lunes, 10 de julio de 2017

Top 10 de detectives literarios clásicos




Durante prácticamente toda su existencia el hombre ha plasmado sus grandes hazañas (reales o imaginarias) en todo tipo narraciones, en forma oral en un principio y de manera escrita después. Dichas historias nos han presentados a toda clase de personajes que con el tiempo se han vuelto referentes de la cultura popular y son fácilmente identificables para todos. Estos héroes han sido toda clase de arquetipos: reyes, caballeros, soldados, exploradores y un largo etcétera. En el siglo XX y XXI el arquetipo más recurrente ha sido el del detective, quien gracias a su ingenio (y un revólver, según el caso), han sido los encargados de desfacer entuertos y traer justicia, el menos en el mundo literario. Es por ello que en esta entrada enlisto a los que considero como los 10 detectives más icónicos de literatura policial clásica. Para hacerlo más equilibrado he optado por escoger cinco personajes de la novela de detectivesca clásica  y cinco de la novela negra norteamericana. Como siempre sucede con este tipo de listas, es subjetiva y es posible que falten algunos nombres, pero los que sí están son absolutamente esenciales en el género.

Así que sin más que agregar comencemos:

10.- C. Auguste Dupin (Edgar Allan Poe).

Este parisino creado por la pluma del mismísimo maestro del terror, el buen Edgar Allan Poe, es el padre de los detectives literarios. Aparece por primera vez en el cuento Los crímenes de la calle Morgue (1841) y posteriormente en El asesinato de Marie Roget (1843) y La carta robada (1844). Con Dupin ya se perfilan las características básicas que seguirían los posteriores cultivadores del género: es un tipo solitario, algo excéntrico y con una capacidad deductiva prodigiosa. No se sabe mucho de él, sólo que pertenece una familia prominente de París venida a menos, por lo cual vive recluido en su casa, dedicado únicamente al estudio de sus libros, acompañado de un amigo y narrador anónimo de sus aventuras. Es un detective amateur que se involucra en los casos únicamente por el desafío intelectual. Es sin duda el personaje menos conocido de la lista, pero su importancia es innegable.


9.- Mike Hammer (Mickey Spinalle).

No es precisamente el tipo más sofisticado del policial literario, pero si se trata de tipos duros nadie es más duro que él. Mike Hammer es un detective privado siempre acompañado por si fiel Colt .45, a la que llama cariñosamente como “Betsy”, la cual no duda en usar para repartir justicia cuando lo cree necesario. Es un sujeto violento, machista y reaccionario, que golpea primero y pregunta después. Es el primero de una larga línea de justicieros que no cree en el sistema y opta por tomar la justicia en sus manos (de ahí vienen Harry “El sucio” Callahan, Martin Riggs, Marion “Cobra” Cobretti o John McClane). No apto para estómagos sensibles.

8.-“Coffin” Ed Johnson y “Gravedigger” Jones (Chestes Himes).

Esta pareja le dio un nuevo sentido al género. Duros policías de raza negra que deben vérselas con toda clase de problemas en el Harlem de los sesenta, incluyendo el racismo. Pese a ser excelentes en su trabajo jamás han sido ascendidos. Son tipos incorruptibles, que no usan su autoridad para sacar provecho como otros agentes. Buscan incasablemente la justicia, aunque para ello deban torcer las reglas o ya de plano ejercer justicia por mano propia. A través de sus ojos vemos la radiografía social que su autor hace del barrio de Harlem. Imperdible.

7.- Lew Archer (Ross Macdonald).

Archer es un detective privado en Los Ángeles. Es un tipo cínico y duro, como dictan los viejos cánones, pero al mismo tiempo sensible y reflexivo. Procura no juzgar a sus clientes pese a que la mayoría son blancos ricos que han hecho su dinero de formas cuestionables. Siente gran simpatía por las clases más desfavorecidas, como los negros o latinos, a quienes considera víctimas del sistema, pero no debido a una falsa actitud “progre”, sino simplemente a una innata capacidad empática. No obstante, no se equivoquen, cuando hay que entrar en acción sabe usar los puños y el revólver como se debe. A través de sus novelas su autor nos muestra el Estados Unidos de posguerra. 

6.- Perry Mason (Erle Stanley Gardner).

Conocido en ocasiones como “el abogado del diablo”, este oriundo de Los Ángeles se ha topado con toda clase de crímenes a lo largo de su muy dilatada carrera: asesinatos, robos, chantajes, secuestros, etcétera. Es una curiosa mezcla entre detective cerebral, al estilo inglés, y el detective duro americano. Sabe boxeo y es buen tirador, pero al mismo tiempo hace gala de una capacidad deductiva formidable. Es un feroz defensor de los inocentes (incluso si no pueden pagarle) y todo un maestro en cuanto a argucias legales se refiere. Aparenta ser un tipo duro e insensible, pero en el fondo es de buen corazón. Es, además, protagonista de una grandísima cantidad de series de televisión y películas.

5.- El agente de la Continental (Dashiell Hammett).

Este detective sin nombre es un cuarentón bajo y gordo, protagonista de la mayoría de los relatos de Hammett. Astuto, cínico y no demasiado escrupuloso a la hora de llevar a cabo su trabajo de detective privado de la Agencia de Detectives Continental. Esconde su verdadera identidad bajo infinidad de alias, lo que le permite infiltrarse en los bajos fondos de San Francisco. Es un sujeto solitario cuya única lealtad aparente es hacia su jefe, el director de la agencia para la que trabaja y al que siempre se refiere como “el viejo”. Este personaje se puede decir que es el arquetipo de los detectives duros. Arquetipo que después perfeccionaría Raymond Chandler con Philip Marlowe.

4.- Hércules Poirot (Agatha Christie).

Hablar de Poirot es hablar del personaje más importante de la novela policial de la llamada “Edad de Oro” (1920 – 1939). De nacionalidad belga, es un hombrecillo de cabeza en forma de huevo, un espectacular mostacho, del que se siente especialmente orgulloso, y una obsesión por el orden y la limpieza. Es un sabueso adicto a los enigmas cuya excepcional inteligencia sólo es comparable con su ego. Poirot desconfía de las pruebas físicas del crimen y en cambio opta por el aspecto psicológico del mismo. Es incluso capaz de resolver un crimen sin levantarse de su sillón, únicamente necesita saber todos los datos del caso y sus “pequeñas células grises” harán el resto. Como sucede con otros personajes de la lista, ha aparecido en una gran cantidad de películas y series de televisión, incluyendo un anime.

3.- Jules Maigret (George Simenon).

Es comisario de la policía judicial de París. No es un súper genio a lo Holmes o Poirot, ni un tipo duro como Marlowe. Es hombre común que hace su trabajo con la mayor diligencia posible. Como buen agente se apega al trabajo policial rutinario, pero logra sobresalir del resto de sus compañeros de profesión por una aguda intuición que le permite sobrepasar los límites de tal metodología y así desentrañar los misterios más intrincados. No es solitario, ni alcohólico, ni tiene un pasado traumático; es un sujeto apacible, con un matrimonio feliz cuyos únicos sobresaltos provienen de cuando Maigret se mete demasiado en un caso. Quizá uno de los poquísimos personajes del policial que no vive a la sombra de Holmes o Marlowe, ya que creó su propio arquetipo, el cual ha sido tan influyente en la literatura policial europea, que sin él no existirían personajes como Salvo Montalbano, de Andrea Camilleri o Kostas Jaritos, de Petros Márkaris.

2.- Philip Marlowe (Raymond Chandler).

