martes, 17 de abril de 2018

Curiosidades (1): “La muerte empieza en Polanco” de Jomí García Ascot.



Si se echa una ojeada a los estantes de las librerías y, si se es más concienzudo, a los catálogos de las editoriales (grandes y pequeñas), se notará de inmediato que el género negro/policial vive un gran momento en México. Autores como Francisco Haghenbeck, Bernardo Fernández Bef, Imanol Caneyada, Hilario Peña, Iván Farías, Iris García Cuevas, Verónica Llaca, Norma Yamile Cuéllar, Omar Delgado, José Salvador Ruiz, entre varios otros que ahora mismo se me escapan, acompañados de los clásicos como Rafael Bernal, Paco Ignacio Taibo II, Rafael Ramírez Heredia, Juan Hernández Luna, Gabriel Trujillo Muñoz y Élmer Mendoza, engrosan la legión de escritores que dan vitalidad a este tipo de narrativa. No obstante, paralelamente a estos últimos autores ya consagrados, se escribieron obras que quizá por diferentes motivos no lograron trascendencia, pese a su interés (como es el caso de la obra que hoy nos ocupa), en el fino arte de los muertos de papel. 

La muerte empieza en Polanco (Diana, 1987) es obra de Jomí García Ascot, cuya mayor celebridad parece provenir de la dedicatoria que Gabriel García Márquez le hizo en Cien Años de Soledad. No obstante fue un personaje multifacético: poeta, ensayista, cineasta, crítico de arte y publicista. Además fue merecedor del Premio Xavier Villaurrutia en 1984. Murió en 1986 (lo cual quizá explica en parte porque su novela, publicada póstumamente un año después, no recibió mayor difusión).

En este libro nos encontramos con Martín Mesa, crítico de cine freelance y detective privado de tiempo completo. Mesa se gana la vida investigando principalmente casos de adulterios y estafas. Un buen día aparece por su despacho un hombre extranjero quien lo contrata para un trabajo aparentemente sencillo: allanar un domicilio en busca de unos documentos comprometedores robados de la embajada norteamericana. Pero como suele ocurrir la situación pronto se le sale de las manos y el detective mexicano se ve envuelto en una oscura trama de espionaje internacional. Estamos ante un thriller con todas las de la ley en donde el protagonista debe hacer uso de todos sus recursos para sobrevivir. 

El argumento es quizá el elemento más fuerte de La muerte empieza en Polanco, pues sin mucho esfuerzo el autor logra construir una historia interesante, coherente, llena de acción y de un ritmo vertiginoso que mantiene al lector atrapado hasta la última página. Maneja una prosa precisa y directa salpimentada con dosis de humor que sirven de contrapeso a la acción. La Ciudad de México es un escenario inmejorable para un historia de este tipo, a la cual García Ascot retrata con mimo, no obstante nunca logra erigirse como un auténtico personaje, cómo si ocurre en otras novelas (las de Taibo II, por ejemplo). Por otro lado, el punto débil de la novela son sus personajes. El protagonista, Martín Mesa, si bien consigue caernos simpático es poco memorable, ya que el autor cae en el cliché muy propio de la literatura mexicana de darle una faceta “intelectaloide” que no encaja del todo con el aspecto de héroe de novela negra. Su compañera, Romi, pintora de profesión, tampoco destaca más allá de su doble papel de comparsa de aventuras e interés romántico. De los antagonistas tampoco hay mucho qué decir, más allá de que no pasan del tópico más básico. 

Pese a todo, La muerte empieza en Polanco es una muy buena novela negra que si bien no tiene los suficientes méritos para ser considerado un clásico del género en México, merecería mayor difusión y reconocimiento por parte de los lectores nacionales. Es una novela entretenidísima y eso no es poco en cualquier obra de género.

domingo, 25 de marzo de 2018

Un plan perfecto o la nostalgia del pulp.




Todo tiempo pasado fue mejor”, reza una vieja frase. Obviando lo falaz de tal sentencia, desafío a arrojar la primera piedra a todo aquel que no haya sido asaltado por la nostalgia, al menos una vez en la vida, y afirmara categóricamente que antes todo era mejor. Este mismo sentimiento es precisamente el que en principio impregna las páginas de Un plan perfecto (Grijalbo, 2017), de Iván Farías. Una nostalgia por épocas pasadas, personificada en Diego Rodríguez, el Soñado, un ladrón de la vieja escuela, que añora los tiempos en que el hurto era un juego de inteligencia en vez de un acto violento y Danilo Zempoaltecatl, un político tlaxcalteca de poca monta con grandes ambiciones electorales y que suspira por los tiempos de gloria del PRI. Dos personajes que parecen anacrónicos en los tiempos que corren. Y por debajo de esta lectura evidente, hay otra subterránea, más sutil, en la cual encontramos un comentario del autor hacia la novela negra mexicana actual.

