lunes, 28 de febrero de 2011

Soliloquio


¿Por qué no tienes novia? La pregunta resonó con toda su brutal naturalidad en mi cabeza como si se tratase del más insondable de los enigmas. Miré a mi madre con desconcierto. Para ella simplemente era una pregunta como cualquier otra: ¿por qué no traes el suéter que te regalé en navidad? ¿Por qué no comes más verdura? ¿Por qué vienes tan poco a la casa? Pero sin importar su intención la pregunta ciertamente me tomó desprevenido. No me lo había cuestionado. La respuesta lógica sería porque no quiero. Pero no me satisfacían las respuestas fáciles. Maldita manía mía de complicarlo todo. ¿No tenía interés? No, no era eso puesto que siempre correspondía una sonrisa coqueta con otra. ¿No podía olvidarla? Cierto. Aún estaba ahí, su esencia todavía me impregna, como un súcubo etéreo. Ausente, pero continuo. Pero no era eso (o sólo eso). En realidad no tenía idea. Por eso traté de responder de la forma más sincera posible:
                —Sepa.
                —¡Ay, hijo! —dijo con maternal desaprobación—. ¿Y qué pasó con esa muchacha Irene?
                ¿Sí, qué pasó con Irene? Sabía que se había casado y tenía dos hijos a estas alturas. Pero no era el grillete de oro en su dedo lo que nos separó. Fue algo mucho más simple: ambos queríamos que nos quisieran, pero sólo yo quería quererla. Mala suerte.
                —Pues se fue —respondí más a mí que a mi madre.
                Ella sólo suspiró y me lanzó esa mirada de comprensión que ponen las madres cuando no entienden nada.
                Abandoné la casa luego de pasar esas dos horas que le dedicaba a mamá como penitencia por haber cometido el delito de irme del nido familiar. En vez de caminar a la parada de autobús decidí dar un paseo por el viejo barrio. Había cambiado mucho. Casas y caras nuevas. Únicamente la iglesia continuaba igual, con su rostro adusto invitando a huir antes que resguardar el espíritu ahí. En frente estaba una plaza donde solía pasar las tardes de domingo. El gobierno municipal seguramente se gastó sólo la décima parte de lo que dijo en su remodelación. Dejando de lado la política, sentí cierta alegría nostálgica. Compré un helado en la paletería de la esquina y me senté en una banca asombrada por un decrépito álamo. Pensé en Irene.
                —Sabes, lo que siempre me ha gustado de estar contigo es que todo siempre es tan íntimo —había dicho alguna vez—. Es agradable, sobretodo para alguien tan exhibicionista como yo.
                —El problema es que romanceamos en privado y peleamos en público
Ella sonrió.
                —Siempre tienes que salir con tu comentario.
                —Yo soy yo y tú eres tú.
                Y ser nosotros fue lo que nos hizo ser ella y yo.
                Miré hacia un costado para intentar apartar esa imagen de mi cabeza. Una pareja estaba sentada en una banca contigua. Ella se apoyaba en el hombro de él. Tenía la mirada ensoñadora y le preguntaba a su novio cuanto la amaba. Él le respondía con toda clase de adjetivos para demostrar todo su amor, mientras disimuladamente miraba a una muchacha de amplias caderas que hablaba por el teléfono público de la esquina.
                —¡Qué par de pendejos!
                Volteé al escuchar esas palabras. Una joven se había sentado a mi lado. Tendría unos dieciocho años, de cabello oscuro, desaliñado, vestida con un rompe vientos negro, unos pantalones de mezclilla rotos en las rodillas y tenis converse. Debió leer el desconcierto en mi rostro pues inmediatamente dijo:
                —¿No crees lo mismo? En lugar de estar perdiendo el tiempo en mamadas de telenovela deberían irse directo al motel y coger como Dios manda.
                Solté una carcajada. Tenía razón.
                —Bueno, para conseguir eso hay que seguir el protocolo —dije una vez que recobré el aplomo.
                —Pues eso me parecen puras pendejadas —insistió la chica—. Si me gusta un güey me lo llevo a la cama y me lo cojo.
                —Práctico —dije con aprobación burlona.
                —¿Y tú qué? De seguro estás esperando a tu novia para estar de tórtolo como esos, ¿no?
                —No tengo novia.
                —¿Y eso? —dijo  un poco sorprendida.
                —¿Por qué debería tener novia?