Tal vez el personaje más importante de la literatura policial después de Sherlock Holmes. La quintaesencia del detective duro, solitario, alcohólico, cínico y romántico. Un moderno caballero andante en la ciudad de Los Ángeles de los cuarenta. Siempre dispuesto a luchar por una causa justa, siempre armado con su revólver e ingeniosos comentarios que le han hecho ganarse, más de una vez, un buen puñetazo de parte de gánsteres o policías por igual. Es un tipo honrado que no acepta dinero que no ha ganado, no investiga divorcios y prefiere a las rubias. Chandler tenían en mente el rostro de Cary Grant cuando imaginó sus facciones, pero sería Humprey Bogart el encargado de darle su más icónico rostro.

1.- Sherlock Holmes (Sir Athur Conan Doyle).


Con Holmes dejamos atrás los terrenos de la literatura para adentrarnos en los de la mitología. Porque Sherlock Holmes es ya un mito moderno, uno que trasciende el arte de las palabras y que se instala en el ideario popular como el arquetipo del detective. Holmes es El detective. Más allá de su gorro y su capó de caza, su lupa o la pipa, lo que nos viene a la mente al escuchar su nombre es la idea de una especie de súper hombre, de una inteligencia superior y unas capacidades físicas prodigiosas (casi sobrehumanas). Es un químico excepcional, experto de tabacos, gran esgrimista de bastón y hábil peleador cuerpo a cuerpo (domina un arte marcial conocido como Baritsu). Pero más allá de eso, en lo que sobresale es en su capacidad de observación y deducción. Por ello no sorprende que sea el personaje más adaptado al cine (junto con Drácula). Siempre imitado pero jamás igualado, porque sólo hay un detective y ese es Sherlock Holmes. 

lunes, 4 de abril de 2016

¡Esto es un complot! ¡Pinche homenaje!



Nadie puede negar que la literatura mexicana ha parido grandes nombres en los anales de dicho arte: Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Vicente Leñero, José Emilio Pacheco y un larguísimo etcétera. Sin embargo cuando hablamos de grandes personajes literarios la cosa ya no parece tan diáfana. Claro, puede uno echar mano de Pedro Páramo, tal vez Artemio Cruz y… Filiberto García. Así es, en 1969 un curioso escritor y diplomático (entre otras cosas) publicó una novela que cambiaría para siempre el panorama literario nacional: El complot mongol. En este libro asistimos al alumbramiento de la novela negra en nuestro país. Bernal nos presenta un relato descarnado de la corrupción del gobierno nacido de la revolución y que tiene como protagonista a un pistolero al servicio del régimen encargado de desentrañar una intriga internacional en el triste y diminuto barrio chino de la ciudad de México; violento, cínico y al mismo tiempo entrañable, este anti-héroe ya forma parte del imaginario de las letras nacionales como uno de sus grandes entes de ficción.

En 2015 se cumplió el centenario del natalicio de Rafael Bernal y esto conllevó una serie de charlas y homenajes a su figura y a su obra. Entre estos destaca un singular proyecto encabezado por Bernardo Fernández, Bef, dibujante y autor de novela negra (uno de los nietos literarios de Bernal, como él mismo se denomina). Bef tuvo la feliz idea de hacer una antología de relatos que tuviera como protagonista a Filiberto García escritos por destacados autores de novela negra. Este Dream Team está conformado por Élmer Mendoza, Francisco Haghenbeck, Joserra Ortiz, Hilario Peña, Imanol Caneyada, Iris García Cuevas, Pedro Ángel Palou, el novelista gráfico Ricardo García-Micro y el propio Bef. Todos ellos dan forma a ¡Esto es un complot!, editado por Conaculta.

Lo primero que hay que mencionar sobre esta antología es su edición. Es sencillamente hermosa. Es el equivalente de un Ferrari en libro. En pocas palabras, de lujo. Ahora bien, más allá de su presentación gráfica lo importante a final de cuentas es su contenido. ¿Valen la pena los diez relatos que la conforman (dos de ellos de narrativa gráfica)? Pues no hay una respuesta fácil a esta pregunta, no sin entrar en cierta controversia al menos.

La primera sensación que experimenté al terminar de leer el libro fue perplejidad. Y es que no estaba seguro de qué debía sentir ante dicho material. Contrario a lo que podía pensarse no todos los relatos pertenecen al género negro (algunos transitan por los senderos de lo fantástico, la intriga política y hasta la sátira). Es aquí donde los admiradores de la obra de Bernal puede que se dividan entre los que acepten este experimento como una curiosidad y otros que la detesten por considerarla una ofensa a una vaca sagrada (y ya sabemos lo mucho que a los mexicanos nos encanta adorar vacas sagradas). Los relatos de Élmer Mendoza, Francisco Haghenbeck, Iris García Cuevas, Pedro Ángel Palou e Imanol Caneyada son los más netamente ‘negros’ en el sentido tradicional del término y los que a mi juicio recrean más fielmente a Filiberto, tanto en su pensamiento como en su lenguaje. Los de Hilario Peña y Bef son los más singulares ya que parten de premisas bastante curiosas. Peña coloca a García trabajando en un Resort para delincuentes en el que debe resolver un asesinato. Es un relato muy divertido pero tiene el problema de que el personaje de Filiberto está muy desdibujado y podría ser reemplazado fácilmente por cualquier otro personaje. En el caso de Bef es una historia en la que la mentalidad del pistolero se enfrenta con la mentalidad moderna políticamente correcta. Divertida aunque su cierre no sea tan redondo. Los relatos de Joserra Ortiz y Micro no se centran en Filiberto sino que exploran el universo del Complot... donde la batuta la llevan personajes como Laski, Graves y Martita. Ésta última protagoniza el que quizá sea el relato de mayor controversia (no doy detalles, mejor léanlo y sabrán a qué me refiero).


Entonces vuelvo a preguntarme: ¿vale la pena esta antología? Y me respondo afirmativamente. Tras el azoramiento inicial que me causó al no ser lo que esperaba: o sea una imitación de la novela original y entender que se trata de una apropiación de dicho universo de ficción y, al mismo tiempo, una carta de amor al personaje de Rafael Bernal pero siendo fiel al estilo propio de cada autor, es un libro que se disfruta a tal punto que lo único que lamento de su lectura es su brevedad. Por todo esto puedo concluir que ¡Esto es un complot! no es un homenaje pinche sino un ¡Pinche homenaje!


domingo, 10 de enero de 2016

Sherlock Holmes, un hombre moderno



Hace poco tuve la oportunidad de ver el regreso de Benedict Cumberbatch y Martin Freeman a su papel como Sherlock Holmes y John Watson en la aclamada serie británica Sherlock de la BBC. Este esperado regreso tuvo la inusual característica de llevar a la pareja al tiempo que los vio nacer: la época victoriana. Tengo que admitir que idea de ver a esta versión del detective (cuyo rasgo de identidad ha sido el ser una actualización del personaje) en sus escenarios clásicos me generó profunda curiosidad. ¿Cumberbatch continuaría interpretando a ese Holmes un tanto caricaturesco de 'Sherlock' u optaría por una versión más tradicional donde contendría su tendencia a la sobreactuación? Y tras el visionado no pude estar seguro por cuál opción decantarme. Podría irme por lo fácil y decir que hace un trabajo intermedio entre ambos polos, pero esa respuesta no me satisface. Hay algo raro con este cuadro. Es entonces cuando me viene a la mente una pregunta: ¿Es 'Serlock' realmente una actualización del personaje como tanto clama su marketing? Después de mucho analizarlo la respuesta me parece clara: en absoluto. 

Seguramente tras semejante afirmación los seguidores del programa de televisión han de estar pensando en lo idiota que soy. "¡Claro que está modernizado!", de seguro claman indignados. "Hay celulares, internet, ciencia forense...", y de acuerdo, eso es modernidad pero no es más que el escenario, se cambió el lejano siglo XIX por el XXI, ¿pero eso basta para decir que el personaje fue modernizado? Desde mi perspectiva no, porque en realidad no había necesidad de ello ya que Sherlock Holmes siempre ha sido un personaje moderno. 