Un plan perfecto es una novela negra, específicamente una novela de atracos. Aquí tenemos el primer elemento subversivo en la obra de Farías, pues es posiblemente la única novela negra mexicana de este tipo, oponiéndose a la vertiente realista, más común en las letras nacionales. La figura del detective existe en México, siendo sus buques insignia Héctor Belascorán Shayne, de Paco Ignacio Taibo II y Edgar “Zurdo” Mendieta, de Élmer Mendoza, pero no son la regla y por ende en la mayoría de las novelas con la denominación de “negra”, lo imperante no son los detectives resolviendo misterios sino las historias que buscan hacer una radiografía social de la situación de violencia en el país, cargando las tintas hacia al dramatismo y la crudeza. Iván Farías pasa olímpicamente de todo esto y apuesta por una propuesta más pulp, en la que si bien tenemos una imagen clara de cómo funciona la delincuencia, tanto nacional como internacional, su interés está en volver a los orígenes del género, a esos libros de kiosco donde impera la acción y los personajes memorables, escritos para impresionar lectores y no críticos, pero que al mismo tiempo nos hablaban de la naturaleza humana más básica: ambición, celos, lujuria, amor y un largo etcétera, y que su sencillez (más no simpleza), las ha vuelto lecturas atemporales mientras otras “grandes obras de su tiempo” se hallan envejecidas, guardando polvo olvidadas en alguna biblioteca.

¿Cómo se da esta subversión de Un plan perfecto con respecto a esa ‘otra literatura negra’? Simple: opta por una prosa directa, sin florituras, pero perfectamente pulida y cargada del humor necesario para que resulte irresistible para cualquier lector. A esto hay que añadirle un ritmo endiablado que no da respiro y tenemos el coctel perfecto de diversión. Sus personajes quizá no tengan un desarrollo demasiado profundo, pero aquí radica una de las virtudes de la literatura policial y que Iván Farías domina perfectamente: la definición de un personaje en pocos trazos. Desde siempre el elemento primordial en la literatura de género negro es el argumento, la historia narrada, es por ello que no se pierde demasiado tiempo en otros elementos que podrían entorpecer el rito de la novela, como el desarrollo de personajes. Por ello los autores adquirieron la habilidad de perfilar a sus carácteres con algunas pocas líneas contundentes, que le den suficiente entidad y haciéndolos rápidamente reconocibles para los lectores. El ejemplo más evidente es el profesor James Moriarty, el archienemigo de Sherlock Holmes, quien aparece en un solo relato (El problema final) y después sólo se menciona vagamente en una novela y un relato más, y no obstante, a día de hoy es uno de los personajes más famosos de la literatura universal.  Lo mismo ocurre con Diego Rodríguez, el Soñado y Danilo, de los que tenemos apenas pinceladas pero son suficientes para entenderlos y hasta simpatizar con ellos, pese a su calaña.

Es la conjunción de todos los elementos mencionados anteriormente lo que convierte a Un plan perfecto en una novela negra “de las de antes”, cuya apuesta abiertamente pulp es una crítica sutil hacia esa supuesta novela negra más seria, que pretende ser una evolución de un “género manido”, pero que al analizarla con mayor profundidad resulta que no hay nada de novedoso en su propuesta y resultar ser la misma literatura mexicana de siempre, que cambió los viejos temas: las dictaduras, la identidad latinoamericana, el imperialismo yanqui, etc., por el crimen y la violencia derivada de éste, pero en cuanto a formas se sigue escribiendo de la misma manera. En consecuencia, la obra de Iván Farías resulta novedosa, paradójicamente, por recuperar un estilo de narrar de hace décadas pero que casi no se utiliza en México y demostrando que a veces los tiempos pasados fueron mejores.

