisión de tal detalle, y no por una cuestión moralista, puesto que ha dado pie ha interesantes análisis del personaje en ensayos y numerosos pastiches, sino porque no es en absoluto una falta de fidelidad a la esencia del personaje creado por el escritor escocés.

La primera vez que se menciona la afición del detective al citado alcaloide es en El signo de los cuatro (1890), en la que explica que sólo consume la droga como sustituto artificial a la estimulación intelectual de un caso complicado:

Mi mente se subleva ante el estancamiento. Proporcióneme usted problemas, proporcióneme trabajo, deme los más abstrusos criptogramas o los más intrincados análisis, y entonces me encontraré en mi ambiente. Podré prescindir de estimulantes artificiales. Pero odio la aburrida monotonía de la existencia. Deseo fervientemente la exaltación mental. (El subrayado es mío).

Y después de este episodio, se vuelve a hacer mención (con un dejo irónico de parte del detective) a dicho hábito hasta el relato corto de El hombre del labio retorcido:
Supongo, Watson, —dijo—, que está usted pensando que he añadido el fumar opio a las inyecciones de cocaína y demás pequeñas debilidades sobre las que usted ha tenido la bondad de emitir su opinión facultativa 

Y es todo. En el resto del llamado canon holmesiano no se vuelve a mencionar el asunto. ¿Por qué? Bueno, es bastante simple. Si se analiza el capítulo citado líneas arriba resultará evidente la intención de caracterizar al personaje de Holmes, no como un victoriano decadente, sino como un adicto a los misterios, simple y llanamente, el cual cuando no tiene acceso a su particular droga tiene que sustituirla por una droga auténtica. Es una equiparación de lo más “elemental”, pero para los que han tratado el tema no parece ser tan obvia o simplemente prefieren ignorarla, pensando que después de todo “...siempre queda la cocaína”.