Así es, en su tiempo algunas de las características que lo hacían un 'bicho raro' es por ejemplo la idea de aplicar el método científico a la investigación criminal, (lo que hoy día conocemos como Ciencia forense), idea que generaba profundo escepticismo en los inspectores de Scotland Yard con los que suele toparse en las páginas de sus relatos (cuando hoy en día es indispensable para toda investigación policial moderna). Eso que para nosotros es normal, al menos en apariencia, gracias a series como CSI o Bones ya lo era un siglo atrás para Holmes. Es un profesionista especializado, ya que no es un detective privado al uso sino un 'detective consultor', lo cual no resulta raro en nuestro tiempo ya que vivimos en la era de la especialización. Pero esos no son sino rasgos superficiales, lo realmente importante es que Holmes siempre tuvo una mentalidad moderna, abierta al cambio. Cierto, está orgulloso del imperialismo británico porque considera que representa la luz de la razón en un mundo oscurantista (una visión muy europea y propia de su época) y la razón es el máximo dios para él. Pero respeta la inteligencia de las mujeres y considera que puede estar a su altura (ejemplo de esto lo encontramos en el relato Escándalo en Bohemia de 1891, donde el detective sufre su primera derrota a manos de una mujer, Irene Adler, tras lo cual le profesa una profunda admiración). Semejante perspectiva debió de resultar chocante para la visión decimonónica sobre el género femenino.

Hay otros ejemplos, pero con esos creo que queda claro el punto. Este es el motivo por el que los relatos de Sherlock Holmes pueden seguir siendo disfrutados aún en nuestros días pese a que muchas de sus premisas e ideas hayan sido superadas hace tiempo (las cuestiones científicas, por ejemplo). El deleite no proviene de esa sorpresa que nos genera las 'excéntricas' ideas de Holmes sobre que se puede identificar a un criminal por una gota de sangre, sino de ver cómo es un genio adelantado a su época cuyos contemporáneos no puede apreciar como es debido. Empatizamos con él porque desde nuestra modernidad comprendemos que tiene razón, que muchas de sus ideas son correctas y que los demás son unos idiotas primitivos. La amamos porque sabemos que es uno de los nuestros. Un hombre moderno.

Por ello considero que la serie de 'Sherlock' en absoluto es una modernización del personaje. Lo único que modernizan es la forma en que pueda ser un marginado en la actualidad. En la época victoriana era un paria al ser un adulto soltero que no tiene interés en casarse o establecer cualquier tipo de vínculo con otro ser humano (con la excepción de Watson), no busca ningún tipo de prestigio social por su profesión pese a ser excepcional en ella, ni obtener grandes ganancias por la misma (muchas veces trabaja gratis si el caso le resulta estimulante de manera intelectual). Todas esas características hoy se les consideran 'modernas' por un buen sector de la sociedad ante las anquilosadas instituciones sociales (como el matrimonio). Además, en estos tiempos los genios pueden ser hasta celebridades (ahí está Steve Jobs como muestra). Con el Sherlock televisivo simplemente lo volvieron incapaz de socializar para que resultara entrañable al tratar de superar dicha barrera. El Holmes literario es un bohemio antisocial que puede seguir los protocolos de convivencia humana perfectamente pero que elige no hacerlo (excepto cuando le resultan convenientes). Es un marginado por convicción, no incapacidad. Y creo que es eso lo que siempre me ha chocado de esta versión 'actual', que su condición de paria es sumamente forzada para un personaje que encaja como nunca en el mundo.

Como conclusión, no me atrevería a decir que 'Sherlock' es una mala serie, en absoluto, siempre me ha parecido excelente. Pero no es ni de lejos lo que nos tratan de vender. No es la reinvención de un personaje clásico, sino la repetición de la fórmula de siempre maquillada para parecer novedosa. Maquillaje que, por otra parte, Holmes nunca ha necesitado.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Carta a Nausicaa



Sé que no leerás estas palabras, pero tampoco es tan grave. No las escribo para ti (en el fondo todas las palabras que escribimos son para nosotros mismos, aunque rara vez lo admitamos). Y ya que estamos con las confidencias y golpes de pecho, también confieso que no supe entendernos. Así es, "entendernos", en plural. Yo, que me vanaglorio siempre de mi agudeza y perspicacia estuve totalmente a oscuras ante ese accidente gramatical. Te entendí a ti y creo que medio me entiendo a mí, pero jamás comprendí que además de los dos, también había un "nosotros". Será que nunca me han gustado las multitudes, ve tú a saber. Alguna vez me dijiste que siempre me ibas a recordar. Es una promesa que no sé si vayas a cumplir. Me gusta pensar que sí. Por mi parte me comprometo a lo mismo. Espero y lo sepas apreciar, porque soy un hombre que sólo cree en los momentos, en que la belleza de todo radica en su fugacidad. Porque lo duradero, lo eterno, tiene el inconveniente de la fealdad que ocasiona la erosión del tiempo. Quizás ahí radica la belleza infinitesimal de nuestro plural y que, con algo de fortuna, permanezca intacto en nuestras futuras nostalgias.


Atte.

Un agotado Odiseo. 

jueves, 17 de septiembre de 2015

La mujer de los hermanos Reyna. Intrigas y deseos.




La novela negra, ese “subgénero” literario surgido a finales de la segunda década del siglo XX, se hizo presente en nuestro país hasta 1969 con la publicación de El complot mongol, de Rafael Bernal (considerada unánimemente como la primera novela negra mexicana) y aunque 7 años después surge la figura de Paco Ignacio Taibo II (el más célebre autor del género en México), lo cierto es que el desarrollo de este tipo de obras fue más bien esporádico hasta la década del 2000, cuando parece haberse consolidado gracias a una generación de escritores que verdaderamente lo cultivan y no sólo es un experimento estético ocasional. Nombres como Élmer Mendoza, F.G. Haghenbeck, Bernardo Fernández, Bef, Imanol Caneyada y algunos otros que se me escapan. Entre ellos se encuentra Hilario Peña, quien se ha vuelto célebre por su serie del detective Malasuerte, pero cuya obra cumbre (al menos hasta el momento) es una novela fuera (al menos hasta la publicación de Juan Tres Dieciséis) de este ciclo: La mujer de los hermanos Reyna (Radom House, 2011).

En esta, su tercera novela, Hilario Peña expresa explícitamente la intención de deconstruir uno de los elementos más icónicos de la cultura popular mexicana: las telenovelas. Es así que tenemos una trama con todos los tópicos recurrentes de los melodramas televisivos: mujeres jóvenes que deben luchar solas contra la adversidad, galanes millonarios, villanas que intrigan contra la protagonista, hijos perdidos que se reencuentran con sus padres, etc. Todo esto mezclado con elementos tradicionales del noir más clásico en la línea de James M. Cain y Elmore Leonard, donde los protagonistas suelen ser delincuentes de poca monta; perdedores que tratan de salir desesperadamente del círculo de miseria en el que se encuentran. Evidentemente esta combinación da como resultado una trama rocambolesca a más no poder. Algunos quizá le encuentren algo excesiva, pero lo cierto es que no quieres dejar el libro porque siempre deseas saber qué pasa a continuación.

Estilísticamente hablando la novela utiliza un lenguaje sencillo y directo, casi telegráfico en ocasiones, debido a que Peña recurre mucho al uso del diálogo, lo que hace que el ritmo del texto sea sumamente dinámico. Este es quizá el elemento técnico más destacado del autor, el ritmo; no sólo en esta novela sino en su obra en general. Son narraciones fluyen de forma vertiginosa, algo que no cualquiera puede conseguir.