lunes, 10 de julio de 2017

Top 10 de detectives literarios clásicos




Durante prácticamente toda su existencia el hombre ha plasmado sus grandes hazañas (reales o imaginarias) en todo tipo narraciones, en forma oral en un principio y de manera escrita después. Dichas historias nos han presentados a toda clase de personajes que con el tiempo se han vuelto referentes de la cultura popular y son fácilmente identificables para todos. Estos héroes han sido toda clase de arquetipos: reyes, caballeros, soldados, exploradores y un largo etcétera. En el siglo XX y XXI el arquetipo más recurrente ha sido el del detective, quien gracias a su ingenio (y un revólver, según el caso), han sido los encargados de desfacer entuertos y traer justicia, el menos en el mundo literario. Es por ello que en esta entrada enlisto a los que considero como los 10 detectives más icónicos de literatura policial clásica. Para hacerlo más equilibrado he optado por escoger cinco personajes de la novela de detectivesca clásica  y cinco de la novela negra norteamericana. Como siempre sucede con este tipo de listas, es subjetiva y es posible que falten algunos nombres, pero los que sí están son absolutamente esenciales en el género.

Así que sin más que agregar comencemos:

10.- C. Auguste Dupin (Edgar Allan Poe).

Este parisino creado por la pluma del mismísimo maestro del terror, el buen Edgar Allan Poe, es el padre de los detectives literarios. Aparece por primera vez en el cuento Los crímenes de la calle Morgue (1841) y posteriormente en El asesinato de Marie Roget (1843) y La carta robada (1844). Con Dupin ya se perfilan las características básicas que seguirían los posteriores cultivadores del género: es un tipo solitario, algo excéntrico y con una capacidad deductiva prodigiosa. No se sabe mucho de él, sólo que pertenece una familia prominente de París venida a menos, por lo cual vive recluido en su casa, dedicado únicamente al estudio de sus libros, acompañado de un amigo y narrador anónimo de sus aventuras. Es un detective amateur que se involucra en los casos únicamente por el desafío intelectual. Es sin duda el personaje menos conocido de la lista, pero su importancia es innegable.


9.- Mike Hammer (Mickey Spinalle).

No es precisamente el tipo más sofisticado del policial literario, pero si se trata de tipos duros nadie es más duro que él. Mike Hammer es un detective privado siempre acompañado por si fiel Colt .45, a la que llama cariñosamente como “Betsy”, la cual no duda en usar para repartir justicia cuando lo cree necesario. Es un sujeto violento, machista y reaccionario, que golpea primero y pregunta después. Es el primero de una larga línea de justicieros que no cree en el sistema y opta por tomar la justicia en sus manos (de ahí vienen Harry “El sucio” Callahan, Martin Riggs, Marion “Cobra” Cobretti o John McClane). No apto para estómagos sensibles.

8.-“Coffin” Ed Johnson y “Gravedigger” Jones (Chestes Himes).

Esta pareja le dio un nuevo sentido al género. Duros policías de raza negra que deben vérselas con toda clase de problemas en el Harlem de los sesenta, incluyendo el racismo. Pese a ser excelentes en su trabajo jamás han sido ascendidos. Son tipos incorruptibles, que no usan su autoridad para sacar provecho como otros agentes. Buscan incasablemente la justicia, aunque para ello deban torcer las reglas o ya de plano ejercer justicia por mano propia. A través de sus ojos vemos la radiografía social que su autor hace del barrio de Harlem. Imperdible.

7.- Lew Archer (Ross Macdonald).

Archer es un detective privado en Los Ángeles. Es un tipo cínico y duro, como dictan los viejos cánones, pero al mismo tiempo sensible y reflexivo. Procura no juzgar a sus clientes pese a que la mayoría son blancos ricos que han hecho su dinero de formas cuestionables. Siente gran simpatía por las clases más desfavorecidas, como los negros o latinos, a quienes considera víctimas del sistema, pero no debido a una falsa actitud “progre”, sino simplemente a una innata capacidad empática. No obstante, no se equivoquen, cuando hay que entrar en acción sabe usar los puños y el revólver como se debe. A través de sus novelas su autor nos muestra el Estados Unidos de posguerra. 

6.- Perry Mason (Erle Stanley Gardner).

Conocido en ocasiones como “el abogado del diablo”, este oriundo de Los Ángeles se ha topado con toda clase de crímenes a lo largo de su muy dilatada carrera: asesinatos, robos, chantajes, secuestros, etcétera. Es una curiosa mezcla entre detective cerebral, al estilo inglés, y el detective duro americano. Sabe boxeo y es buen tirador, pero al mismo tiempo hace gala de una capacidad deductiva formidable. Es un feroz defensor de los inocentes (incluso si no pueden pagarle) y todo un maestro en cuanto a argucias legales se refiere. Aparenta ser un tipo duro e insensible, pero en el fondo es de buen corazón. Es, además, protagonista de una grandísima cantidad de series de televisión y películas.