                Sonrió. Pude ver que su opinión de mí había mejorado bastante con esa respuesta. Sí, siempre había sido bueno para responder preguntas con más preguntas. Por primera vez me miró con interés. Se desabrochó el rompe vientos. Unos juveniles pechos se adivinaban bajo la playera de una banda de rock.
                —Cierto, no tienes porque —sonrió coquetamente—. ¿Y no te andas tirando a alguien?
                —No.
                —Eso se puede arreglar.
                Nunca he sido bueno para entender las indirectas. Por fortuna ésta no era una. Esta vez fue mi turno para observar detenidamente a mi acompañante. Era bastante guapa. Incluso su aspecto y actitud agresiva aumentaba su atractivo. Pensé en aceptar su oferta. Ese fue el problema… pensar.
                —No es el tipo de arreglo que necesito —dije, de nuevo, más para mí mismo.
                —¿Por qué? ¿No te gusto?
                Estaba sinceramente sorprendida. No la culpo. Es lo bastante atractiva como para que no la rechacen, sobretodo ante una oferta tan cómoda.
                —Claro que sí, pero ese no es el problema.
                Me miró fijamente, seguramente tratando de penetrar en mi cabeza para entender porque no íbamos de camino a un hotel. Creo que ni yo mismo lo entendía.
                —¿Entonces? —Su asombro se volvió impaciencia. Ante mi silencio dijo—: es por otra vieja, ¿verdad?
                ¿Lo era?
                —No lo sé, pero es muy probable que sea así.
                —Veo que estás muy clavado.
                Me reí para mis adentros. Esta vez era su vanidad herida hablando. Normalmente me limitaría a irme pero la chava se merecía una explicación.
                —Fue alguien con quien estuve hace ya buen rato. Se terminó. Intenté con un par de chavas luego de eso pero no funcionó. Eso fue hace casi un año y desde entonces no he salido con nadie.
                —¿O sea que le guardas fidelidad desde entonces? —dijo sorprendida.
                —No realmente. Es sólo que no siento la necesidad de salir con alguien nomás por salir, sin sentir algo más por ella.
                —En pocas palabras buscas amor.
                —No sé, tal vez —respondí con cautela—. ¿Haz estado enamorada?
                Mi pregunta fue respondida por una expresión seria. Al parecer le traje malos recuerdos, del tipo que sólo el amor deja.    
                —Una vez.
                —Entonces sabes a lo que me refiero.
                —No, porque yo ya no busco amor.
                —¿Por qué?
                Me dirigió una mirada furibunda como si le hubiera hecho la pregunta más estúpida que existiera.
                —Preguntas eso cuando estás aquí guardando fidelidad a una pendeja que te dejó y que de seguro ahorita está cogiendo con otro cabrón sin acordarse de ti, ¿por qué debería querer algo como eso? Más bien debería yo preguntarte ¿por qué buscas amor todavía?
                Guardé silencio. Me hacía la misma pregunta.
                —Porque lo otro sería conformarme.
                En su rostro se dibujó una expresión perpleja.
                —Sí —continué—. Ve a esos dos ahí. Ella ahorita sueña con castillos y unicornios mientras el otro güey se imagina como se sentirán las nalgas de la tipa hablando por teléfono. Le dice a la otra todo lo que quiere oír para que le afloje y la otra no le importa con tal de que le prometan todo lo que las telenovelas dicen que va obtener. En cuanto se acuesten él se va a ir en busca de la siguiente víctima y ella se va a quedar toda frustrada. ¿Qué va a hacer? Buscarse a un tipo seguro y aburrido, casarse, tener un montón de niños y olvidarse de sus sueños de princesa. No sé que te pasó a ti, pero terminaste en el otro extremo. Prefieres que te calienten la entrepierna en vez del pecho porque no tienes que dar nada a cambio y así no volver a perder algo. Lo radical no te quita lo cobarde.
                —¿Y tú sí eres valiente?
                —No, nada más soy bien pinche ególatra. Ella siempre me dio lo que no le estaba dando a otros. Siempre fui su plato de segunda mesa. Si me hubiera conformado con eso seguiría con ella. Pero no lo hice. Me gusta jugar a todo o nada. Y como nunca me iba a dar todo entonces no quise nada.
                —¿Entonces no quieres coger conmigo porque nomás eso puedo darte?
                No le respondí. No era necesario. Me puse de pie y comencé a alejarme de ahí sin preocuparme por la muchacha. Después de todo en ningún momento estuve debatiendo con ella.