No obstante, el mayor logro de la obra es su certera reconstrucción del devenir de la sociedad mexicana en las últimas tres décadas, específicamente en el norte del país. No es una novela histórica, ni pretende serlo, pero al relatarnos la vida de los protagonistas desde los 80's hasta la actualidad vemos esa historia paralela de un México casi desconocido, cuyos actores y acciones tienen profundas consecuencias en la actualidad. Desde las raíces del crimen organizado y cómo es que llegó a extenderse tan profundamente en la vida de la sociedad mexicana contemporánea, el inicio del fin de la vida rural, entre otros aspectos. Los que vivimos esos treinta años encontramos familiares, incluso cercanos a muchos de los personajes, su ideología, sus anécdotas. Tan es así que mucha de su atmósfera recuerda al homevideo ochentero. No obstante no es un ejercicio nostálgico, sino un simple testimonio de una época pasada, es verdad, pero con gran peso en el tiempo presente.

Otro elemento destacable son los personajes. Aunque a primera vista podría decirse que la mayoría son tópicos, su desarrollo no lo es en absoluto. Lo que más me llamó la atención es la amoralidad de la mayorías de ellos. Aunque en general prácticamente todos son pillos mezquinos y egoístas, la naturalidad con la cual realizan sus acciones, conscientes de lo negativo de las mismas y el hecho de que jamás intenten justificarse (simplemente son así) es lo que les otorga gran verosimilitud, y que en muchos casos resulten hasta entrañables. Al ser personajes siempre al límite, era muy fácil caer en tentación de intentar justificarlos con el manido argumento de que no tenían elección, pero eso no sucede. Los personajes siempre tienen opciones y quizá por eso resultan más creíbles cuando optan por la alternativa “negativa”. 

Por ello mi momento favorito es el cierre de la novela, cuando uno de los personajes está tomando protesta como alcalde de Tijuana y da un discurso absolutamente cliché de cómo en base a esfuerzo y honradez una persona “de abajo” logró triunfar en la vida (idiosincrasia totalmente telenovelera). El discurso tiene varias lecturas. La primera y más obvia es el de la ironía que nos escupe el autor, pues para esas altura de la novela conocemos al personaje, que además está rodeado de otros personajes que lo acompañaron en la travesía y que comparten su éxito; éxito logrado gracias al engaño, traición, chantaje y hasta asesinato, logrando deconstruir totalmente el discurso melodramático y mostrándonos como es que ese tipo de éxito se alcanza en la realidad. La otra lectura (y personalmente mi favorita) tiene que ver con el personaje que da el discurso. Para nosotros, los lectores, nos queda clara la ironía implícita en el mismo que le imprime el autor, pero el personaje no lo dice en sentido irónico, sino sinceramente y eso es lo fantástico del mismo, pues es totalmente congruente con su ideología; desde su punto de vista engañar, chantajear y traicionar es válido porque así funciona el mundo y por lo tanto su victoria final es totalmente honrada. Jugó con las reglas de la casa y ganó.

En conclusión, La mujer de los hermanos Reyna es una gran novela, repleta de humor, acción, intriga, y amor. Amor por la literatura que destila todas y cada una de las palabras de esta obra y que merece reconocimiento con una de las mejores novelas mexicanas de los últimos 10 años. Altamente recomendada.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra




Últimamente ha surgido un acalorado debate sobre el cine basado en cómics (de superhéroes, principalmente), sobre si son una moda pasajera o se convertirán en un género definitivo del séptimo arte como la ciencia ficción, el terror, el thriller o las comedias románticas. La verdad es muy pronto para dar un veredicto al respecto, es una pregunta que sólo el tiempo podrá responder. No obstante esto me ha llevado a pensar en que si nos detenemos a pensar el cine realmente aporta muy poca originalidad en cuanto a sus historias. Cierto, ahora la moda son los cómics, pero las películas basadas en este formato palicen ante la cantidad de guiones cinematográficos que adaptan libros. Si mal no recuerdo el porcentaje de películas basadas en libros (novelas, biografías, etc.) es de alrededor de 70% de la producciones (al menos en Hollywood). No es casualidad que los personajes que más películas protagonizan, Drácula y Sherlock Holmes, tuvieron su génesis en la literatura. Incluso grandes éxitos cinematográficos, ahora considerados como clásicos, nacieron de la página escrita y nosotros ni teníamos idea.

En 1993 se presentó en salas de cine de todo el mundo la cinta Jurassic Park, dirigida por el rey midas Steven Spielberg, convirtiéndose en un éxito instantáneo, y que junto a Terminator 2 revolucionaron los efectos especiales en los 90's para siempre. El filme es un relato para toda la familia enfocado en la aventura con tintes de suspenso y ciencia ficción, en la que por primera vez se lograron ver dinosaurios “reales” a la pantalla grande. Al día de hoy es una de las películas más icónicas de la historia del cine.

Quizá por eso en su momento me sorprendió mucho cuando descubrí que de hecho la película es una adaptación de una novela homónima publicada tres años antes por Michael Chrichton (1942 – 2008). Cuando por fin llegó a mis manos el texto, albergaba ciertas dudas al respecto, (tuve una mala experiencia leyendo las novelas originales de Robert Ludlum que dieron origen al personaje de Jason Bourne, que distaban mucho de sus versiones cinematográficas y que personalmente encontré poco estimulantes como literatura en sí, aún tomándolas como obras de género). Al final la curiosidad pudo más y me aventuré a la misteriosa isla Nubla, en las costas de Costa Rica, en busca de dinosaurios de papel.

Lo primero que cabe preguntar es si vale la pena su lectura. La respuesta es que definitivamente. Podría decirse que la película adapta, en términos generales, de forma fiel la historia del libro. Sin embargo, es el enfoque lo que varía entre novela y filme. Como dije antes, en el celuloide se decantan por la fascinación de tener de vuelta a los dinosaurios y en la aventura que representa sobrevivir a su presencia cuando éstos se salen de control. La novela en cambio opta por un tono oscuro y un discurso crítico con respecto a la ciencia y su papel actual en la sociedad. En cómo se ha convertido en una manifestación de la megalomanía del hombre, dedicada a fines puramente comerciales y sin ninguan búsqueda en beneficio de la humanidad. El suspenso es más marcado ya sea el encuentro con el T-Rex o los velociraptores, que no causan fascinación sino auténtico terror y parte importante de la peripecia es sobrevivir a ellos. Es aquí donde se siente más palpable la influencia de El mundo perdido de Arthur Conan Doyle que el mismo Chrichton ha reconocido.

Pero donde definitivamente hay más divergencias es con los personajes. Los paleontólogos Alan Grant y Ellie Sattler, el matemático Ian Malcom, y el informático Dennis Nedry (culpable de que todo se fuera al demonio), son esencialmente iguales en ambas obras; Donald Gennaro, el abogado encargado de inspeccionar el parque, Robert Muldoon, el guardabosques del parque, Ray Arnold, el ingeniero y Henry Wu, el genetista, tienen mucha más importancia y sus reflexiones sirven para contextualizar mucho de lo que ocurre en la historia. Mención aparte merecen los niños, Tim y Lex. Pare empezar, en la novela Tim es el mayor y Lex es mucho menor (en la película tiene unos 14 años, en la novela 7). El niño es un friki de los dinosaurios el cual rápidamente empatiza con el Dr. Grant, y a lo largo de la novela sus conocimientos son bastante útiles; mientras que Lex es una aficionada de los deportes y le aburren los dinosaurios, además de ser una quejica odiosa que te hace desear que se la coma algún depredador. El que definitivamente es el personaje más distinto es John Hammond, que en la película es un anciano arrogante, sí, pero bonachón e idealista, en la novela es un empresario codicioso y mezquino, que incluso acepta que trajo a sus nietos a la isla simplemente como presión para Gennaro durante su inspección y no para ayudarlos a lidiar con el divorcio de sus padres.