5.- El agente de la Continental (Dashiell Hammett).

Este detective sin nombre es un cuarentón bajo y gordo, protagonista de la mayoría de los relatos de Hammett. Astuto, cínico y no demasiado escrupuloso a la hora de llevar a cabo su trabajo de detective privado de la Agencia de Detectives Continental. Esconde su verdadera identidad bajo infinidad de alias, lo que le permite infiltrarse en los bajos fondos de San Francisco. Es un sujeto solitario cuya única lealtad aparente es hacia su jefe, el director de la agencia para la que trabaja y al que siempre se refiere como “el viejo”. Este personaje se puede decir que es el arquetipo de los detectives duros. Arquetipo que después perfeccionaría Raymond Chandler con Philip Marlowe.

4.- Hércules Poirot (Agatha Christie).

Hablar de Poirot es hablar del personaje más importante de la novela policial de la llamada “Edad de Oro” (1920 – 1939). De nacionalidad belga, es un hombrecillo de cabeza en forma de huevo, un espectacular mostacho, del que se siente especialmente orgulloso, y una obsesión por el orden y la limpieza. Es un sabueso adicto a los enigmas cuya excepcional inteligencia sólo es comparable con su ego. Poirot desconfía de las pruebas físicas del crimen y en cambio opta por el aspecto psicológico del mismo. Es incluso capaz de resolver un crimen sin levantarse de su sillón, únicamente necesita saber todos los datos del caso y sus “pequeñas células grises” harán el resto. Como sucede con otros personajes de la lista, ha aparecido en una gran cantidad de películas y series de televisión, incluyendo un anime.

3.- Jules Maigret (George Simenon).

Es comisario de la policía judicial de París. No es un súper genio a lo Holmes o Poirot, ni un tipo duro como Marlowe. Es hombre común que hace su trabajo con la mayor diligencia posible. Como buen agente se apega al trabajo policial rutinario, pero logra sobresalir del resto de sus compañeros de profesión por una aguda intuición que le permite sobrepasar los límites de tal metodología y así desentrañar los misterios más intrincados. No es solitario, ni alcohólico, ni tiene un pasado traumático; es un sujeto apacible, con un matrimonio feliz cuyos únicos sobresaltos provienen de cuando Maigret se mete demasiado en un caso. Quizá uno de los poquísimos personajes del policial que no vive a la sombra de Holmes o Marlowe, ya que creó su propio arquetipo, el cual ha sido tan influyente en la literatura policial europea, que sin él no existirían personajes como Salvo Montalbano, de Andrea Camilleri o Kostas Jaritos, de Petros Márkaris.

2.- Philip Marlowe (Raymond Chandler).

Tal vez el personaje más importante de la literatura policial después de Sherlock Holmes. La quintaesencia del detective duro, solitario, alcohólico, cínico y romántico. Un moderno caballero andante en la ciudad de Los Ángeles de los cuarenta. Siempre dispuesto a luchar por una causa justa, siempre armado con su revólver e ingeniosos comentarios que le han hecho ganarse, más de una vez, un buen puñetazo de parte de gánsteres o policías por igual. Es un tipo honrado que no acepta dinero que no ha ganado, no investiga divorcios y prefiere a las rubias. Chandler tenían en mente el rostro de Cary Grant cuando imaginó sus facciones, pero sería Humprey Bogart el encargado de darle su más icónico rostro.

1.- Sherlock Holmes (Sir Athur Conan Doyle).


Con Holmes dejamos atrás los terrenos de la literatura para adentrarnos en los de la mitología. Porque Sherlock Holmes es ya un mito moderno, uno que trasciende el arte de las palabras y que se instala en el ideario popular como el arquetipo del detective. Holmes es El detective. Más allá de su gorro y su capó de caza, su lupa o la pipa, lo que nos viene a la mente al escuchar su nombre es la idea de una especie de súper hombre, de una inteligencia superior y unas capacidades físicas prodigiosas (casi sobrehumanas). Es un químico excepcional, experto de tabacos, gran esgrimista de bastón y hábil peleador cuerpo a cuerpo (domina un arte marcial conocido como Baritsu). Pero más allá de eso, en lo que sobresale es en su capacidad de observación y deducción. Por ello no sorprende que sea el personaje más adaptado al cine (junto con Drácula). Siempre imitado pero jamás igualado, porque sólo hay un detective y ese es Sherlock Holmes. 

lunes, 4 de abril de 2016

¡Esto es un complot! ¡Pinche homenaje!