En conclusión la lectura de Jurassic Park es una experiencia recomendable para los fans de la película y para el lector en general, pues tiene los suficientes elementos de interés propio como para darle una oportunidad. Si eres como yo que no te deslumbró el filme de Spielberg quizá el material original te resulte mucho más estimulante, pues muchas de las propuestas más interesantes que fueron sólo sugeridas en la película (como la teoría del caos) están mucho más desarrolladas en el texto. Y si sólo te gusta la aventura o el suspenso ésta tiene dosis a manos llenas.


domingo, 31 de agosto de 2014

Código Negro. Claves para entender la narrativa policial.



La literatura es una cosa curiosa. Mucho se ha dicho de ella sobre su capacidad para crear, por medio de palabras, mundos paralelos, universos tan ajenos y al mismo tiempo tan cercanos, tan vívidos que los lectores con frecuencia solemos sentirnos ciudadanos de esos otros mundos, de esas realidades alternas, llámense éstas el país de Nunca Jamás, Comala o la Tierra Media. Entre esa geografía de letras tienen un lugar prominente el Londres victoriano de estrechos callejones, envueltos en una neblina fantasmal donde conviven a un tiempo el cientificismo decimonónico y el folclore europeo; esa ciudad de Los Ángeles de los años cuarenta, poblada de detectives duros pero honestos, mujeres fatales de rubia cabellera, ancianos millonarios y policías corruptos. Curiosamente ambos entornos resultan familiares gracias al cine más que a la letras y cuyos pobladores tienen los rostros de Basil Rathbourne o Humphrey Bogart. No todos saben que detrás de esos mundos de celuloide se esconden grandes escritores tradicionalmente ninguneados por la crítica especializada. Toda una injusticia. Injusticia que este texto pretende contribuir a solucionar. 
 
Como ocurren con toda investigación criminal hay que comenzar por el principio, procediendo con “orden y método”, según la máxima de Hercule Poirot. Para ello hay que viajar al Boston de la primera mitad del siglo XIX en donde encontramos al sospecho principal de perpetrar el nacimiento del género que nos ocupa. Un hombre de apariencia sombría, rostro demacrado por el abuso del alcohol y el opio, y al mismo tiempo, poseedor de una inteligencia aguda y precisa. Señas éstas que podríamos asociar con varias mentes criminales notables, mas sin embargo, no buscamos a un delincuente sino a un escritor que responde al nombre de Edgar Allan Poe.
 

¿Pero cómo pudo un autor dedicado al relato gótico gestar el género racionalista por excelencia? La escritora y crítica mexicana María Elvira Bermúdez tiene una opinión al respecto:

Así como se habla de la “difícil facilidad del genio”, es posible formular conjeturas entorno al instante justo en que Poe se convirtió en creador de un género literario. Las condiciones [...] estaban dadas: preferencia por determinados asuntos y una práctica, si no muy larga en el tiempo, sí intensa en el ejercicio. A ello hay que añadir la afición notable que Poe tenía por los criptogramas. Justamente en el año de 1835, cuando escribió Los crímenes de la calle Morgue, se encontraba enzarzado en dicho pasatiempo. [...] Con motivo de alguna lectura, de algún comentario que alguien formuló, debió pensar que en la vida existen enigmas patentes, dolorosos, mucho más dignos de estudio que un escueto criptograma: los crímenes. Por una vez en su vida prestó atención a la realidad que lo circundaba. Y esa realidad provocó en él una reacción positiva, gestada en los principios éticos que sin duda le fueron inculcados por Mr. Allan y, también, por sus mentores ingleses: la de que el mal, sobretodo en sus consecuencias, debe ser combatido. El mal se presenta a sus ojos en la única forma en que él podía contemplarlo con atención: en forma de enigma. En las últimas páginas de Eureka, dice: sólo desde este punto de vista -una larga elucubración anterior- “comprendemos los enigmas de la Injusticia Divina, del Hado Inexorable. Sólo desde este punto de vista resulta inteligible la existencia del Mal; pero aún más: desde este punto de vista resulta soportable”. El Mal es pues, aunque provenga de la divinidad, un enigma. Una vez esclarecido éste, resulta soportable, aunque sus efectos persistan. Lo que importa, pues, es su esclarecimiento. Allí, en esa idea, está el germen de la literatura policiaca.1

 
En la cita anterior Bermúdez señala un punto fundamental para entender el género policiaco: la resolución de un enigma criminal. Ése es el leit motiv de toda narración policial. El esclarecimiento de un crimen cometido bajo circunstancias misteriosas (generalmente un asesinato, aunque igual puede ser un robo o una desaparición). Este punto nos plantea una nueva pregunta: ¿quién nos proveerá la solución al enigma? Ese papel le corresponde a la figura del detective. El primero de esta larga estirpe de sabuesos apareció en el ya citado relato Los crímenes de la calle de Morgue y responde al nombre de Charles-Auguste Dupin, un aristócrata francés de una familia venida a menos que vive recluido en una vieja casona parisina junto con un amigo (quien es el narrador de la historia y cuyo nombre nunca nos es revelado), sin mayor ocupación que la lectura de libros raros. Dupin es descrito como una persona fría pero con una inteligencia superior que acomete la tarea de investigar un siniestro doble asesinato, ocurrido bajo condiciones tan oscuras que ha dejado perplejas a las autoridades, como un mero reto intelectual. La investigación es llevada a cabo por el detective haciendo uso de un riguroso método de análisis racional, concluyendo en una resolución tan sorprendente como inesperada. Por medio de este relato Poe establece la estructura básica que a partir de ahí seguirá todo relato policiaco: un enigma criminal, un detective y una investigación llevada a cabo por éste. 
 
No obstante, con el devenir de los años (y los escritores) dicho esquema irá evolucionando, ganando en complejidad y calidad literaria y diversificándose en los que podríamos denominar como “subgéneros” dentro de la narrativa policiaca. Aunque estas divisiones son discutibles (como ocurre con prácticamente cualquier taxonomía literaria) hay al menos tres variantes importantes dentro del género que son más o menos aceptadas por la crítica: la novela-problema, la novela negra y el thriller.
 
El primero de estos subgéneros, la novela-problema (a veces también denominada como tradicional, clásica, de enigma, detectivesca o de misterio2), fue la primera en cultivarse de las tres modalidades anteriormente aludidas y su época de mayor esplendor fue el periodo de entre guerras (1920 - 1930). Posee todos los elementos ya expuestos en los cuentos de Poe: un detective con un poder de observación y análisis deductivo fuera de lo normal (el cual investiga el caso como simple desafío a su inteligencia pues raramente pertenece a algún cuerpo policiaco), un complicado crimen aparentemente imposible, una investigación llevada a cabo utilizando casi exclusivamente el razonamiento lógico para ir armando el complicado rompecabezas que por lo general es el caso y ubicada dentro de un espacio cerrado (trenes, barcos, viejas casas de campo, etc.) y con un desenlace sorpresivo acompañado de una explicación final por parte del detective donde ata todos los cabos sueltos. Este sería el esquema básico de la novela-problema que los posteriores cultivadores del género irán desarrollando. 


Aunque durante el siglo XIX surgieron autores del género policiaco como Wilkie Collins y su Piedra lunar (una de las primeras novelas policiacas) y Emile Gaboriau y su serie sobre el inspector Lecoq, sería hasta finales de éste que aparecería la primera gran figura de la narrativa policiaca: Sir Arthur Conan Doyle. Este escocés, médico de profesión y escritor por vocación, no creó un personaje sino que dio luz a un mito; es el padre del detective por excelencia: Sherlock Holmes. Este personaje se convertirá a partir de su primera novela, Un estudio en escarlata (1887), en modelo a seguir por parte de los escritores posteriores y cuyos personajes (Hercule Poirot, el padre Brown, Philo Vance o Perry Mason) serán siempre un émulo de él. Julian Symons es su libro Historia del relato policial lo define de la siguiente manera: “Una parte del atractivo de Holmes era que a mucha distancia de cualquiera de sus rivales posteriores, él representaba el hombre superior a la manera preconizada por Nietzsche. Era reconfortante tener al lado a un hombre como aquél”.3 Esta es sin duda la mayor aportación de Conan Doyle al género en general y a la novela-problema en particular, pues sería a partir del detective que se construirá la definición de ésta. Pero no sería la única aportación importante. Aunque Conan Doyle fue esencialmente un cultivador del relato corto (que estuvo en boga los primeros treinta años del siglo XX4), también escribió cuatro novelas protagonizadas por Sherlock Holmes, de las cuales El sabueso de Baskerville (1902), en opinión de María Elvira Bermúdez “es sin duda la mejor novela policiaca que escribió el escocés y la que ha fungido de molde para tantas otras que se han escrito posteriormente y que ahora podemos llamar tradicionales”.5 De esta manera podemos concluir que Conan Doyle tomó el modelo creado por Poe y le dio sus rasgos definitivos que a partir de ahí definirían al género. Para bien y para mal. 

 
Y es que a partir del siglo XX surgieron toda una legión de escritores policiacos siguiendo la estela dejada por los relatos holmesianos. Sin embargo, estos continuadores de dicha tradición por lo general no están a la altura de su modelo. Por esta razón Julian Symons opina al respecto que:

Al escribir sobre la gran mayoría de sucesores inmediatos de Sherlock Holmes hay que adoptar un sistema de valores diferente. El interés de su obra estriba en la inteligencia con que se plantean y resuelven unos problemas, no en su capacidad de crear unos personajes verosímiles ni en la de escribir historias interesantes en sí y no como enigmas. El talento desplegado durante este periodo merece ser llamado la primera Edad de Oro de la historia criminal, aunque es preciso reconocer que el metal del que está hecha es de nueve quilates, mientras que las historias de Holmes son oro puro.6

Es aquí donde empezamos a encontrar los primeros problemas con este tipo de narrativa y de donde se valen sus más acérrimos críticos para menospreciarla, refiriéndose a ella como literatura barata o sub-literatura. Los autores de esta llamada “Edad de Oro” tomaron los elementos creados por Poe y desarrollados por Conan Doyle y los convirtieron es una rígida y encorsetada fórmula que produjo cientos de libros a los que les quedan los términos de “ingeniosos”, “divertidos” o “entretenidos”, pero que en su mayoría poseen un escaso o nulo valor literario. 
 
Esto se debe sin duda a que luego de Sherlock Holmes, el género que hasta entonces había sido una modalidad más de la narrativa, una curiosidad, se volvió inmensamente popular y muchos autores sin demasiada vocación tomaron el esquema básico y se enfocaron en crear enigmas cada vez más complicados con el fin de sorprender siempre al lector y conseguir así mejores ventas (llegando a extremos auténticamente ridículos), y descuidando los elementos que hicieron de Poe y Conan Doyle dos autores siempre vigentes: lo literario. Este tipo de narrativa se extendió más o menos hasta finales de la década de los treinta en que el género empezó a decaer (más no se extinguió). Sin embargo tampoco sería exacto decir que toda la novela-problema posterior a Holmes es inferior. Hay una lista (quizá no demasiado larga) de autores cuyo valor literario es incuestionable. Tal es el caso del belga George Simenon (creador del comisario Maigret) y de Gilbert K. Chesterton, (creador del padre Brown). Yo incluiría en este grupo selecto a Agatha Christie, quizá un escalafón por debajo de los dos anteriores, pero aún así posee más calidad de lo que generalmente se le reconoce. 

 
Paralelamente surgió en Estados Unidos a finales de los años veinte un tipo de literatura policiaca muy distinta a esos juegos racionalistas. En medio de un Estados Unidos corroído por la corrupción, con la sombra del crimen organizado cubriendo sus grandes ciudades y cuya imagen de bonanza económica se desmoronó tras la caída de la bolsa de valores en 1929; en estas páginas fabricadas con un papel de ínfima calidad ya no desfilaban elegantes damas inglesas, viejos coroneles, condesas rusas, fieles mayordomos e inteligentísimos detectives; tenemos, en cambio, toda una ralea formada de gánsteres, estafadores, policías corruptos, mujeres de dudosa ocupación y aún más dudosas intenciones y detectives de gesto duro, mirada cínica y en muchos casos apenas mejores que los criminales que enfrentan; la vieja casa de campo inglesa ha sido trasmutada por obra y gracia de alquimia literaria en oscuros callejones de Los Ángeles, el misterioso barrio chino de San Francisco o alguna otra soleada ciudad californiana. Había surgido la novela negra

 
¿Pero dónde inició esta transformación? Como siempre ocurre en la literatura es difícil situar un origen concreto, no obstante, hay un escritor al que unánimemente se le atribuye tal mérito. Su nombre, Samuel Dashiell Hammett. De él el otro gran maestro de la novela negra, Raymond Chandler, en su ensayo El simple arte de matar dijo:

Hammett escribió al principio (y casi hasta el final) para personas con una actitud aguda y agresiva hacia la vida. No tenían miedo del lado peor de las cosas; vivían en ese lado. La violencia no les acongojaba. Hammett devolvió el asesinato al tipo de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver. Y con los medios de que disponían, y no con pistolas de duelo cinceladas a mano, curare y peces tropicales. Describió a esas personas en el papel tales como son, y las hizo hablar y pensar en el lenguaje que habitualmente usaban para tales fines.7


Es así como la novela negra deja atrás la afectación de la Edad de Oro y deviene en un relato mucho más realista donde el enigma dejar de girar en torno al Quién y al Cómo y ahora importan más las razones que llevan a alguien a cometer un ilícito. Un realismo que pretende presentarnos de manera verosímil el mundo del hampa, de la corrupción, del Mal. Pero no el Mal abstracto a la manera religiosa, sino uno concreto, visible diariamente para todos. Por esta razón Raymond Chandler se considera un autor de novelas policiacas realista:

El realista de esta rama literaria escribe sobre un mundo en el que los pistoleros pueden gobernar naciones y casi gobernar ciudades, en el que los hoteles, casas de apartamentos y célebres restaurantes son propiedad de hombres que hicieron su dinero regentando burdeles; en el que un astro cinematográfico puede ser el jefe de una pandilla, y en el que ese hombre simpático que vive dos puertas más allá , en el mismo piso, es el jefe de una banda de controladores de apuestas; un mundo en el que un juez con una bodega repleta de bebidas de contrabando puede enviar a la cárcel a un hombre por tener una botella de un litro en el bolsillo; en que el alto cargo municipal puede haber tolerado el asesinato como instrumento para ganar dinero, en el que ninguno puede caminar tranquilo por una calle oscura, porque la ley y el orden son cosas sobre las cuales hablamos, pero que nos abstenemos de practicar; un mundo en el que uno puede presenciar un atraco a plena luz del día, y ver quién lo comete, pero retroceder rápidamente a un segundo plano, entre la gente, en lugar de decírselo a nadie, porque los atracadores pueden tener amigos de pistolas largas, o a la policía no gustarle las declaraciones de uno, y de cualquier manera el picapleitos de la defensa podrá insultarle y zarandearle a uno ante el tribunal, en público, frente a un jurado de retrasados mentales, sin que un juez político haga algo más que un ademán superficial para impedirlo.8