Nadie puede negar que la literatura mexicana ha parido grandes nombres en los anales de dicho arte: Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Vicente Leñero, José Emilio Pacheco y un larguísimo etcétera. Sin embargo cuando hablamos de grandes personajes literarios la cosa ya no parece tan diáfana. Claro, puede uno echar mano de Pedro Páramo, tal vez Artemio Cruz y… Filiberto García. Así es, en 1969 un curioso escritor y diplomático (entre otras cosas) publicó una novela que cambiaría para siempre el panorama literario nacional: El complot mongol. En este libro asistimos al alumbramiento de la novela negra en nuestro país. Bernal nos presenta un relato descarnado de la corrupción del gobierno nacido de la revolución y que tiene como protagonista a un pistolero al servicio del régimen encargado de desentrañar una intriga internacional en el triste y diminuto barrio chino de la ciudad de México; violento, cínico y al mismo tiempo entrañable, este anti-héroe ya forma parte del imaginario de las letras nacionales como uno de sus grandes entes de ficción.

En 2015 se cumplió el centenario del natalicio de Rafael Bernal y esto conllevó una serie de charlas y homenajes a su figura y a su obra. Entre estos destaca un singular proyecto encabezado por Bernardo Fernández, Bef, dibujante y autor de novela negra (uno de los nietos literarios de Bernal, como él mismo se denomina). Bef tuvo la feliz idea de hacer una antología de relatos que tuviera como protagonista a Filiberto García escritos por destacados autores de novela negra. Este Dream Team está conformado por Élmer Mendoza, Francisco Haghenbeck, Joserra Ortiz, Hilario Peña, Imanol Caneyada, Iris García Cuevas, Pedro Ángel Palou, el novelista gráfico Ricardo García-Micro y el propio Bef. Todos ellos dan forma a ¡Esto es un complot!, editado por Conaculta.

Lo primero que hay que mencionar sobre esta antología es su edición. Es sencillamente hermosa. Es el equivalente de un Ferrari en libro. En pocas palabras, de lujo. Ahora bien, más allá de su presentación gráfica lo importante a final de cuentas es su contenido. ¿Valen la pena los diez relatos que la conforman (dos de ellos de narrativa gráfica)? Pues no hay una respuesta fácil a esta pregunta, no sin entrar en cierta controversia al menos.

La primera sensación que experimenté al terminar de leer el libro fue perplejidad. Y es que no estaba seguro de qué debía sentir ante dicho material. Contrario a lo que podía pensarse no todos los relatos pertenecen al género negro (algunos transitan por los senderos de lo fantástico, la intriga política y hasta la sátira). Es aquí donde los admiradores de la obra de Bernal puede que se dividan entre los que acepten este experimento como una curiosidad y otros que la detesten por considerarla una ofensa a una vaca sagrada (y ya sabemos lo mucho que a los mexicanos nos encanta adorar vacas sagradas). Los relatos de Élmer Mendoza, Francisco Haghenbeck, Iris García Cuevas, Pedro Ángel Palou e Imanol Caneyada son los más netamente ‘negros’ en el sentido tradicional del término y los que a mi juicio recrean más fielmente a Filiberto, tanto en su pensamiento como en su lenguaje. Los de Hilario Peña y Bef son los más singulares ya que parten de premisas bastante curiosas. Peña coloca a García trabajando en un Resort para delincuentes en el que debe resolver un asesinato. Es un relato muy divertido pero tiene el problema de que el personaje de Filiberto está muy desdibujado y podría ser reemplazado fácilmente por cualquier otro personaje. En el caso de Bef es una historia en la que la mentalidad del pistolero se enfrenta con la mentalidad moderna políticamente correcta. Divertida aunque su cierre no sea tan redondo. Los relatos de Joserra Ortiz y Micro no se centran en Filiberto sino que exploran el universo del Complot... donde la batuta la llevan personajes como Laski, Graves y Martita. Ésta última protagoniza el que quizá sea el relato de mayor controversia (no doy detalles, mejor léanlo y sabrán a qué me refiero).