Con la novela negra la literatura policiaca sobrepasa su calidad de mero entretenimiento y se vuelve un instrumento para cuestionar el orden establecido, a las instituciones que nos gobiernan y la propia naturaleza humana. Ya no es sólo un relato de aventuras inofensivo para pasar el rato, para descansar de la “novela oficial”, como diría Alfonso Reyes, sino que por derecho propio adquiere la categoría de Literatura “a secas”, con mayúsculas y sin adjetivos que menoscaben su valor, que nieguen su capacidad para conmover, para estremecernos y perturbarnos como cualquier novela bien escrita. Incluso rompiendo con el esquema básico de detective-enigma-investigación y resolución e inclinándose por otros derroteros, como le explica Marcel Duhamel:

El lector desprevenido debe desconfiar: es peligroso poner en manos de cualquiera los volúmenes de la Serie Noire. El aficionado a los enigmas a lo Sherlock Holmes a menudo no encontrará en ellos lo que busca. Y tampoco un optimismo sistemático. La inmoralidad, además, es admitida generalmente en esta clase de obras con fin de que sirva de contrapeso a la moral tradicional y la encontramos en igual medida que los buenos sentimientos y que la amoralidad misma. Su espíritu rara vez es conformista. Leeremos acerca de policías más corrompidos que los malhechores a quienes persiguen. El simpático detective no siempre logra descubrir el misterio. A veces ni misterio hay. Y otras, ni siquiera un detective. Pero ¿entonces? Entonces sólo queda la acción, la angustia, la violencia —bajo todas sus formas, en especial las más viles—, la tortura y la masacre...9

Como indican las palabras anteriormente citadas la novela negra ya no trata sólo de un enigma criminal sino que se enfoca más en representar ese lado oscuro, siniestro, oculto de la vista de todos, de nuestra sociedad y sus consecuencias en la misma ya que, como opina Vicente Francisco Torres, “atiende al acto delictivo más como una posibilidad o como una atmósfera que como un hecho consumado”.10
En consecuencia en la novela negra encuentran cabida ya no sólo protagonistas del lado de la ley, también adquiere voz el bando opuesto: lo criminales. Esta variedad de la novela negra aborda historias sobre la planeación de algún asesinato, una banda de ladrones perpetrando atracos, además de una perfilación sobre la naturaleza del delincuente. La denuncia social, sin desaparecer, da paso al desarrollo de la psicología del criminal que adquiere un papel principal y en base a la cual se construye la intriga y el suspense que antes provenía del enigma. El único rasgo en común de estos protagonistas con los detectives es su naturaleza fatalista de eternos perdedores destinados únicamente al fracaso, a la tragedia. 
 
Una cosa curiosa con esta clasificación es que genera que obras escritas fuera del periodo que normalmente se le atribuye a la novela negra puedan entrar dentro de ella, como sucede con Crimen y castigo de Dostoievski. No obstante los autores más representativos de este tipo de novela negra (a veces también denominada como criminológica) son James M. Cain, Jim Thompson, Patricia Highsmith y los franceses Pierre Boileu y Pierre Ayraud (alias Thomas Narcejac) que escribieron varias novelas de manera conjunta firmadas bajo el nombre de Boileu-Narcejac. 

 
Esta modalidad de la novela negra (junto a su vertiente más tradicional) fue muy popular en Estados Unidos como hasta los 50's, época en que comienza su decaimiento en favor de un nuevo género denominado como Thriller
 
Como ya se ha mostrado a lo largo de este ensayo la literatura policial está íntimamente relacionada con el contexto histórico en el que fue escrita. En su primera época surge la novela-problema como reflejo de ese estado de bienestar de la sociedad occidental (donde Inglaterra es el ejemplo más representativo); la novela negra es producto, por otro lado, de la descomposición social y moral de la sociedad norteamericana de la primera mitad del siglo XX. Pero tras el final de la Segunda Guerra Mundial el mundo cambió de forma radical y una nueva potencia se erigió en la escena internacional, dividiéndolo en dos perspectivas diametralmente opuestas: por un lado estaba la visión capitalista, encabezada por Estados Unidos; en el polo opuesto estaba la visión socialista, representada por la Unión Soviética. Dando comienzo así la llamada Guerra Fría.

Pero esta nueva guerra no se peleaba en un campo de batalla tradicional. Sus protagonistas, en vez de soldados, ahora son agentes que espían y recopilan información; agentes en la sombra que conspiran silenciosamente para destruir las naciones desde dentro, comprando consciencias o manipulando ciudadanos inconformes en favor de los intereses de su respectiva patria. Es la época del miedo hacia una otredad desconocida, oculta tras un figurativo telón de acero a través del cual no podemos ver y es ese desconocimiento lo que nos genera la paranoia de estar constantemente asechados por fuerzas extrañas que sólo buscan la destrucción de nuestro modo de vida; paranoia que fue todavía más alimentada por la carrera armamentística emprendida por Occidente y Oriente.
 
Este escenario fue el caldo de cultivo idóneo para el surgimiento del thriller.
 

El thriller conserva de las modalidades anteriores al protagonista solitario, pero las características de éste han cambiado. Atrás quedan el detective súper racional o el perdedor que resolvía los casos en base a obstinación más que cerebro, dando paso a un héroe que, en opinión de María Elvira Bermúdez, “se ha vuelto más violento y mujeriego y, a la vez, increíblemente invulnerable”.11 La intriga y el suspense también se construyen de forma distinta, pues el enigma pierde importancia o desaparece en favor de la peripecia; el detective ahora más que investigar, actúa. Y tales acciones más que descubrir a un criminal están encaminadas a desentrañar una conspiración creada entorno a él. Ese es el esquema de todo thriller, pues según Jerry Palmer debe estar conformado por un héroe solitario y competitivo enfrentado a una conspiración.12 De este modo el thriller se convierte en la literatura de la paranoia. 
 
Por tal motivo este subgénero en esta primera época (los cincuenta) el escenario predilecto para los autores es el mundo del espionaje, aprovechando la creciente xenofobia que la Guerra Fría había infundido en los ciudadanos occidentales hacia la Unión Soviética. Por ello los villanos de estas novelas siempre son agentes de la inteligencia rusa, o aliados de éstos, como chinos, alemanes orientales o algún otro grupo étnico contrario a la ideología occidental; y lo héroes, por lo general, son valientes agentes de los servicios secretos occidentales. El personaje emblemático de este tipo de narrativa es James Bond, creado por el escritor británico Ian Fleming. Al respecto, Julian Symons opina:

Como ha señalado Kingsley Amis, «en todas las aventuras de Bond nunca hay un inglés metido en el papel de malo», lo que a Amis le parecía admisible considerando que el uso de extranjeros en el papel de malos era «una práctica más antigua que nuestra literatura». Esencialmente la fantasía de «Sapper», pero con la tonadilla de moda de los años cincuenta. Pues aunque Bond es un patriota dispuesto a sufrir la tortura por su patria, también es un asesino que trabaja a sueldo y su código moral no le impide meterse a la cama con todas las mujeres que tiene a mano. En los años cincuenta estas cosas eran plenamente aceptables y los lectores acogieron a Bond por que les aportaba una excitación de un cariz particularmente moderno que faltaba en sus vidas. Supo llevar al ambiente puritano de la Inglaterra de posguerra la exaltación de todos los placeres físicos, incluidos el sadismo y el masoquismo. Era la fantasía perfecta del hombre fanático de la organización, porque él era también un fanático de la organización, si bien, al revés del modelo típico, era individualmente poderoso. Actuaba, destruía, daba la impresión de libertad.13

Las novelas de Bond son, pues, esencialmente fantasía pero alimentadas por su tiempo y por la ideología imperante en su contexto: el anti-comunismo de los cincuenta y el puritanismo inglés. No obstante, y tratando de ser justos, no se debe tomar a Ian Fleming (ni a otros autores) como un propagandista de la idiosincrasia del capitalismo occidental (o por lo menos no uno consciente), sino un hombre de su tiempo que aprovechó y, al mismo tiempo, reflejó el pensamiento ideológico de su sociedad con fines meramente editoriales. En consecuencia, sus novelas más que reflejar su propia forma de pensar y ver el mundo refleja la de sus lectores, razón por la cual consumían vorazmente sus libros. Prueba de esto es que luego de que la relaciones con la Unión Soviética se suavizaran un poco Fleming se vio en la necesidad de dejar de usar al servicio secreto ruso como enemigo y lo reemplazó con una organización terrorista ficticia llamada SPECTRE. 
 