Entonces vuelvo a preguntarme: ¿vale la pena esta antología? Y me respondo afirmativamente. Tras el azoramiento inicial que me causó al no ser lo que esperaba: o sea una imitación de la novela original y entender que se trata de una apropiación de dicho universo de ficción y, al mismo tiempo, una carta de amor al personaje de Rafael Bernal pero siendo fiel al estilo propio de cada autor, es un libro que se disfruta a tal punto que lo único que lamento de su lectura es su brevedad. Por todo esto puedo concluir que ¡Esto es un complot! no es un homenaje pinche sino un ¡Pinche homenaje!


domingo, 10 de enero de 2016

Sherlock Holmes, un hombre moderno



Hace poco tuve la oportunidad de ver el regreso de Benedict Cumberbatch y Martin Freeman a su papel como Sherlock Holmes y John Watson en la aclamada serie británica Sherlock de la BBC. Este esperado regreso tuvo la inusual característica de llevar a la pareja al tiempo que los vio nacer: la época victoriana. Tengo que admitir que idea de ver a esta versión del detective (cuyo rasgo de identidad ha sido el ser una actualización del personaje) en sus escenarios clásicos me generó profunda curiosidad. ¿Cumberbatch continuaría interpretando a ese Holmes un tanto caricaturesco de 'Sherlock' u optaría por una versión más tradicional donde contendría su tendencia a la sobreactuación? Y tras el visionado no pude estar seguro por cuál opción decantarme. Podría irme por lo fácil y decir que hace un trabajo intermedio entre ambos polos, pero esa respuesta no me satisface. Hay algo raro con este cuadro. Es entonces cuando me viene a la mente una pregunta: ¿Es 'Serlock' realmente una actualización del personaje como tanto clama su marketing? Después de mucho analizarlo la respuesta me parece clara: en absoluto. 

Seguramente tras semejante afirmación los seguidores del programa de televisión han de estar pensando en lo idiota que soy. "¡Claro que está modernizado!", de seguro claman indignados. "Hay celulares, internet, ciencia forense...", y de acuerdo, eso es modernidad pero no es más que el escenario, se cambió el lejano siglo XIX por el XXI, ¿pero eso basta para decir que el personaje fue modernizado? Desde mi perspectiva no, porque en realidad no había necesidad de ello ya que Sherlock Holmes siempre ha sido un personaje moderno. 

Así es, en su tiempo algunas de las características que lo hacían un 'bicho raro' es por ejemplo la idea de aplicar el método científico a la investigación criminal, (lo que hoy día conocemos como Ciencia forense), idea que generaba profundo escepticismo en los inspectores de Scotland Yard con los que suele toparse en las páginas de sus relatos (cuando hoy en día es indispensable para toda investigación policial moderna). Eso que para nosotros es normal, al menos en apariencia, gracias a series como CSI o Bones ya lo era un siglo atrás para Holmes. Es un profesionista especializado, ya que no es un detective privado al uso sino un 'detective consultor', lo cual no resulta raro en nuestro tiempo ya que vivimos en la era de la especialización. Pero esos no son sino rasgos superficiales, lo realmente importante es que Holmes siempre tuvo una mentalidad moderna, abierta al cambio. Cierto, está orgulloso del imperialismo británico porque considera que representa la luz de la razón en un mundo oscurantista (una visión muy europea y propia de su época) y la razón es el máximo dios para él. Pero respeta la inteligencia de las mujeres y considera que puede estar a su altura (ejemplo de esto lo encontramos en el relato Escándalo en Bohemia de 1891, donde el detective sufre su primera derrota a manos de una mujer, Irene Adler, tras lo cual le profesa una profunda admiración). Semejante perspectiva debió de resultar chocante para la visión decimonónica sobre el género femenino.

Hay otros ejemplos, pero con esos creo que queda claro el punto. Este es el motivo por el que los relatos de Sherlock Holmes pueden seguir siendo disfrutados aún en nuestros días pese a que muchas de sus premisas e ideas hayan sido superadas hace tiempo (las cuestiones científicas, por ejemplo). El deleite no proviene de esa sorpresa que nos genera las 'excéntricas' ideas de Holmes sobre que se puede identificar a un criminal por una gota de sangre, sino de ver cómo es un genio adelantado a su época cuyos contemporáneos no puede apreciar como es debido. Empatizamos con él porque desde nuestra modernidad comprendemos que tiene razón, que muchas de sus ideas son correctas y que los demás son unos idiotas primitivos. La amamos porque sabemos que es uno de los nuestros. Un hombre moderno.

Por ello considero que la serie de 'Sherlock' en absoluto es una modernización del personaje. Lo único que modernizan es la forma en que pueda ser un marginado en la actualidad. En la época victoriana era un paria al ser un adulto soltero que no tiene interés en casarse o establecer cualquier tipo de vínculo con otro ser humano (con la excepción de Watson), no busca ningún tipo de prestigio social por su profesión pese a ser excepcional en ella, ni obtener grandes ganancias por la misma (muchas veces trabaja gratis si el caso le resulta estimulante de manera intelectual). Todas esas características hoy se les consideran 'modernas' por un buen sector de la sociedad ante las anquilosadas instituciones sociales (como el matrimonio). Además, en estos tiempos los genios pueden ser hasta celebridades (ahí está Steve Jobs como muestra). Con el Sherlock televisivo simplemente lo volvieron incapaz de socializar para que resultara entrañable al tratar de superar dicha barrera. El Holmes literario es un bohemio antisocial que puede seguir los protocolos de convivencia humana perfectamente pero que elige no hacerlo (excepto cuando le resultan convenientes). Es un marginado por convicción, no incapacidad. Y creo que es eso lo que siempre me ha chocado de esta versión 'actual', que su condición de paria es sumamente forzada para un personaje que encaja como nunca en el mundo.

Como conclusión, no me atrevería a decir que 'Sherlock' es una mala serie, en absoluto, siempre me ha parecido excelente. Pero no es ni de lejos lo que nos tratan de vender. No es la reinvención de un personaje clásico, sino la repetición de la fórmula de siempre maquillada para parecer novedosa. Maquillaje que, por otra parte, Holmes nunca ha necesitado.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Carta a Nausicaa



Sé que no leerás estas palabras, pero tampoco es tan grave. No las escribo para ti (en el fondo todas las palabras que escribimos son para nosotros mismos, aunque rara vez lo admitamos). Y ya que estamos con las confidencias y golpes de pecho, también confieso que no supe entendernos. Así es, "entendernos", en plural. Yo, que me vanaglorio siempre de mi agudeza y perspicacia estuve totalmente a oscuras ante ese accidente gramatical. Te entendí a ti y creo que medio me entiendo a mí, pero jamás comprendí que además de los dos, también había un "nosotros". Será que nunca me han gustado las multitudes, ve tú a saber. Alguna vez me dijiste que siempre me ibas a recordar. Es una promesa que no sé si vayas a cumplir. Me gusta pensar que sí. Por mi parte me comprometo a lo mismo. Espero y lo sepas apreciar, porque soy un hombre que sólo cree en los momentos, en que la belleza de todo radica en su fugacidad. Porque lo duradero, lo eterno, tiene el inconveniente de la fealdad que ocasiona la erosión del tiempo. Quizás ahí radica la belleza infinitesimal de nuestro plural y que, con algo de fortuna, permanezca intacto en nuestras futuras nostalgias.


Atte.

Un agotado Odiseo. 

jueves, 17 de septiembre de 2015

La mujer de los hermanos Reyna. Intrigas y deseos.




La novela negra, ese “subgénero” literario surgido a finales de la segunda década del siglo XX, se hizo presente en nuestro país hasta 1969 con la publicación de El complot mongol, de Rafael Bernal (considerada unánimemente como la primera novela negra mexicana) y aunque 7 años después surge la figura de Paco Ignacio Taibo II (el más célebre autor del género en México), lo cierto es que el desarrollo de este tipo de obras fue más bien esporádico hasta la década del 2000, cuando parece haberse consolidado gracias a una generación de escritores que verdaderamente lo cultivan y no sólo es un experimento estético ocasional. Nombres como Élmer Mendoza, F.G. Haghenbeck, Bernardo Fernández, Bef, Imanol Caneyada y algunos otros que se me escapan. Entre ellos se encuentra Hilario Peña, quien se ha vuelto célebre por su serie del detective Malasuerte, pero cuya obra cumbre (al menos hasta el momento) es una novela fuera (al menos hasta la publicación de Juan Tres Dieciséis) de este ciclo: La mujer de los hermanos Reyna (Radom House, 2011).