En el extremo opuesto tenemos a John Moore Cornwell, conocido dentro del mundo del thriller como John Le Carré. Este escritor de origen inglés representó el contrapunto de James Bond. En sus obras no encontramos el sensacionalismo que pulula por toda la prosa de Fleming sino un descarnado realismo que iguala al mostrado por la novela negra. Ideológicamente también está bastante alejado de la visión conservadora de Bond, tal y como lo menciona Julian Symons:

A mi modo de ver, existen dos tradiciones tanto en la novela de espionaje como en la novela de tema criminal. La primera es conservadora, se coloca en el bando de la autoridad, reconoce que los agentes luchan para proteger cosas que poseen un valor. La segunda es radical, critica la autoridad, acusa a las fuerzas del orden de perpetuar —de crear incluso— unas barreras falsas entre «nosotros» y «ellos». Fleming pertenece a la primera tradición, Le Carré a la segunda. La contextura propiamente dicha de sus libros tiene contraída una deuda con Maugham y Green, pero el material que maneja está firmemente arraigado en las revelaciones sobre agentes soviéticos que estremecieron la Inglaterra de los años cincuenta. Los mensajes del injustamente desestimado Call for the Death o del Spy, así como los libros de Le Carré posteriores a éstos, dicen que la autoridad no se muestra benévola con aquellos que están a su servicio; es más, que es frecuente que los destruya, que la labor de espionaje y contraespionaje es a menudo torpemente incierta en sus objetivos y en sus efectos, que «nuestros» hombres pueden ser personalmente viciosos y los «suyos» gente decente y, lo que es más importante, que un agente secreto suele ser un individuo débil y no fuerte, totalmente indefenso una vez atrapado en la red del espionaje.14

Le Carré, al igual que Hammett y Chandler en la novela negra, utilizó la literatura popular como herramienta para reflexionar y criticar su realidad circundante. Sus novelas son una visión muy lúcida sobre la Guerra Fría y su consecuencias en la sociedad que le tocó vivir. A través de sus personajes, tan patéticos, frágiles y tristes como las personas de la vida real, nos muestran la verdad detrás del desconocido mundo del espionaje. No hay héroes ni villanos, no hay glamour ni gloria; sólo hay un juego por el poder entre los poderosos y los agentes son sólo fichas prescindibles en dicha partida. 

 
Para John Le Carré el thriller es el vehículo para expresar lo que para él está mal en este mundo. ¿No es para eso que sirve la literatura? 
 
Recapitulando, a lo largo de este texto se dio un brevísimo (enfatizando dicho adjetivo) repaso por la historia de la narrativa policial y se mencionaron tres sub-divisiones que comúnmente se le atribuyen: la novela-problema, la novela negra y el thriller. De éstas el autor de este trabajo procuró explicar las características distintivas de cada una de ellas y pretendió, sin demasiada ambición dicho sea de paso, arrojar un poco de luz sobre tal cuestión para los profanos en el tema. Sólo le resta hacer unas cuantas precisiones más. 
 
Existen varios libros que tratan con mayor profundidad el tema de este ensayo, sin embargo, cabe hacer la aclaración que la clasificación sobre la que gira este texto debe ser tomada con las reservas adecuadas. Las denominaciones como novela negra o thriller, más que por la crítica, fueron creadas por las editoriales y sus áreas de publicidad. Por ello en la actualidad pueden o no corresponder con las características a las que se ha referido anteriormente. Eso sin mencionar que con el paso de los años y los autores han demostrado que las barreras entre tales divisiones son bastante arbitrarias y generalmente poco útiles a la hora de una análisis crítico serio que busque valorar la calidad literaria de tales obras. No obstante, este autor considera que no se deben descartar del todo pues sirven para determinar por qué una obra como Extraños en un tren de Patricia Highsmith es una novela tan auténticamente policiaca como lo es El sabueso de Baskerville de Conan Doyle, a pesar de lo diferente del desarrollo de su argumento, sus personajes y las intenciones de sus respectivos autores a la hora de escribirlas e independientemente de su calidad literaria. 
 
Para concluir, sobre este último aspecto, la tan cacareada calidad literaria, y la todavía más cacareada cantaleta de la critica especializada sobre la ausencia de ésta en la narrativa policial, me gustaría citar una última vez a Julian Symons, quien opina que este tipo de literatura “ha producido unas cuantas obras maestras, muchos libros de calidad y una cantidad enorme de desechos más o menos entretenidos”.15 A lo que este autor agregaría que se puede decir exactamente lo mismo de la literatura en general, salvo lo de entretenido, y por lo tanto considera que todo acercamiento al género policiaco como algo diferente, marginal, ajeno a la literatura “a secas” denota una estrechez de mente casi medieval cuando no directamente idiotez. Sólo existe literatura sin adjetivos.



BIBLIOGRAFÍA

BERMÚDEZ, María Elvira.  
Prólogo a Narraciones extraordinarias de E. A. Poe.
Editorial Porrúa. Colección “Sepan cuantos...”. 23ª Edición. México, D.F. 2000.
Qué es lo policíaco en la narrativa.
http://www.hemerodigital.unam.mx/ANUIES (ensayo crítico sobre la narrativa policíaca) [En línea, 28 de agosto de 2004].

CHANDLER, Raymond.
El simple arte de matar.
http://mimosa.pntic.mec.es/~sferna18/EJERCICIOS/2010-11/El_simple_arte_de_matar.pdf (ensayo crítico sobre la novela negra) [En línea, 20 de mayo de 2013].

PALMER, Jerry. 
La novela de misterio (Thrillers). Génesis y estructura de un género popular.
Fondo de Cultura Económica. 1ª Edición. México, D.F. 1983.


SYMONS, Julian. 
Historia del relato policial.
Editorial Bruguera S. A. 1ª Edición. Barcelona (España). 1982.

TORRES, Vicente Fracisco.
Muertos de papel. Un paseo por la narrativa policial mexicana.
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Sello Bermejo. 1ª Edición. México, D.F. 2003.

 Citas:

1Bermúdez, María Elvira. Prólogo a Narraciones extraordinarias. Págs XIII – XIV.
2Bermúdez, María Elvira. Qué es lo policiaco en la narrativa. Pág. 3.
3Symons, Julian. Historia del relato policial. Pág. 94.
4Symons, Julian. Op. Cit. Pág. 129.
5Bermúdez, María Elvira. Op. Cit. Pág. 2.
6Symons, Julian. Op. Cit. Pág. 109.
7Chandler, Raymond. El simple arte de matar. Pág. 9.
8Chandler, Raymond. Op. Cit. Pág. 11.
9Citado por Vicente Francisco Torres en Muertos de Papel. Un paseo por la narrativa policial mexicana. México, D.F., Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. 2003, Pág. 19.
10Torres, Vicente Francisco. Muertos de Papel. Un paseo por la narrativa policial mexicana. Pág. 20.
11Bermúdez, María Elvira. Op. Cit. Pág. 3.
12Palmer, Jerry. (Thrillers). La novela de misterio. Génesis y estructura de un género popular. Pág. 39.
13Symons, Julian. Op. Cit. Pág. 341.
14Symons, Julian. Op. Cit. Pág. 343.

15Symons, Julian. Op. Cit. Pág. 11.