En esta, su tercera novela, Hilario Peña expresa explícitamente la intención de deconstruir uno de los elementos más icónicos de la cultura popular mexicana: las telenovelas. Es así que tenemos una trama con todos los tópicos recurrentes de los melodramas televisivos: mujeres jóvenes que deben luchar solas contra la adversidad, galanes millonarios, villanas que intrigan contra la protagonista, hijos perdidos que se reencuentran con sus padres, etc. Todo esto mezclado con elementos tradicionales del noir más clásico en la línea de James M. Cain y Elmore Leonard, donde los protagonistas suelen ser delincuentes de poca monta; perdedores que tratan de salir desesperadamente del círculo de miseria en el que se encuentran. Evidentemente esta combinación da como resultado una trama rocambolesca a más no poder. Algunos quizá le encuentren algo excesiva, pero lo cierto es que no quieres dejar el libro porque siempre deseas saber qué pasa a continuación.

Estilísticamente hablando la novela utiliza un lenguaje sencillo y directo, casi telegráfico en ocasiones, debido a que Peña recurre mucho al uso del diálogo, lo que hace que el ritmo del texto sea sumamente dinámico. Este es quizá el elemento técnico más destacado del autor, el ritmo; no sólo en esta novela sino en su obra en general. Son narraciones fluyen de forma vertiginosa, algo que no cualquiera puede conseguir.

No obstante, el mayor logro de la obra es su certera reconstrucción del devenir de la sociedad mexicana en las últimas tres décadas, específicamente en el norte del país. No es una novela histórica, ni pretende serlo, pero al relatarnos la vida de los protagonistas desde los 80's hasta la actualidad vemos esa historia paralela de un México casi desconocido, cuyos actores y acciones tienen profundas consecuencias en la actualidad. Desde las raíces del crimen organizado y cómo es que llegó a extenderse tan profundamente en la vida de la sociedad mexicana contemporánea, el inicio del fin de la vida rural, entre otros aspectos. Los que vivimos esos treinta años encontramos familiares, incluso cercanos a muchos de los personajes, su ideología, sus anécdotas. Tan es así que mucha de su atmósfera recuerda al homevideo ochentero. No obstante no es un ejercicio nostálgico, sino un simple testimonio de una época pasada, es verdad, pero con gran peso en el tiempo presente.

Otro elemento destacable son los personajes. Aunque a primera vista podría decirse que la mayoría son tópicos, su desarrollo no lo es en absoluto. Lo que más me llamó la atención es la amoralidad de la mayorías de ellos. Aunque en general prácticamente todos son pillos mezquinos y egoístas, la naturalidad con la cual realizan sus acciones, conscientes de lo negativo de las mismas y el hecho de que jamás intenten justificarse (simplemente son así) es lo que les otorga gran verosimilitud, y que en muchos casos resulten hasta entrañables. Al ser personajes siempre al límite, era muy fácil caer en tentación de intentar justificarlos con el manido argumento de que no tenían elección, pero eso no sucede. Los personajes siempre tienen opciones y quizá por eso resultan más creíbles cuando optan por la alternativa “negativa”. 

Por ello mi momento favorito es el cierre de la novela, cuando uno de los personajes está tomando protesta como alcalde de Tijuana y da un discurso absolutamente cliché de cómo en base a esfuerzo y honradez una persona “de abajo” logró triunfar en la vida (idiosincrasia totalmente telenovelera). El discurso tiene varias lecturas. La primera y más obvia es el de la ironía que nos escupe el autor, pues para esas altura de la novela conocemos al personaje, que además está rodeado de otros personajes que lo acompañaron en la travesía y que comparten su éxito; éxito logrado gracias al engaño, traición, chantaje y hasta asesinato, logrando deconstruir totalmente el discurso melodramático y mostrándonos como es que ese tipo de éxito se alcanza en la realidad. La otra lectura (y personalmente mi favorita) tiene que ver con el personaje que da el discurso. Para nosotros, los lectores, nos queda clara la ironía implícita en el mismo que le imprime el autor, pero el personaje no lo dice en sentido irónico, sino sinceramente y eso es lo fantástico del mismo, pues es totalmente congruente con su ideología; desde su punto de vista engañar, chantajear y traicionar es válido porque así funciona el mundo y por lo tanto su victoria final es totalmente honrada. Jugó con las reglas de la casa y ganó.

En conclusión, La mujer de los hermanos Reyna es una gran novela, repleta de humor, acción, intriga, y amor. Amor por la literatura que destila todas y cada una de las palabras de esta obra y que merece reconocimiento con una de las mejores novelas mexicanas de los últimos 10 años. Altamente recomendada.